Nuestra historia puede ser leída como la disputa entre un proyecto de país que aspira a la consolidación del desarrollo económico y social de la Nación, y aquel otro que resiste la remoción de un orden de privilegios, encarnados en una minoría intensa y poderosa, articulado con las relaciones de explotación de nuestra economía que el poder económico mundial ha intentado imponer. Muy ilustrativo de esto último resulta el caricaturesco editorial que hace algunos días publicara The New York Times, en el cual no se dejan dudas del lugar que el bloque dominante asigna a nuestra economía, al señalar: “Había tanto para ser saqueado, tantas riquezas en grano y ganado...”. No sorprende, habida cuenta de tal concepción del mundo, la injuriosa crítica hacia nuestro país.
Es que la Argentina desafía –económica, política y culturalmente– una vez más, desde hace ya once años, el mandato hegemónico. “Inventó su propia filosofía política”, sostiene el mismo editorial, para cargar luego contra el peronismo. Tal vez lo único en lo que acierta el diario estadounidense es en identificar al peronismo –y por ello lo aborrece– como el momento histórico de consagración del proyecto nacional-popular que desechó la “Teoría de las Ventajas Comparativas” con la que se ha pretendido relegar a nuestro país a un papel de dependencia, de sumisión a una matriz económica primarizada, soslayando la limitación básica de un modelo que no puede emplear a más de un tercio de la población. ¡Curiosas ventajas, que implican condenar a dos tercios de nuestros compatriotas a la exclusión! Por esas mismas razones se explican las encendidas críticas que aquel y otros órganos de inoculación del pensamiento dominante han desplegado contra el kirchnerismo que, como sostuvo la Presidenta en su discurso frente a la Asamblea Legislativa, “yo no sé si kirchnerismo y peronismo son lo mismo, pero se parecen bastante”.
Lo cierto es que, sobre las cenizas de un país arrasado por el neoliberalismo, la Argentina está reconstruyendo una soberanía que había sido pisoteada y que, en su versión siglo XXI, tiene nombre propio, en clave de desafío: Soberanía Industrial. Los avances del ciclo de once años, iniciado en 2003, son indiscutibles. Sin abundar en datos, bastará señalar que la industria se expandió un 106,4% (por encima del promedio de la economía), que la tasa de desocupación cayó desde el 25% hasta el 6,4%, que la participación de los salarios en el ingreso, según estimaciones propias, creció desde el 34% hasta el 47% y que el coeficiente de Gini (indicador sintético de desigualdad) mejoró desde 0.54 hasta 0.41, según el Banco Mundial. Sin embargo, el camino hacia el desarrollo no es un lecho de rosas. La Argentina se encuentra en un momento de bisagra histórica: tiene frente a sí antiguos desafíos que deberá superar para consolidar, definitivamente, un desarrollo económico y social de largo alcance.
*Economista de La graN manKo.

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