En el primer día del año, comentaremos un aspecto, el central para nosotros, del primer libro de Esteban Schmidt, The Palermo Manifesto, Emecé Cruz del Sur, 2008, 180 paginitas.
El costado complementario del texto, la sabrosa crítica a la patria consultora encarnada en la magnífica figura del gran oriental Manteca Di Napoli, persona de mi conocimiento, queda para un muy cercano segundo post. Conste en actas. Una cosa por vez.
Buenas Tardes. Quiero informarles que este primer libro de Esteban Schmidt es, entre otras cosas, el mejor intento de un verdadero joven ochentista de romper el silencio acerca de su propia práctica (práctica política, digamos) e intentar saldar el insoportable vacío -y sus efectos desoladores- que supone la ausencia de relato de aquellos que siendo realmente adolescentes y jóvenes -no los ya entonces tan institucionalizados como momificados coordinadores de Setúbal - creyeron en Raúl Alfonsín, su preámbulo, el saludito click!, David Ratto, el R.A. y, finalmente, dieron crédito a la repartija de salud, justicia y equidad en clave ya no populista sino, más o menos repubicana (tampoco la pavada que era el Gran Alfonso y no En Paz Estén Soros o Prat Gay, ojo).
Y Schmidt fue un verdadero joven ochentista, de clase media y, como es lógico, un joven de iniciática militancia radical. Nacido en 1967, se entiende perfectamente la justeza de esa opción en 1983, como jamás se hubiera entendido en 1973. Porque..., ¿qué motivos efectivamente existentes podía tener un cuasi púber de clase media interesado por la realpolitik, para no ser peronista en los inicios de los años setenta ? No vemos sinceramente por qué y cómo a los 16, 17 añitos y en medio del agite del año 73, el Perón vuelve, la guerrilla, Trelew, etc., un relativamente inquietito joven mass media, hubiera podido acompañar las polentosas propuestas del chino Balbín, el bisonte Allende o a la yunta brava de Coral-Ciaponni, por citar algunos casos emblemáticos que me vienen al buñuelo, aun golpeado por la Moño Azul .
Similar paralelismo, pero una década después, puede ser aplicado con relativa certeza: ¿Qué motivos valederos tenía un jovenzuelo avispado, adolescente de clase media , de nuevos dulces 16, 17 pirulos, ponéle, para no apoyar al novísmo y carismático Alfonso, y, peor aun, bancarse en cambio, la monserga matusalénica del peluquero de damas (Perón dixit) Ítalo Luder, Herminio y al tan ininteligible como admirado Loro, agitando la retórica peronista cuasi fundacional, después del desastre aún reciente del rodrigazo, la insólita chavela , el brujo López y la triple A?
Si se estaba medianamente sanito, no se podía ser un joven peronista de clase media en 1983, como no era posible ser un joven mediamasa radical en el año 1973. Estebitan es (era?) sanito y fue lo que tenía que ser, compañeros y compañeras..., ra-di-che-ta. Cómo no! Pero, a diferencia de los jóvenes setentistas que tenemos un relato abundante, frondoso -y estoy notando que ya algo llenador de bolas- sobre la gesta que efectivamente muchos jóvenes de los setenta protagonizaron, no sucede esto con los ochentosos, cuyo relato consiste apenas, en un penoso lamentarse sobre los (dis) valores setentistas. El libro elude este recurrente histeriqueo, y enfrenta la ausencia...
El mismo Schmidt interrogaba (se) en una amena charla reciente con un servidor algo así: Por qué nadie de nosotros (ellos) habla...? Por qué en los velorios de los dirigentes radicales que van crepando y fueron protagonistas en los ochenta, nadie de los que fuimos jóvenes entonces es capaz de "decir"? Nada existió? No hay relato... Mutis por el foro. Y tiene razón Estebitan: Cómo es posible que la última experiencia juvenil con relato propio sea la setentista? Bueno, este libro, intenta -directamente a veces, en diagonal otras- reflexionar sobre esta experiencia. o mejor: mostrar cómo se piensa y relata veinticinco años después esa experiencia tan notable y masiva como fue la que protagonizó la juventud de clase media construyendo su -fugaz?- identidad radical en los tempranos ochenta . El barrio de Palermo donde transcurre el relato es, en este sentido, el hoy -simbólico, claro- de un joven ochentista, que residía en la patria emblemática de la UCR porteña en los ochenta, antes de la debacle radical : el barrio de Caballito, (su ayer).
No se puede ir más allá en el comentario de un libro. Hay que leerlo y ver en cada línea el relato de este raro pero apasionante proceso titulado: Dé como un joven de clase media se hace radical en los tempranos ochentas. Una pista, escribe Schmidt y escribe muy bien:
Nosotros que estuvimos ahí desde el principio, estábamos verdes. Fueron nuestros primeros contactos con el mundo de los adultos y nos echamos la culpa por la indiferencia de las personalidades electas. Creímos, entonces, no saber cómo funcionaban las cosas importantes y que teníamos dificultades serias para las relaciones personales por efecto de una mala cuna, una falla de origen. Nos castigamos mucho. Nos estudiamos. Nos miramos tres generaciones atrás pra ver cómo se había armado nuestra incompetencia.
Gobernaban los radicales.
Eran gente que habíamos visto en simultáneas de ajedrez en el parque Rivadavia durante el Proceso y un recital de Piero en Atlanta , y con sus hijos, a fines del 83. Eran los que más se nos parecían.Un radical podía entender que el mundo es injusto, salvaje, que está descompuesto, que hay enfermedades espantosas curables pero también una superabundancia inmoral. El doctor podía ver documentales , leer artículos, pero no quería asumir al mundo como una esfera desgraciada. Iba a decir qué barbaridad, pero no iba a hacer nada con la barbaridad. Interesado en las relaciones personales como si el mundo se inventara ante sus ojos y se viera obligado a dialogar con todos los sectores , un radical no dejaba que lo desacomodaran con problemas demasiado grandes. "Estebitan -nos decían-, una cosa por vez".