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10/09/2022

brasil: nadie se aburre


¿UN LULA PENDULAR Y DISCIPLINADO?


Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

Las urnas no son para depositar odios, son para depositar esperanzas
(Lula)

La eficacia comunicacional de medios convenció a la población de Brasil, y a gran parte de la población mundial, que un evento de escasa probabilidad de ocurrencia se tornara un suceso de expectativas ciertas de materializarse. Esto es, que el Partido de los Trabajadores de Brasil ganara las elecciones presidenciales en primera vuelta.

Esta fabulosa idea, como confirman las estadísticas históricas de las votaciones en primer turno del PT desde 1989 (véase cuadro anexo), empañó lo que debería haberse marcado como una fiesta. En 33 años, en esta elección Lula obtuvo la mayor cantidad de votos de su historia, 57.294.504, y en porcentaje solo en dos elecciones el PT alcanzó más del 48% de los votos, en 2006 y ahora. Empero, se dio alas a la algarabía bolsonarista, que ciertamente realizó una gran elección, acompañado de los errores de las encuestadoras que lo perjudicaban abiertamente, y que estimaban un rango de diferencia con Lula entre 7 y 14% de los votos. O sea, cualquier votación por encima del 35% hubiera resultado exitosa.





Fuente: El Tábano Economista en base a datos oficiales

Por lo tanto, el análisis debería de dividirse en dos, la gran elección de Bolsonaro y su porqué, y en caso de Lula, qué probabilidades tendría de gobernar en caso en que de llegarse a repetir en la segunda vuelta la ventaja que tuvo en la primera y fuera elegido presidente de la república. Según los números, su vida no será fácil con la Cámara de Diputados. Los partidos aliados a Bolsonaro acabaron eligiendo un número mucho mayor de diputados, esto es, no tendría mayoría al inicio de su mandato. Se rompe así el tipo de hegemonía que, en la mayoría de los casos, desde la redemocratización, se ha verificado.

El Partido Liberal (PL), el partido de Jair Bolsonaro, eligió el mayor número de diputados federales (99). La Federación Brasileña, coalición del PT (incluye PT, PV y PCdoB) eligió 80 diputados. El PSB, el partido del vicepresidente de Lula, Geraldo Alckmin, eligió 14 diputados. La Federación Psol/Rede otros 14. Una suma inicial para Lula de 108 diputados como se ve en cuadro.

En caso de una eventual victoria de Bolsonaro, el resultado de la Cámara le daría una mayoría inicial un poco más holgada. Tras el PL, el PP, del actual presidente de la Cámara, Arturo Lira eligió a 47 diputados. Los republicanos, otros 41. Sumarían 187 parlamentarios a la bancada inicial de Bolsonaro.





Fuente: elaboración propia en base a TSE.

Ambos dependerán mucho, entonces, del comportamiento de las bancadas que apoyaron a otros candidatos o que se mantuvieron neutrales en las elecciones presidenciales. El partido de União Brasil (tiene como senador al juez del Lava Jato, Sergio Moro, y de diputado al fiscal Deltan Dallagnol), eligió 59 diputados. El MDB con 42 diputados, antes PMDB ahora MDB, es el partido político brasileño que más sobornos recibió de Odebrecht y dará, se supone, el voto a Lula.

Veamos el panorama. El Movimiento Democrático Brasileño (MDB) apoyó el proceso de destitución de Dilma Rousseff. Pertenecían a sus filas Eduardo Cunha, quien orquestó el golpe, ahora preso por corrupción, evasión fiscal y lavado de dinero. El ex presidente Michel Temer, vice de Dilma y Henrique Meirelles, entre otros. Este último fue presidente del Banco Central de Brasil con Lula y Ministro de economía con Temer, o sea realmente de temer. Por el lado de Bolsonaro con el apoyo de União Brasil tendría el 48% de la cámara, con el Partido Social Democrático 42 obtendría el 56% de la cámara. Quedaría PDT de Ciro Gomes, 17, PSDB con 13, Podemos 12, y aun acompañado el MDB el PT llegaría al 37%.

Algo parecido sucede en el senado, el presidente Jair Bolsonaro fue el gran triunfador en las elecciones al Senado. Su partido, eligió al mayor número de senadores y, a partir de enero de 2023, tendrá la bancada más numerosa de la Cámara. Además, Bolsonaro vio ganar la disputa a aliados como el vicepresidente Hamilton Mourão, la exministra de la Mujer Damares Alves ambos de los republicanos, y la exministra Tereza Cristina o el general Eduardo Pazuello diputado por el PP, quien dirigió la cartera de Salud en una de las peores fases de la pandemia con 650 mil muertos. De los 27 senadores elegidos, ocho son del PL, el doble de los senadores elegidos por el PT

Los resultados consolidan al PL de Bolsonaro como el partido con mayor bancada en la Cámara, integrada por 81 senadores. En caso que União Brasil (11) el PSD (11) y el PP (6) apoyen a Bolsonaro tendría más del 50% de la cámara.





Fuente: elaboración propia en base a TSE

Dado este panorama, y descontando, según mi parecer, que Bolsonaro abandonará la presidencia de Brasil, y lo hará con mucho más poder que cuando entró, de hecho y dependiendo de sus movimientos, la gran fuerza de oposición, que imposibilite, dificulte y condicione las políticas del nuevo gobierno será una corriente neofascista de masas, apoyada por el congreso, militares y una parte importante de los medios, evangelistas y la burguesía brasileña.

La gran pregunta, y dada las similitudes con Argentina, es cómo se llegó hasta esta instancia. Después de la crisis de la deuda y la década perdida en Latinoamérica, el advenimiento del neoliberalismo provocó una crisis estructural de sus economías generando una reorganización económica que eliminó el vector central del desarrollo, la industria. Los países se convirtieron otra vez en productores de materia prima y productos agrícolas. Eso implica, particularmente en los países que habían alcanzado un grado más elevado de industrialización, como con Brasil y Argentina, un deterioro y una degradación de su aparato industrial y, por ende, de la perdida de participación salarial de los trabajadores que agravó sus condiciones sociales.

El progresismo, o una tímida “izquierda”, pudo capitalizar ese malestar durante los primeros diez años del siglo veintiuno, pero como veremos, por obvias razones las mejoras fueron temporales. La descomposición social del neoliberalismo fortaleció a los movimientos progresistas, pero este progresismo es líquido, no es rupturista ni cambiante, no es revolucionario, no quiere modificar al sistema, no le interesa cambiar la matriz productiva, distributiva, social, porque no tiene otro modelo en su carta que el neoextraccionismo para echar a funcionar.

Se trataba ahora de llegar al gobierno por la vía institucional y cambiar desde adentro con una estrategia muy gradualista, un capitalismo humano, comprensible, justo, o sea, nada más lejano al capitalismo. Esos gobiernos lograron en algún momento mejorar la situación del pueblo sin introducir cambios estructurales. Simplemente se amplió la demanda mejorando el poder adquisitivo de las mayorías. Pero eso tiene un límite, porque solamente funciona cuando el mercado está en su fase de expansión a nivel global. La interpretación de Breno Altman es la realidad misma: “cuando se modifica la expansión económica, como sucedió a partir del 2008, ocurre que esos factores utilizados como resortes por los gobiernos progresistas pasan a ser para la burguesía gastos que hacen crecer sus costos de producción y reducen su tasa de ganancia. Entonces comenzaron a presionar por una agenda ultra liberal para reducir los sueldos, rebajar derechos y de ahí para adelante. Esa es la base material que acá en Brasil lleva a la burguesía a dar un giro en dirección al golpe en 2016.”

Según Altman, el PT hizo una cosa muy rara: una alianza entre los más pobres y los súper ricos, la misma comunión del kirchnerismo. Los millonarios, los industriales, ganaron plata como jamás lo habían hecho, porque no se alteró su stock de riquezas, ni la estructura impositiva, ni su renta, ni la matriz productiva. Los más pobres crecieron en su poder de compra y participación del ingreso, gracias a las transferencias que tenían como fuente los impuestos que salían de las capas medias y de las retenciones en Argentina. Eso hizo que los sectores medios se sintieran doblemente presionados, alejados de su sueño de formar parte de la burguesías y acosados, en el caso de Brasil, por ser alcanzados por los 40 millones que salieron de la pobreza, lo que generó nuevas demandas, y en Argentina, tras el colapso de la economía en 2001-2002, el 54% de la población vivía por debajo de la línea de pobreza, una cifra que el gobierno logró reducir en 2013 al 5,4%.

Cuando la economía mundial entró en crisis y comenzó a mermar la exuberante rentabilidad, la puja por los beneficios se transformó en costo para el establishment, entonces llegaron los ajustes en Brasil y el estancamiento en la Argentina. La publicidad de hechos de corrupción, que no han cesado aun hoy, sin prueba alguna o inventadas en ambos casos, expone al PT como un nido de corruptos al igual que al kirchnerismo. Una parte de los ciudadanos empezaron a ser atraídos por un discurso de extrema derecha que puso en el centro la lucha anticorrupción. Dos protagonistas secundarios de la política, Bolsonaro por un lado y uno de los dueños de la Argentina por el otro, podían ser los marginales que combatan los actos deshonestos. La ecuación es simple: la plata que pagas en impuestos se la roban los políticos. ¿Qué hacen los partidos burgueses desde 2013, cuando se desatan las grandes manifestaciones contra Dilma? Se abona el golpe, o se desprestigia, como en la Argentina a la actual vicepresidenta.

Altam utiliza una expresión para describir a Bolsonaro: él es liberal-fascista, es alguien a quien no invitarías a comer a tu casa, pero sirve para pelear contra los movimientos nacionales y populares. Sus ideas son ultraliberales en términos económicos, como el establishment argentino. Pero su lógica es fascista en términos de la organización del Estado. A ambos, poniendo a Patricia Bullrich como representación de Cambiemos, les encantaría modificar el régimen político por alguna forma de Estado policial, pero su modelo no son las viejas dictaduras. Su ideal es la Colombia de Uribe, o sea una pantalla institucional donde todo parece funcionar muy bien pero, por abajo, hay un Estado policial que mata mucho más que la dictadura argentina. Los falsos positivos.

Entonces, ¿qué hacer? El periodista brasileño da una idea de las pujas internas del PT, que no se dio en el Frente de Todos, en su entrevista con la revista Crisis. Cuenta que “dentro del PT muchos propusimos otro camino. En la primera vuelta tener un programa y una alianza de izquierda, construir fuerza social, había espacio político por el aislamiento de Bolsonaro y el colapso de los partidos de centro, y si hubiera una segunda vuelta ahí sí hacer un frente amplio. Pero sin crear la misma gran coalición del proceso anterior. Claro que había riesgo en lo que nosotros proponíamos. Y Lula que es un pragmático dijo: ‘No, ese camino tiene riesgos porque quizás la burguesía reconstruye el centro político y en vez de ir a una segunda vuelta contra Bolsonaro tenemos que ir contra ellos. En ese escenario perdemos. No podemos correr el riesgo. Tenemos que neutralizar cualquier chance’ ¿Y cuál es la forma de neutralizar? Irse al centro.”

El centro se transforma en derecha y esta en la aceptación de un gradualismo tímido que termina siendo funcional a la concentración del ingreso y es amigo silencioso de la pobreza. Lula se enfrentará con un escenario del Congreso ya descrito, al que hay que agregarle un mundo que está ingresando a una nueva guerra fría, o ya entró, con el ascenso de China. ¿La vocación brasileña es occidentalista? O sea, ¿forma parte de un vagón en el tren que tiene como cabeza a los Estados Unidos y que la política del PT puso a Brasil fuera de ese tren? ¿Puede tener una vía autónoma de desarrollo con el nuevo gobierno o es una idea fracasada?

El problema, en ambos lados de la frontera, es que los que tienen hambre tienen prisa, las mayorías populares no pueden tener paciencia y esto ayuda a la oposición y limita la gobernanza. El 2023 está a la vuelta de esquina para Lula y para el Frente de Todos con elecciones en Argentina. La llamada Bolsa Familia de 2003 a fines de 2021, el programa creado por el expresidente y ahora candidato Luiz Inácio Lula da Silva, mutó en manos del opositor Jair Bolsonaro a Auxilio Brasil y fue aumentado en vísperas de las elecciones, en agosto, de R$ 400 (U$S 77) a R$ 600 (U$S 115).

El aumento de valor, sin embargo, no significa la extensión de esa renta básica para el próximo año, ya que la previsión dada en el Proyecto de Ley de Presupuesto Anual la reduce, como el presupuesto 2023 en Argentina, donde el gasto social cae considerablemente. El hambre es una agenda. Se deben implementar varias políticas públicas para solucionar el problema, no solo el Bolsa Familia o Programa Nacional de Alimentación Escolar, entre otros, un conjunto de políticas sociales donde tienen un papel central las políticas económicas; no puede haber un debate para asegurarse ¡que el hambre existe!

Este Lula reformateado, seguramente pendular, acosado por derecha y por izquierda, con 76 años, que opera con la lógica del pueblo, hará que seguramente veamos a varios Lulas. Como dice Altman, Lula es un encantador de serpientes, el problema es que trabaja con serpientes, y viendo la osadía americana en atacar los gasoductos Nord Stream I y II, se puede estimar a dónde puede llegar asociado con la burguesía brasileña, la no alineación activa con afinidades regionales será compleja. Lula tendrá mucha más presión que al inicio del siglo, pero como sostuvimos en el escrito anterior, también en la grieta hay un abanico de posibilidades que antes no existía.

Nadie morirá de aburrimiento de los dos lados de la frontera en el 2023.

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10/06/2022

deja que conozca el mundo de hoy ...


¿Cuál es el mundo real?
Democracias débiles en un mundo en intenso cambio


Por Daniel García Delgado*

Director del Área Estado y Políticas Públicas de la FLACSO Argentina


Introducción


El análisis del rumbo y orientación estratégica del país hoy por hoy no puede estar disociado de integrar una visión global, la disputa por el formato del poder mundial, sea por la ratificación de la hegemonía y la unilateralidad, o por el surgimiento de una multipolaridad más cooperativa, vinculada al ascenso de China, las BRICS y el sur global, y qué oportunidades y riesgos trae ello para nuestro país y región.

Pero también tiene que ver con interrogarse sobre ¿dónde estamos parados?, ¿hacia dónde vamos y hacia dónde queremos ir? En todo caso, sobre cuánto puede salirse de cierto voluntarismo sobre el rumbo al que deberíamos ir efectivamente, pero que no parece ser así. Porque las decisiones políticas del gobierno han tomado derivas que, junto con la pandemia, una polarización política, judicialización, generan situaciones de desconfianza, debilidad de las democracias. En realidad, estamos yendo hacia otro lado del que pensábamos debíamos ir, de modelo de democracia y desarrollo sustentable e inclusivo. Lo cierto es que el sistema decisional del Ejecutivo democrático del Frente de Todos y el poder fáctico han llevado de una u otra forma a tomar otro rumbo del que parecía debía ser, de la promesa electoral[1]. Necesitamos entonces interrogarnos sobre si ¿es posible realizar un equilibrio, entre el realismo de lo que efectivamente está pasando y, a la vez, mantener esperanzas de proyectos democráticos inclusivos y sustentables?

Democracias débiles y amenazadas

Ahora bien, ¿por qué lo de democracias débiles o amenazadas? Si bien estamos en una época especial, de aceleración del tiempo, del tiempo corto y de lo efímero en que vive la mayor parte de la gente y que la pandemia acentuó junto a una mayor desigualdad; y si bien ya se habían ensayado conceptualizaciones sobre la democracia que no coincidían con las expectativas mayoritaritas, creemos que nos debemos una caracterización más actual luego de las democracias “de baja intensidad” de G. O´Donnell[2], que hacían referencia más a la orientación al consumo de la libertad de los modernos que a la esfera pública.[3] Proponemos así el concepto de democracias débiles y amenazadas en otro sentido, menos institucional y procedimental y más orientado a un sentido sustantivo.

Esta debilidad ya comenzó en los setenta, con el ascenso del neoliberalismo autoritario, el comienzo del capitalismo especulativo de financierización y concentración; luego continuado por las privatizaciones y desindustrialización del Consenso de Washington, donde se despojó al Estado de numerosos instrumentos de regulación por el menemismo; y luego, por la inflación, aumento de la pobreza, pérdida de calidad de vida y del endeudamiento del neoliberalismo tardío de Macri. Ahora, en esta segunda década del siglo XXI, se acentúa por diversas razones y en casi todos los países de la nueva ola progresista, ya sea por esta fuerte asimetría entre poder fáctico y el institucional democrático, o sea por anteriores desguaces de capacidades, por un capitalismo de concentración, especulación y fuga capaz de condicionar las orientaciones más distributivas, por una ‘rebelión de las élites’ con bajo compromiso con sus sociedades; y todo eso acentuado por la globalización. También por un Poder Judicial que incorpora una nueva doctrina del derecho, el lawfare[4], y actúa como partido de la derecha o, directamente, como gobierno de los jueces por encima de la política.

En esta segunda ola progresista de la región, luego del neoliberalismo tardío, estas democracias no hacen mucho de lo prometido en sus políticas públicas y, al mismo tiempo, están sujetas a su carácter cíclico/pendular. Son débiles en su capacidad de acumulación de poder, de transformación económica-social o de modificaciones progresivas en términos de reducción de la pobreza o mejorar la distribución del ingreso. Un ejemplo reciente puede servir, el de Boric en Chile, de un líder de una coalición que había empezado con mucha fuerza y es debilitado por la derrota del referéndum sobre la misma Constitución que lo había promovido. También débiles e inciertas en su posibilidades de reelección de los diferentes gobiernos progresistas a diferencia de la primera ola, así como de mantener el apoyo de la coalición social inicial durante un ciclo más largo.

Un primer punto explicativo de la conceptualización adoptada es la asimetría de poder que se observa entre el poder fáctico altamente concentrado judicial, comunicacional y articulado en una estrategia de no admitir regulaciones, de libre mercado y reducir el Estado, con el poder institucional y democrático. Estas democracias débiles se deben, en parte, a la configuración de liderazgos seducidos por un estilo político consensualista, de gestionar y tomar decisiones, como canto de sirena que les dice que les irá mejor con la moderación, el diálogo y el consenso con los grandes empresarios e intereses, sin considerar en algunos casos el conflicto inherente a la política en relaciones de poder, derechos, o simplemente en favor del bien común.

Debilidad porque las recetas heterodoxas -el logos que guiaba las coaliciones progresistas o nacional populares- decaen en su incidencia y poder de apelación en la medida que el modelo de desarrollo que se va gestando no es ya de mercado interno y consumo creciente -que era el 70% del PBI en etapas anteriores-. Es un nuevo modelo de exportación de commodities e industria, de economía del conocimiento y recursos naturales estratégicos con bajos salarios y que tiende al bajo crecimiento y a la reducción del consumo para evitar mayores importaciones. Esa debilidad y fragilidad de la democracia está relacionada también a su carácter de ser sociedades dependientes y endeudadas.

Los ganadores de este proceso democrático son la soja y los bancos. ¿Qué se hizo del saldo comercial de los primeros años exponenciales de las exportaciones agropecuarias y las reservas existentes?, se pregunta Horacio Rovelli. La principal explicación es un informe que circula en los despachos oficiales que le pone cifras a un dato que es admitido en el Banco Central: un grupo de empresas, de las más importantes de la Argentina, accedieron a dólares baratos para cancelar la deuda que habían contraído en los años del macrismo y para sus importaciones. Energéticas, bancos, constructoras, alimenticias y firmas del sector de la comunicación accedieron a nada menos que 23.710 millones de dólares. En segundo lugar, el impacto monetario no es menor, dado que se absorben los pesos emitidos para pagar $200 por el dólar soja a una tasa del 75% anual nominal y que, efectiva, ronda el 100%. A esa tasa aumentan las inmovilizaciones (encajes remunerados del BCRA), que solamente comparando con el mes anterior, son de casi 1,2 billones de pesos. El sistema financiero expande en un mes (30 días) casi 1,2 billones de pesos las inmovilizaciones que los bancos cobran sin correr ningún riesgo, sólo por tener la autorización para captar depósitos del público. Se dan vuelta y se lo prestan al BCRA a una tasa mayor y ganan la diferencia.[5]

También incide la avidez empresaria que aumenta los alimentos generando una inflación por oferta más que por demanda. La falta de solidaridad ante situaciones afligentes y concepción de propiedad absoluta de sus bienes, divisas o grandes producciones acentúa esta democracia con libertades e individualismo crecientes, pero sin igualdad. Y si bien varias voces han advertido sobre la responsabilidad empresaria en los aumentos donde hay márgenes de ganancias excesivas, gran parte de los aumentos de precios provienen de la puja distributiva, una puja que no está impulsada por los salarios, sino por la avidez de ganancia empresaria y por falta de autoridad del Estado para poner un límite a la misma. La puja se produce porque las empresas, especialmente las más grandes que se mueven en mercados altamente concentrados, aumentan sus precios para captar el mayor poder de compra de los salarios ante cada recomposición o para reducir el margen de sus proveedores, en especial las pymes, y la suba de los subsidios.

Por último, nos dejan estas democracias débiles y amenazadas, tanto por el lawfare como por el intento deliberado de proscribir la posible candidatura de la vicepresidente -como ya se realizara con anterioridad con Lula en Brasil-, como con la posibilidad de una incitación a la violencia para la resolución de los conflictos. Más aún, el intento de magnicidio, la falta de colaboración del sistema judicial con la investigación, y hasta la falta de diálogo político de la oposición para establecer estándares donde se sujete la competencia política en el 2023 dentro de ciertos parámetros de convivencia pacífica, son también elementos amenazantes. Y si el poder económico ha alcanzado un nivel de ejercicio que neutraliza la vocación del Estado para establecer un régimen de distribución del ingreso (tipo 50 y 50), “la democracia afronta debilidad porque el mercado, al que deberían establecérsele reglas y definiciones de la ciudadanía, se ha vuelto un ámbito que la determina en lugar de ser determinado por ella”.[6]Democracias con situaciones sociales y culturales crecientemente complicadas

El modelo en que hemos entrado sale del imaginario heterodoxo, neodesarrollista, kirchnerista, para entrar en otro, ortodoxo. No de mercado interno sino externo. Entrando en la situación social que sigue la tendencia de un modelo de crecimiento con precarización, de salarios bajos de línea de pobreza, con el crecimiento del PBI, de las tasas elevadas de ganancia de las empresas de sectores específicos: la economía del conocimiento, el sector industrial automotriz, el modelo agroexportador, del de maquinaria agrícola, pero junto a un mercado interno que va para atrás, que va a ser perjudicado por las proyecciones presupuestarias a la baja del gasto público, de la inversión y salarios y del PBI.

Al respecto, el CEPA (Centro de Economía Política Argentina) elaboró un informe que llega a la concluyente verificación de que las principales firmas industriales y de servicios, en el período 2015-2022, “tuvieron una rentabilidad extraordinaria al tiempo que se reducían sus costos laborales. Es decir, ganaron más y pagaron menos salarios”, mientras CIFRA-CTA muestra una caída de salarios en promedio superior al 20% en términos reales desde enero de 2017 a junio de 2022. Este Centro calculó que la participación de los trabajadores en el ingreso cayó entre el primer trimestre de 2016 al primero de 2022 del 54.2% del ingreso al 46,9% del mismo, mientras que los apropiadores del excedente avanzaron desde el 42,2% al 47,8%. Así, la evidencia que se puede leer muestra que la participación en el excedente de las mayores empresas avanzó mucho más, significando transferencias de excedente también desde sectores menos concentrados del empresariado a otros más poderosos.[7] Si a eso le sumamos los datos del INDEC con un índice de pobreza de 36,5 % se trata de unos 17 millones de personas en todo el país cuyos ingresos no alcanzan para satisfacer sus necesidades básicas. Asimismo, diversos informes coinciden en que los recortes para reducir el déficit en 2023 afectarán servicios sociales y prestaciones previsionales.[8]

El incremento de la conflictividad social que se observa en los sectores populares y trabajadores va en lógico crecimiento y forma parte de este dilema democrático. Se expresa en varias dimensiones: el impacto de la inflación la principal demanda popular, nunca resuelta; sobre los ingresos de los trabajadores informales y de la economía popular. Se asocia a los reclamos, acampes y cortes de ruta de los movimientos sociales de izquierda (Polo Obrero, CCC) y de la economía popular; por el aumento del Salario Complementario y ampliar el cupo de Potenciar Trabajo del Ministerio de Desarrollo Social, el conflicto de los neumáticos, de camioneros y el aumento de la pobreza e indigencia (Informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA), y en el deterioro de las condiciones de vida y un riesgo cada vez mayor de implosión social en el inicio del verano, aumento de la violencia en los barrios, en las familias y, finalmente, el riesgo de la anomia y la expansión del narcotráfico.

A esto se suma lo directamente provocado por la derecha. En CABA, Larreta se salió de la modalidad ‘paloma’, y pasó a la categoría de halcón, y puede disputarle a Macri la pole position de la próxima campaña. Esto le fue muy útil en el conflicto escolar, en que no ofrece canales de diálogo y justifica la judicialización del conflicto. Vuelve a utilizar la educación como eje articulador de su discurso y grieta con respecto al Gobierno y al Frente de Todos. En la última toma de escuelas por problemas de viandas, pasantías de baja calidad y ausencia de inversión en infraestructura, le sirve para aumentar la tensión entre la visión de poner ‘mano dura’ ante el presunto caos estudiantil, que asocia a todas las formas de protesta social existentes. Es decir, el jefe de gobierno de CABA se ofrece como garante del orden y del fiel cumplimiento del logos de AEA, que puede sintetizarse en la no intervención del Estado en los mercados, propiedad privada absoluta y una posición de dureza sobre cualquier conflicto social que pueda cuestionar el orden de cosas establecido.

Esto pone de manifiesto dos elementos culturales que interactúan en simultáneo: los discursos del odio, y la tendencia a la desilusión política. Porque junto con esta declinación social los medios hegemónicos incrementan una cultura del odio por operadores especializados que facilitan la introducción de clivajes divisores, fragmentarios y hasta de violencia en la sociedad. No es fácil gobernar en estas situaciones. Esto es una continuidad de la batalla cultural iniciada por el macrismo en su anterior período gubernamental, de cambiar el ethos más igualitario y pro Estado configurado en el contrato social del Estado de Bienestar y la creencia en la justicia social y no en la meritocracia, pero con aumentos crecientes de la intensidad de los cuestionamientos antiinstitucionales que llevan a manifestaciones neofascistas, antidemocráticas, como de las que hemos sido testigo estos meses y cuya eclosión fue el intento de magnicidio. A su vez, estos grupos son alimentados por sus consignas y análisis, que les da identidad, orientación y propósito a vidas inciertas.

En segundo lugar, se revela una escisión creciente entre elites políticas de la coalición de gobierno y organizaciones populares a la hora de definir leyes. Un problema de crisis de representación; de la decepción que invade los ánimos y que alimenta la desconfianza en la democracia[10]. De esta disociación sobre que en gobiernos populares sus funcionarios deberían hacer otra cosa, que los gobiernos cumplan con sus programas o incorporen demandas, o se pueda influir en las decisiones y leyes; mientras las elites políticas se autonomizan –como, por ejemplo, en las luchas por el espacio público ante convocatorias que no son vinculantes[11]-. En realidad, el malestar social se canaliza más que hacia las empresas y grupos concentrados, hacia las autoridades públicas y a los referentes políticos a los que perciben como responsables de la situación de falta de respuesta. Ya se experimentó este síndrome en las PASO del 2020 y esta percepción sigue profundizándose, con lo que se genera una creciente bronca hacia la clase política que se expresa en algunos casos con apartamiento, escepticismo, con derivas de voto extremo o apatía. La disolución del demos que, además, se acentúa cuando se observa el sistema político como un juego de egos que buscan posicionarse para los próximos escenarios, que les permitan mantener sus posiciones de poder. Así, el diagnóstico de un proyecto integrador nacional de destino común tiende a desaparecer tras el proyecto individual.

Al mismo tiempo, para resolver los problemas de ingreso en los empleos, de las condiciones de vida de los sectores populares, los gobiernos no parecen tener respuesta en el escenario que se ha constituido tras la brusca salida del Ministerio de Economía de M. Guzmán dejando al país al borde de un abismo, como por las condiciones internacionales adversas. Asimismo, los condicionamientos macroeconómicos del FMI, en sus políticas y revisiones, presionan hacia una lógica de ajuste de ir a un bajo crecimiento del PBI para el año próximo, de suponer que la emisión genera inflación y, por tanto, de no emisión y búsqueda de reducción del déficit.

Esta orientación ha estado apoyada políticamente por el gobierno de AF, el Ministro de Economía actual, el de Massa, que no es un neoliberal clásico, pero es una resultante del abismo creado por la orientación de M. Guzmán y su intempestiva renuncia. También sabe, por conveniencia o creencia, de las necesidades para estabilizar un país, de salir del abismo sin vender su racionalidad a la avidez de los cazadores de dólares que operan en los intersticios de los mecanismos de control. Pero lo cierto es que las orientaciones progresistas, tanto políticas de un sindicalismo más combativo, o movimientos sociales como el de derechos humanos y de la economía popular, y pymes, aparecen como piezas sueltas de una fuerza sin articulación propia, o tratando de rectificar un bloque que va en otra dirección. No habría un proyecto estratégico articulador entre estas partes y eso forma parte del país real y de la democracia débil.El liderazgo moderado y el debilitamiento del Frente de Todos.

El presidente A.F. probablemente sea un buen armador, articulador y componedor de conflictos, pero carece de dimensión estratégica y de visión agonística de la política. Más allá del buen desempeño que el gobierno nacional tuvo en la pandemia con el Estado presente, decisiones tomadas con relación al FMI, el caso Vicentín, la derrota autoinfligida en las PASO con ajuste; la legitimación del endeudamiento fraudulento sin un intento de negociación más fuerte, fueron aumentando la desilusión con la conducción. Como señala R. Aronskind, “La debilidad y la falta de convicción que el gobierno mostró frente a diversas dificultades, desde las políticas de protección económica en la pandemia hasta Vicentin, el dragado del Paraná, la defensa de las reservas del Banco Central, la admisión pasiva del insólito crédito del FMI, el control de la inflación especialmente en alimentos, la continuidad de la fuga de capitales por diversos medios, no hizo sino profundizar su debilidad en relación a los factores de poder privados”. [12]

Asimismo, y en esta misma dirección, un colectivo de artistas e intelectuales del kirchnerismo señalan un momento significativo que atravesamos. Uno en que “La política gubernamental ha llegado a su punto más trágico, la preparación de escenarios donde no se realizan anuncios. Es la práctica fallida de anticipar políticas que no se concretan: el mismo Gobierno genera las expectativas y la defraudación de las expectativas. Es el instante cruel donde la moderación se transforma en impotencia. Donde deciden bajarle la intensidad a la política y, como efecto no deseado, suprimen la política. Proponen ir despacio, pero terminan inmóviles. Pretenden hablar suave pero se vuelven inaudibles. Todo lo que se presenta moderado termina siendo débil y sin capacidad transformadora”.[13] Pero el riesgo de esta orientación de culto candoroso al consenso como forma ideal de gobierno es alto. La derecha, en cambio, cree fervientemente en la lucha de clases, defiende sin tapujos sus intereses y, a la hora de gobernar, lo va hacer sin preocuparse por construir un imposible consenso.

También, luego del alegato espectacularizado del fiscal Luciani contra CFK en la causa de Vialidad que se lleva a cabo contra la vicepresidenta y que busca proscribirla, y mucho más luego del intento de magnicidio, parecía que no existía otro referente político electoral más potente que CFK. Nadie del Frente de Todos podía concitar la audiencia que dio en su defensa y la expectativa que generan sus palabras. Sin embargo, la tregua en el Frente de Todos tras la llegada de Sergio Massa y el atentado a Cristina Kirchner terminó, y Alberto Fernández comenzó a mostrar poder de daño para abrir una negociación. El presidente y su entorno acumularon una serie de movimientos que dan cuenta del fin de la supuesta armonía a la que había llegado el oficialismo en varias decisiones.

La silenciosa intención oficialista de suspender las PASO se choca con las palabras del presidente Fernández que dijo que quería primarias en todas las candidaturas en el momento que desde el kirchnerismo consideraban innecesario que se hablara de ese tema cuando estaban analizando la posibilidad de hacer todo lo contrario. Se trató de un misil de la Rosada a la estrategia electoral de vastos sectores del peronismo que podrían darle chances de retener el poder el año que viene. Luego, empujó a la CGT a rechazar la idea de la propia Cristina en alianza con los sectores más combativos de la CGT, pidiendo una suma fija para levantar los salarios que están en la base de la pirámide. Así “los gordos de la CGT” se opusieron porque argumentaron que si el Estado intervenía ellos se quedaban sin su rol y hasta llegaron a decir que se ponía en riesgo la paritaria, tradicional herramienta de lucha obrera, exigiendo en cambio la reapertura de las paritarias.[14] Y, finalmente, queda en la ingravidez hasta ahora las características y representatividad que tendrá el acto del 17 de octubre, después de haber considerado una presentación protagónica suya en Tucumán.

Lo cierto es que la orientación moderada del presidente “dialoguista” de evitar todo conflicto no tendió a generar sinergia, a fortalecer la coalición como un todo, a generar unidad, sino favorecer lo contrario, una cesura interna con dos líneas enfrentadas dentro del Frente, empoderar al poder fáctico y tomar distancia de su base social. Y es parte de un error estratégico del presidente pensar que es él el líder del Frente y del peronismo o, en todo caso, aceptar la seducción del establishment y su obsesión de que el kirchnerismo es parte del problema y no de la solución para gobernar el país.

En el oficialismo creen que las maniobras del presidente desnudan su intento de negociar las listas para el año que viene y para que sepan que todavía puede hacer daño. Entonces la pregunta que surge es: ¿Cómo pararse frente a esta posición anti CFK de Alberto, siendo que CFK puede ser la candidata con más posibilidades de triunfar en la contienda electoral del 2023? Así, en la democracia débil, es todo un dilema el que se afronta para evitar la derrota del 2023, el que no se apoye a la candidata más competitiva. Pero la deriva del pensamiento de AF es salir impoluto del gobierno como de un presidente que aprendió bien las reglas del neo-institucionalismo de no conflictuar con el establishment y quedar guarecido de que lo imputen por cualquier cosa, salir incólume en todo caso de su retiro del gobierno. El dilema debilita la democracia y no queda claro cómo se lo resuelve.¿Lo regional como esperanza?

Tal vez el triunfo de Lula en el ballotage pueda modificar en algo expectativas para la izquierda y lo nacional popular en lo regional, de un reforzamiento de una alianza que en el pasado generó mucha sinergia. Pero lo cierto es que los resultados de la primera vuelta no obedecieron ni a las predicciones de las encuestas de opinión que lo daban ganador en primera vuelta, ni a las expectativas de sus partidarios -el 48,36% de Lula frente al 43,25% de Bolsonaro-. El jefe petista no pudo asegurar su victoria y el ultraderechista dio la sorpresa superando la intención de voto que se le atribuía. La polarización funcionó a pleno y mostró un Brasil dividido casi por mitades. El ballotaje del domingo 30 de octubre se presenta abierto con una leve ventaja para Lula. Si los sondeos y encuestas indicaban una ventaja de entre siete y diez puntos, esa ha sido la primera victoria de Bolsonaro. Pero la segunda y más contundente victoria se dio tanto en la formación de lo que será a partir de 2023 el Congreso como en los gobiernos provinciales.

La verdad es que el abyecto y desequilibrado Bolsonaro sorprendió por cómo obtuvo resultados especialmente positivos en todo el país. A excepción del nordeste pobre, de donde Lula salió para seducir y conquistar todo el país, Bolsonaro ganó en todas las demás regiones, exceptuando a Minas Gerais en el sudeste[15]. Observamos que parte de los síntomas de las democracias débiles de los que considerábamos que Brasil se preservaría, ya están presentes allí también. La derecha y la extrema derecha han avanzado social y culturalmente estos años. La democracia se ha fragilizado tanto que la apoliticidad de la sociedad lleva a aceptar como indiferente cosas que antes eran inaceptables, sea porque había más conciencia de clase, más proyecto comunitario o idea de bien común. El neoliberalismo en sus tres diversas olas ha terminado generando una sociedad fragmentada, polarizada y sin ethos común.

No obstante, también es probable que Lula pueda ganar en el ballotage dentro de un mes y dentro de su espacio de poder y proyecto apueste por la integración regional para que esta pueda reconstituirse de forma de configurar un polo que les de identidad, defensa de sus intereses e impulso para una multipolaridad más cooperativa y no de imposición. Porque un Brasil con Lula a la cabeza probablemente propiciará una alianza continental que iría desde el México de Andrés López Obrador hasta la Argentina de Alberto Fernández, articulando con los gobiernos de Luis Arce Catacora en Bolivia, Gabriel Boric de Chile o el más reciente de Gustavo Petro de Colombia. Incluso sumaría a la Venezuela de Nicolás Maduro y mismo a la Cuba de Miguel Díaz Canel. Este realineamiento podría potenciar a Brasil y a los países de la región en el escenario internacional, tanto en vínculos con otras potencias mundiales como China y Rusia, así como el posicionamiento en organismos internacionales, como el FMI y el Banco Mundial, marcando una línea que propone el desarrollo frente al mero ajuste fiscal como respuesta económica. [16]

Pero lo cierto es que Argentina si bien estuvo presente en las elecciones de este fin de semana en Brasil, no lo hizo en el papel que creía, de acompañar el nuevo empuje progresista del país más importante de la región. Es que la perspectiva de Lula es que el acuerdo que cerró Alberto con el FMI es malo, y que probablemente el peronismo pierda las elecciones en el 2023 en manos de Larreta. La lectura de Lula sobre el acuerdo con el FMI no es sólo una retórica electoral que dice puertas afuera, sino que es parte de un debate interno: “El acuerdo fue malo, es claro. No pudieron poner en marcha un plan económico de estabilización ni controlar el aumento de la pobreza. Es una tragedia”.[17]

La guerra híbrida y la transformación global

A la vez, estamos en un continente en disputa entre EEUU y China, en un mundo en disputa, entre Occidente y BICS, y Sur Global; y esta nos complica económica y políticamente. En primer lugar, la guerra disparó los precios de la energía, que obligaron a gastar cerca de 4700 millones de dólares más al Estado en importación solo este año. Recién con la terminación del oleoducto Néstor Kirchner, dentro de un año, el autoabastecimiento estará listo. También elevó los precios de los alimentos, “la renta inesperada” está aún sin cobrar y, siendo un país productor de estos, no se pudo superar el chantaje de este sector para vender “dólar soja”. “El tipo de inflación actual tiene así su raíz en esta lógica de recomponer lo perdido durante el kirchnerismo y, en segundo lugar, en las condiciones internacionales de suba general de precios de los commodities, por la pandemia primero y, principalmente, por la guerra ruso-ucraniana después. La tercera causa a tener en cuenta es la escasez de dólares provocada por el endeudamiento intencional que el gobierno de la plutocracia del poder concentrado provocó. Esa carencia de divisas presiona sobre los mercados de los dólares financieros y el del dólar ilegal, ampliando la brecha con el dólar oficial, situación que genera expectativas devaluatorias que incentivan los aumentos de precios de insumos importados y algunos otros precios”.[18]

La suba de las tasas de interés en EEUU también problematizan a una sociedad endeudada con el FMI, en lo interno con las Leliq, hacen difícil que vengan capitales a invertir y que no se pueda salir de este cerco financiero que la estanca. Podemos activar recursos naturales estratégicos como el litio y el gas y los alimentos, pero ello necesita de empresas públicas nacionales que le den coherencia y orientación, y que no queden esas riquezas a merced de las multinacionales y el extractivismo, para que esas riquezas no sean fugadas o eludan impuestos. El problema es doble para Argentina, porque esas empresas como Techint, en el caso del gas, y aún peor en el litio, tienen un sistema de elusión fiscal y fuga de divisas. Porque esas empresas que generan recursos en el país los llevan a Uruguay y no pagan impuestos, pero además fugan capitales, desfinanciando al sector externo y siempre necesitado de dólares[19]. Además, sin industrialización de estos recursos, sin soberanía sobre la Hidrovía y nuestras exportaciones principales, una historia de chantaje por las divisas y de primarización vuelve a repetirse.

No obstante, el mundo en esta confrontación entre Occidente y China y su vinculación con Rusia y el Sur global ha entrado en una etapa de cambios sin precedentes que pueden modificar el esquema de poder geopolítico, económico y financiero que ha dominado las últimas décadas el mundo; y por qué no decirlo, siglos. Es, por lo tanto, la posibilidad de aumentar nuestras oportunidades para un desarrollo sustentable inclusivo con aumento de la soberanía. Particularmente, si se apoya en los recursos naturales estratégicos y en la formación de un bloque regional para la multipolaridad[20].

Es una época de transformaciones sin precedentes en las cuales los países de América Latina tienen que encontrar un lugar que potencie sus posibilidades y les permita generar un polo en la multipolaridad. Como señaló Xi Jimping en el cierre del encuentro de Sarmarcanda: “El mundo está experimentado cambios acelerados no vistos en una centuria, y ha entrado en un nuevo período de incertidumbres y transformaciones. La sociedad humana se encuentra en una encrucijada y afronta desafíos sin precedentes. Bajo las nuevas circunstancias, la OCS debe encarar con valentía las vicisitudes internacionales, captar la tendencia de los tiempos, reforzar la solidaridad y la cooperación y promover la construcción de una comunidad de futuro compartido.”[21] Algo de esta visión hermenéutica, de articulación y cooperación deberíamos aprehender en América Latina.

Reflexiones finales

Hemos intentado mostrar el mundo real de la Argentina casi a fines de 2022; el de la democracia débil que en parte también es característica de los países que configuran la segunda ola progresista de América Latina, pero que en nuestro caso tiene particularidades propias. Y hemos tratado de salir de la habitual tensión entre voluntarismo y posibilismo pragmático, entre esperanza y decepción, sin dejar de plantear un dilema que se presenta a este formato democrático.

No obstante, nada está cerrado y también existe capacidad de la política, de movilización popular para zafar del dilema en que se ha estancado la democracia débil, para buscar la fórmula de salida hacia un fortalecimiento de una democracia más sustantiva y no solo procedimental. Podemos verla en tres perspectivas interconectadas. En el espacio regional, la mencionada posibilidad del triunfo en el ballotage de Lula y la concreción de un bloque regional de nuevas condiciones, más concretas y menos ideológicas, y con moneda única que es clave. En perspectiva de las tendencias actuales a una mayor regionalización, estados de nivel continental, “en el mundo por razones no solo económico-comerciales sino también de seguridad, la unidad continental parecerá ser el único camino de viabilidad real de nuestra región”. [22]

Segunda, en el global, se trata de tener una lectura de los signos de los tiempos de una transformación geopolítica y económica que se está produciendo y en la que ha quedado cuestionada la hegemonía de occidente. Y la transformación resultante de ello no puede menos que suscitar, por un lado, riesgos, pero también posibilidades, sobre todo para nuestros países en parte sometidos a esa hegemonía, unipolaridad y subordinación. Es un proceso, no es de un día para otro, es una articulación de lo nacional con lo regional y lo global.

Y, en lo nacional, porque fundamentalmente queda claro para la resolución del enigma que planteamos que ninguna medida liberadora de retenciones segmentadas, de actuar sobre los formadores de precios para tomar políticas drásticas que frenen la desposesión la inflación y recompongan los sueldos, o cualquier modificación redistributiva, no será tomada actualmente en cuenta por AF. Que el dilema en que nos encontramos solo será posible de modificar con cambios en las relaciones de fuerza en el mundo real, tanto dentro del Estado, como en la relación del Estado con el mercado. Básicamente con pasar en el Frente de Todos para la competencia del 2023 del liderazgo formal al real; de cambiar los gestos protocolares y el discurso moderado por la voluntad política transformadora articulada a la organización popular. Y esta resolución es importante no solo para nuestra sociedad y en términos electoralistas, sino para nuestro deseo de justicia, de trabajo digno y de felicidad, y también para la región y su proyecto emancipador.

Notas 

[1] Véase: García Delgado, D y Ruiz del Ferrier, C. (Comps.). (2019). En torno al rumbo. Pensamiento estratégico en un tiempo de oportunidad. Buenos Aires: FLACSO Argentina.

[2] Recordamos las denominaciones de Guillermo O´Donnell sobre democracias ‘de baja intensidad’ en el marco del neoliberalismo de los ‘90, donde parecía la ciudadanía delegar en las elites la decisión y esta dedicarse al consumismo. También O ´Donnell (1994) consideró que la reducción de la democracia a las elecciones era una patología latinoamericana, la “democracia delegativa”. También observamos preocupación en las sociedades centrales respecto de la posibilidad de llegar al poder populismos de derecha, o con proclividades autoritarias. Adam Przeworski, en ¿Qué esperar de la democracia? Límites y posibilidades del autogobierno, Siglo XXI, 2022

[3] Amplia bibliográfica de autores contemporáneos clásicos ofrece reflexiones sobre la calidad de la democracia: “Los desafíos de la democracia” de J. Portantiero; “La democracia y los ricos” de José Nun o “¿Polis ilusoria, democracia irrelevante?” de M. Garretón, Carlos Vilas, entre otros.

[4] Véase García Delgado, D. Notas de coyuntura: Sección Papeles de Coyuntura | ANTE UNA COYUNTURA DECISIVA. Reflexiones en torno al rol del Poder Judicial y del movimiento social. 09 de septiembre de 2022. Buenos Aires: Área Estado y Políticas Públicas de FLACSO Argentina. Disponible en: http://politicaspublicas.flacso.org.ar/analisis-de-coyuntura/

[5] Ver Horacio Rovelli, “Como por arte de magia”. Unos 38.000 millones de dólares de reservas desaparecen mientras el Estado Nacional garantiza la renta a sojeros y bancos y reduce el gasto y la obra pública en el Presupuesto. En, El cohete a la Luna, 03-10.22

[6] Guillermo Wierzba, ¿Qué gobierna el Gobierno? Resulta indispensable reabrir un rumbo instituyente que permita recobrar y ganar nuevos instrumentos de intervención en la economía. El cohete a la Luna, Sept. 2022

[7] CIFRA, Informe Septiembre 2022.

[8] Según el estudio realizado por el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf), el cálculo de gastos y recursos del año que viene se basa en creer que el gasto público del ejercicio todavía en curso se reducirá fuertemente en relación al del año anterior.

[9] Jesica Gentile, coordinadora del Colectivo Socioambiental Red Eco Socialista, señaló que. “Sigue existiendo la misma orientación de hace 10 años de seguir ralentizando por la clase política alqo que democráticamente han decidido las comunidades con un proyecto de ley consensuado por más de 300 organizaciones, donde están universidades públicas, científicas, asambleas y asociaciones medio-ambientales. Es crucial proteger nuestros principales aliados para enfrentar la crisis climática como son los humedales”

[10] Véase de P. Rosanvallon (2006). La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza. Buenos Aires: Manantial.

[11] Ver María Caferratta, “No quieren que haya ley”. En Pág. 12, 30-09. También, véase: L. Paramio (Comp.). (2015). Desafección política de gobernabilidad: reto político. Madrid: Instituto Universitario investigación en estudios latinoamericanos. Universidad de Alcalá CAF- Banco desarrollo de América Latina.

[12] Ricardo Aronskind, “Deconstruir el Frente para la Derrota”, La Tecla @Ñ

[13] Carta de los artistas e intelectuales K contra la inacción de Alberto Fernández: “La política ha llegado a su punto más trágico”. Facebook: Roberto Tito López, Edu (Cides); Yo marcho por Cristina (Somos 202.000); Grupo VLV. Viralizando la verdad.

[14] La vicepresidenta apuntó contra las empresas alimenticias que, según afirmó, “han aumentado muy fuerte sus márgenes de rentabilidad”; cerca del ministro afirmaron que están en sintonía, La Nación, 29 de septiembre de 202201:44, Mariano Spezzapria

[15] Eric Nepomuceno, “Victoria de Bolsonaro y de la ultraderecha”, Opinión, Pág. 12, 3-10-22

[16] Ricardo Romero, “Cara o ceca que pone en alerta a la región”, en Tiempo Argentino, 3-09-22, pág. 23

[17] Elecciones en Brasil, LPO, 29-09-22. “Lula cuestionó el acuerdo de Alberto con el FMI y cree que el peronismo va a perder las elecciones”.

[18] Cf Wierzba, op. cit.

[19]. Ver de Alejandro Gaggero y Gustavo García Zanotti, “Gasducto al paraíso: la estructura off shore del Grupo Techint en Uruguay”. Conicet-Fundación Friederich Ebert.

[20] Véase García Delgado. D. Papeles de coyuntura: “Guerra híbrida y geopolítica del sur” de 02 de septiembre de 2022. Buenos Aires: Área Estado y Políticas Públicas de FLACSO Argentina. Disponible en: http://politicaspublicas.flacso.org.ar/analisis-de-coyuntura/

[21] Jorge Elbaum, “Expreso de Oriente. La respuesta de Rusia y China a la OTAN”, en el Cohete a la Luna, Sept. 2022

[22] Mariana Vázquez, “Lula: condición necesaria pero no suficiente para reactivar el Mercosur”, Cenital.com. 03-10-22

10/05/2022

brasil: una lectura sobre los cambios estructurales

¿Por qué Lula giró al centro?
- Lulismo o Bolsonarismo, nueva dinámica electoral para una economía reprimarizada -



Primero lo primero. La del pasado domingo fue una gran elección de Lula. Veamos esto en datos, que son los que valen.

Votos al PT en primera vuelta desde la primera elección de Lula:


· 1989:16,08% (Candidato Lula)

· 1994: 27,04% (Candidato Lula)

· 1998: 31,7 % (Candidato Lula)

· 2002: 46.44 % (Candidato Lula)

· 2006: 48.61 % (Candidato Lula)

· 2010: 46.91 % (Candidata Dilma)

· 2014: 41.59 % (Candidata Dilma)

· 2018: 29,28% (Candidato Haddad)

· 2022: 48,43 % (Candidato Lula)


El escrutinio delineó un escenario de extrema polarización, en el que los dos candidatos principales se quedaron con más del 90% de los sufragios, devorándose a los y las postulantes menores y probando, una vez más, que en esta etapa y por lo menos a nivel regional, las avenidas del medio no son anchas ni angostas, sino que no existen tal como lo señalara Alfredo Serrano Mancilla:

En este sentido, quien no se equivoca es el presidente AMLO en México; logró un histórico de votación en 2018 sin acudir al Centro y polarizando contra un modelo injusto y caduco. Y aún mantiene su alta imagen positiva sin necesidad de ello. En Bolivia, tanto con Evo como ahora con Luis Arce, lo mismo: el eterno intento de Centro de Carlos Mesa siempre quedó lejos de la mayoría. En Perú, las opciones de Centro no pasaron a segunda vuelta (ni Guzmán ni Forsyth ni De Soto). En Chile tampoco (ni Parisi ni Provoste). En Ecuador, lo mismo (ni Hervás ni Yaku). Y en Colombia, el Centro (por la Esperanza) fue el espacio político menos votado en la consulta que tuvo lugar el pasado mes de marzo. Gustavo Petro, por el contrario, sin buscar el Centro logró una votación récord para la izquierda con una clara propuesta… (1)

 



Vamos ahora a intentar desplegar algunos apuntes para un análisis cualitativo de la elección.

Lamentablemente como sabemos, en los últimos años se produjo una fuerte desindustrialización del país, que afectó el desarrollo de los Parques Industriales también.

En este contexto de reprimarización económica y su secuela de desempleo, informalidad y carencias extremas crecientes, Lula perdió la centralidad electoral de los trabajadores industriales.

En definitiva, cambió la base electoral producto por transformaciones estructurales tras décadas de neoliberalismo y también de los límites de su segundo gobierno y los estragos del gobierno de Dilma Rousseff, en especial este último que tuvo más que ver con el modelo neoliberal clásico que con una propuesta popular democrática.

Es ese cambio en el electorado lo que el politólogo brasileño André Singer, portavoz y secretario de prensa de Lula hasta 2006, ha denominado “lulismo” y lo define claramente (2)

El lulismo es una nueva síntesis de elementos conservadores y no conservadores. Por eso es tan contradictorio y difícil de entender. El lulismo valoró el mantenimiento del orden, lo cual tuvo resonancia en los sectores más pobres de la población. En este punto me interesa señalar que, en la formación social brasileña, hay un vasto subproletariado que no tiene cómo participar de la lucha de clases, a no ser en situaciones muy especiales y definidas. Así, lo que hizo el lulismo fue juntar esa valoración del orden con la idea de que un cambio es necesario. ¿Qué tipo de cambio? La reducción de la pobreza por medio de la incorporación del subproletariado; lo que denomino “ciudadanía laboral”. De ese modo el lulismo propone transformaciones por medio de una acción del Estado, pero que encuentra resistencia del otro lado. Basta con prestar atención a los noticieros para ver cómo la lucha política está puesta todo el tiempo en las decisiones económicas. El lulismo propone cambios, pero sin radicalización, sin una confrontación extrema con el capital y, por lo tanto, preservando el orden. En ese sentido, es un fenómeno híbrido, que también incorpora a ese conservadurismo.


Por este motivo, sostener que Jair Bolsonaro y sobre todo el bolsonarismo social es hijo de las redes o fenómenos coyunturales es una tontera o una sentencia engolada, típica de consultores que "le toman la leche al gato".
 

La bestia y su cría social muy extendida es hija de las transformaciones estructurales de la sociedad brasilera. La reprimarización como eje y complementariamente la persistencia a lo largo de los años de una cultura de ultraderecha en parte extendida de la sociedad brasileña, a la que se agrega apenas como impacto lateral el fenómeno de redes. En ese orden.


Volviendo al tema central de esta nota que se basa en las transformaciones estructurales que dan fundamento a la nueva dinámica electoral, recordemos que la participación de la industria en el PBI de Brasil cayó del 46% en la década del 80 al 22,7% en 2015.

Indicadores de Desindustrialización


Como señalan  Fernando Mattosy Bruno Fevereiro (3)

La gráfica 1 revela que la participación de la industria de la transformación en el pib brasileño sufrió una intensa caída a mediados de los ochenta, después de haber crecido significativamente a lo largo del periodo 1940 a 1980, como resultado del esfuerzo industrializador hecho por la economía brasileña en aquel periodo. Sin embargo, la crisis de la deuda externa y el proceso de hiperinflación vividos por la economía brasileña pusieron fin a ese esfuerzo industrializador debido al agotamiento de la capacidad de financiamiento del Estado y los problemas asociados con la hiperinflación, como la falta de previsibilidad de los precios y la escasez de crédito de largo plazo, que interrumpieron los procesos de inversión en la industria. La apertura comercial abrupta de los noventa, sin dotar a la actividad industrial de condiciones mínimas para enfrentar la competencia externa que se evidenciaba en aquel periodo, generó esa acelerada pérdida de participación del sector en el pib. En los años siguientes, la manera en que la política económica fue conducida después de la exitosa transición monetaria promovida por el Plan Real, así como la concepción sobre las transformaciones promovidas por el plan de estabilización,  acabó acentuando la pérdida de participación relativa del sector de la industria de la transformación en la renta nacional.


Participación de la industria de transformación en el pib, a precios básicos



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Gráfica 1. Participación de la industria de transformación en el pib, a precios básicos Fuente: : ibge (Brasil), elaboración propia. Nota metodológica: para 1947–1989, Sistema de Contas Nacionais Consolidadas. Obs.: Concepto utilizado para 1947–1989 al costo de los factores. Para 1990–1994, Sistema de Contas Nacionais Referência 1985. Para 1995–2010, Sistemas de Contas Nacionais Referência 2000. Para 2010–2012, resultados preliminares estimados a partir de Contas Nacionais Trimestrais Referência 2000. Obs: Concepto utilizado a partir de 1990, a precios básicos. ...

Como se mencionó en la primera sección, la pérdida de participación en la industria en general y en la manufacturera, en particular, en el empleo y la composición del valor agregado, son dos de los principales aspectos que constituyen la llamada desindustrialización. ... Los datos oficiales de la evolución de la participación de la industria brasileña en el empleo y en el pib revelan que Brasil está experimentando un proceso de desindustrialización. 

No sorprende entonces estructuralmente que Lula pierda centralidad electoral sobre los menguados trabajadores industriales, se produzca un cambió su base electoral por la reprimarización e insistimos,  los estragos del segundo gobierno de Dilma, cuyo paradigma fue el modelo neoliberal clásico, tanto que obligó a Gilberto Maringoni profesor de Relaciones Internacionales, un veterano periodista y militante de la izquierda brasileña

“El ajuste dejó de ser una opción para el gobierno. Es su propia razón de ser. Si el ajuste termina, el gobierno cae. Por lo tanto, es muy remota la posibilidad de que Joaquim Levy sea despedido. No es una casualidad que toda la bancada petista lo aplaudió de pie en el encuentro del lunes16M. Ni el PMBD llegó a tanto. La contracción, los recortes, el brutal superávit y toda la catilinaria del neoliberalismo heavy metal – que Dilma acusó a Aécio Neves de querer implantar – llegó para quedarse. No es Dilma quien nos gobierna. Es el ajuste.”

Fue básicamente la combinación entre una coyuntura económica negativa que empezó en 2015, aun en el gobierno neoliberal de Dilma, la reprimarización estructural de la economía y una tradición ideológica de derecha racista que tiene una larga historia en el país, la que generó las condiciones para el surgimiento de Jair Bolsonaro y el bolsonarismo social la consolidación del nuevo Lula y el lulismo.

Volviendo al tema eje de esta breve nota, la desindustrialización y la pérdida de predicamento del lulismo sobre los trabajadores industriales, según datos de 2015 señalemos que :

· San Pablo cuenta con 458 distritos industriales, 168 condominios empresariales, 41 “arranjos productivos” (clusters), 3 polos industriales y 20 parques tecnológicos.

· En Río de Janeiro hay 10 distritos industriales, 12 condominios empresariales, 22 arranjos productivos” (clusters) y 2 polos industriales.

· Minas Gerais cuenta con 48 distritos industriales, 11 condominios empresariales y 33 “arranjos productivos” (clusters)

· Bahía tiene 14 distritos industriales, 18 condominios empresariales, 9 “arranjos productivos” (clusters) y 1 polo industrial

· En Goias hay alrededor de 60, en Rio Grande Do Sul 20 y en

· Rio Grande Do Norte 6.

Como los datos no admiten opiniones o , mejor, las acotan mucho, veamos los resultados de Sao Paulo, por lejos la gran capital industrial de Brasil y otrora bastión del PT y el Lula de los orígenes.



Así las cosas, el estado de São Paulo sigue siendo adicionalmente el colegio electoral brasileño más grande, con el 22,16% de todos los votantes. Esto significa que uno de cada cinco electores del país vota en São Paulo donde Lula perdió categóricamente y tras Minas Gerais, con el 10,41% del total de votantes y Río de Janeiro, con el 8,2% regiones muy industrializadas, se comprende cuál sería la clave elemental de esta segunda vuelta para el lulismo:

Mejorar en Sao Pablo que representa el 22% del padrón nacional y en especial sobre los trabajadores industriales, antigua y central base electoral del PT hoy muy lateral.

Tal vez intente recuperar trabajosamente votos del proletariado industrial paulista defraudado, pero el lulismo irá francamente por más votos del sub proletariado residente masivo del noreste ultra pobre.

Es una estrategia muy comprensible, dada como dijimos, la dinámica electoral que impulsó la reprimarización económica y las frustraciones con el PT tras la experiencia de sus últimos gobiernos

Es ese el cambio más notable en el electorado y la arquitectura de la coalición que encabeza hoy Lula y denominamos «lulismo» y el que explica la hegemonía nordestina en la estrategia electoral de Lula y su corrimiento “al centro”.

Esta nueva base electoral organizadora del lulismo no demanda (ni desea), como en las décadas de 1980 y 1990, una ruptura con el pasado o un cambio profundo.

Como plantea Giancarlo Summa : 

El apoyo a Lula ya no se basa, como en las décadas de 1980 y 1990, en el deseo de una ruptura con el pasado o de un cambio profundo, sino en la expectativa de contar con un Estado lo suficientemente fuerte como para mejorar el nivel de vida de la población –y de los más pobres en primer lugar–, pero sin una radicalización política o una movilización de masas permanente que amenace el statu quo. El lulismo devendrá así en una forma de reformismo débil y de conciliación permanente con las elites políticas y económicas tradicionales. Al optar por apostar todas sus fichas a la actividad gubernamental y a las constantes mediaciones, el pt se ha convertido en un partido dominado fundamentalmente por los parlamentarios y administradores, y por los burócratas que controlan los votos de los afiliados en las convenciones partidarias. Los movimientos sociales y los sindicatos, que eran el núcleo de la identidad del pt y el centro de los otrora animados debates internos, se han vuelto cada vez más secundarios. (4) 

 

Por este motivo es lógico que el lulismo gire a la “moderación” a punto de incorporar a la coalición electoral a sectores ultra conservadores

El mapa electoral es claro

 




La desindustrialización estructural galopante de Brasil cambió de manera decisiva la dinámica electoral.

El llamado “lulismo” perdió la centralidad de los trabajadores industriales a punto que insistimos pierde San Pablo la capital industrial y a contrario sensu se hace más fuerte en el nordeste pobre sobre el segmento sub proletario.

Son entonces las transformaciones estructurales de la sociedad en especial la reprimarizacion y la precarización que supone la que explican el lulismo pero también explican la aparición y consolidación de la bestia, que no es hija del Facebook ni Tik Tok o Twitter - el triunfo de Bolsonaro en 2018 los analista de ocasión lo atribuyeron a los grupos de Whatsapp (¡) – e incluso otros elementos coyunturales como los efectos del “discurso de odio” , que en rigor es consecuencia de la historia ideológica de la derecha brasilera, fuertemente segregacionista y de racismo extremo combinada ahora con estas transformaciones estructurales que también impactan sobre los segmentos medios, antiguos trabajadores industriales que ven crecer su malestar con la política tradicional.

Los daños del neoliberalismo son muy profundos y en muchos casos ya de larga duración. Su reversión por el lulismo y su coalición de centro moderado no está para nada clara.

Como señala Alejandro Marcó del Pont (5)  La decisión de Lula de designar al conservador Geraldo Alckmin como candidato a vicepresidente constituye, según Breno Altman, una estrategia que apunta a reemplazar el debate izquierda/derecha por la discusión democracia/neofascismo, mismo debate que se da en Europa y, que, seguramente se dará en Argentina, donde la duda se encuentra del lado de la democracia. Aunque electoralmente conveniente, la incertidumbre sobre la posibilidad de lograr revertir las políticas neoliberales quizás sea el mayor interrogante.

En fin, que una vez que gane Lula, que estimamos ganará la segunda ronda, gobernar y reconstruir Brasil estragado por el neoliberalismo re primarizador y con una coalición como la que triunfara en estas elecciones , con la nueva y extendida base electoral sub proletaria como organizador central del apoyo al lulismo, sera complicado.

Y será un reto muy complejo, pues aún con las “demandas atenuadas” del la nueva nuevo columna vertebral sub proletarias del lulismo, en Brasil parece no haber lugar para nadie, ni los mas carecientes, cuando sabemos que “o 1% mais rico no Brasil possui 49,3% da riqueza total” (6). Muito obrigado.

Notas


(1) “El centro no existe”
(2) “Os Sentidos do Lulismo: Reforma Gradual e Pacto Conservador”
(3) "Se desindustrializa Brasil?
(4) “El Regreso de Lula a un Brasil de rodillas”
(5) “La metamorfosis de Brasil”
(6) “Digital Money Informe”

10/03/2022

el lulismo es el corolario electoral de un programa práctico que atiende al subproletariado.

 

El Lulismo. Cambios en la base electoral del PT. Entrevista


André Singer


Ayer 2 de octubre tuvo lugar las elecciones presidenciales en Brasil. Ganó Lula pero una victoria en las urnas no se traduce automáticamente en una victoria política o social. Para ello hacen falta transformaciones profundas, a las que solo es posible arribar apoyándose en la movilización popular. Porque si hay algo que pone de manifiesto la historia reciente de Brasil es que sin una fuerza popular que respalde masivamente en las calles, ningún cambio social progresivo logra sostenerse en el tiempo.

Para pensar con profundidad la contienda electoral fundamental que se avecina, comprender lo que está en juego y poder situar la coyuntura actual de Brasil en el proceso de más largo aliento de los últimos veinte años conversamos con André Singer, politólogo y profesor de la Universidad de São Paulo, autor de varios libros y portavoz del primer gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Le entrevista Igor Peres, doctor en Sociología por la Universidad Estadual de Rio de Janeiro, profesor invitado en la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (IDAES)

IP En Os sentidos do lulismo. Reforma gradual e pacto conservador (Companhia das letras, 2012), se mencionan los resultados de una investigación anterior suya sobre las presidenciales de 1989 y 1994 en Brasil. Usted presenta entonces la idea de «cuestión septentrional», definida como un «extraño engendro político donde los excluidos sostienen su propia exclusión». Según se argumenta allí, este era el escollo con el cual la izquierda venía tropezando al intentar construir una alternativa de poder en el país.  De hecho, usted menciona al respecto una declaración del propio Lula luego del revés en la contienda de 1989: «la verdad más cruda es que quienes nos derrotaron fueron los sectores menos favorecidos de la sociedad». Quisiera que usted comentase la idea de «cuestión septentrional» y su importancia para entender al lulismo.

AS La idea de la cuestión septentrional tiene que ver con el periodo anterior a 2006, cuando era posible identificar un bloque conservador que tenía una base fuerte en el Nordeste y en el Norte de Brasil. Esta base es tan importante que permitió a la dictadura derrotar, con votos en el Congreso, una de las mayores movilizaciones de masas de la historia reciente del país: la campaña por las «Diretas Já», ocurrida en 1984. ¿Cómo se había gestado esa base conservadora? A través de una articulación entre oligarquías regionales y bases electorales. Cuando hablo de la «cuestión septentrional» me refiero a eso. El lulismo transformará esa relación y producirá una novedad en el proceso político brasileño creando una base fija en el nordeste.

Por otro lado, luego de las elecciones presidenciales de 1989, Lula dice algo así como «nosotros fuimos derrotados por la periferia, no por los ricos». Esta periferia puede ser ubicada también en grandes ciudades brasileñas de la región sudeste, tales como São Paulo, Rio de Janeiro y Belo Horizonte. Ocurre que las periferias de las grandes ciudades son formadas en alguna medida por gente que viene de la región nordeste.

Para entender, por lo tanto, la cuestión septentrional, es fundamental la distinción que hago entre pobres y clases trabajadoras. Los pobres hacen parte de la clase trabajadora, pero son una fracción —la cual denominé subproletariado— de esta última. Cuando empecé a trabajar sobre la cuestión electoral, lo que planteé es que este sector es vulnerable y carece de lo que podríamos llamar «ciudadanía laboral». Esta fracción de la clase trabajadora carece de derechos (estamos hablando de cerca de la mitad de la fuerza de trabajo que nunca pudo integrarse totalmente al mercado laboral).

El lulismo logró comenzar a integrar parte de este contingente, que en los últimos años volvió a crecer. Busqué caracterizar este sector como un sector vulnerable y sugerir que esa vulnerabilidad le impide participar de la «lucha de clases», como planteaba Paul Singer. No es que no lo pueda hacer en absoluto; pero, en condiciones normales, su participación se ve dificultada. De allí que se me haya ocurrido pensar que esa condición es parte de la explicación de por qué una parte de la clase trabajadora tiende a no apoyar posiciones vinculadas a los sindicatos, por ejemplo, tendiendo a opciones políticas que aseguren el orden. Esto es lo que cambia con la reelección de Lula, en 2006.

IP Es en este mismo libro que la idea de «lulismo» gana la estatura de concepto. Nombra el encuentro entre una ocasión adversa, marcada por las acusaciones de corrupción en el ámbito legislativo nacional —lo que posteriormente será denominado Mensalão— y la decisión desde el Ejecutivo nacional de adoptar «políticas públicas para reducir la pobreza y para activar el mercado interno sin confrontar con el capital». Para explicar lo que surge de dicho encuentro, usted usa la categoría de «realineamiento electoral», movimiento que terminaría pariendo finalmente al lulismo, en 2006. ¿Podría reconstruir este razonamiento?


AS El lulismo es el corolario electoral de un programa práctico que atiende al subproletariado. Creo que este programa no fue pensado en cuanto tal, sino practicado. ¿En qué consiste? Es un programa de combate a la pobreza. No me refiero a la distribución del ingreso, que es un concepto más complejo. Hablo de disminución de la pobreza sin confrontar con el capital.

A partir de 2004, la disminución de la pobreza, lograda a través del Programa Bolsa Familia y del crédito deducible de la nómina salarial, ya es sensible; en 2005, a estas dos iniciativas se suma el aumento del salario mínimo. Ese programa práctico fue muy exitoso, porque produjo un aumento en el nivel de consumo de parte de la población que ganaba muy poco, apuntalando la situación económica de este segmento en una coyuntura de bajo crecimiento. Desde mi punto de vista, eso representó una invención. Fue algo que no estaba previsto. Insisto, sin confrontar con el capital: no se lo hizo en desmedro de ciertos lineamientos centrales del neoliberalismo (alta tasa de interés, bajos niveles de inversión pública y una estructura de cambio flotante), y eso fue lo que permitió a los dos gobiernos de Lula transitar dentro de una cierta estabilidad. No hubo una convulsión social como se esperaba y era presagiada por sectores conservadores que decían que el gobierno Lula sería un gobierno tumultuado.

Lo que llamo «realineamiento electoral» ocurre en el 2006, y está compuesto por dos elementos. El primero de ellos tiene que ver con el cambio de posicionamiento de los más pobres con relación a Lula, y el consecuente surgimiento del lulismo electoral. Es decir, hasta el 2002, el PT tiene un perfil electoral más de clase media. A partir de 2006 hubo un cambio, y es justamente esto que interpreto desde una idea que viene de la ciencia política norteamericana, que busca pensar la transición de ciertos sectores del electorado de un bloque a otro. Si uno mira los números, notamos que en términos de masa de votos ambas contiendas presidenciales son parecidas, lo que cambia es el perfil de los electores.

Los más pobres empezaron a votar en masa a Lula, sobre todo en el Nordeste (y lo siguen haciendo hasta hoy). A su vez, la clase media viró al Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSBD). Es verdad que este último siempre estuvo relacionado con la clase media, pero la clase media estaba dividida. El Mensalão, que fue una crisis desatada por denuncias de corrupción relacionadas a una supuesta compra de votos en el ámbito legislativo nacional, unificó a la clase media contra el lulismo y contra el PT. En síntesis, este fue el realineamiento que parió el lulismo. Los más pobres para un lado, la clase media para el otro; se trata de una polarización social que persiste hasta hoy. Creo que la hipótesis del realineamiento ha sobrevivido incluso a ese gran cambio que representó la elección de Bolsonaro en 2018.

IP En Os sentidos do lulismo usted resalta la dificultad del lulismo para pasar de un «reformismo débil» a un «reformismo fuerte». Analiza cómo el «sueño roosevelteano» que había asomado como horizonte en el segundo mandato de Lula se ve supeditado al realismo de la correlación de fuerzas. Y describe, también, cómo la decisión por la manutención de los antagonismos en equilibro y el arbitraje se terminó imponiendo como medio y fin de su segundo período presidencial. ¿Podría profundizar esta idea?

AS La pregunta sobre el pasaje de un reformismo débil a un reformismo fuerte me da pie para hacer algunos ajustes que solo el paso del tiempo permite. Ambos libros —Os sentidos do lulismo. Reforma gradual y pacto conservador y (2012) y O lulismo em crise. Um quebra-cabeça do período Dilma (2011-2016) (2018)— fueron escritos en caliente, por así decirlo. En ese sentido, y mirando en retrospectiva, yo diría que la segunda presidencia de Lula es un mandato en el cual los grandes lineamientos neoliberales empiezan, de alguna forma, muy lentamente, a sufrir un cambio. La inversión pública, por ejemplo, comienza a descongelarse. Estaba limitada y se empieza a expandir. Hay también algún tipo de contención de la tasa de interés y, además, una leve alteración en términos de política cambiaria.

Son movimientos que apuntan hacia una política económica más cercana al desarrollismo. No llega a ser una política económica desarrollista, pero apunta a eso. En este sentido, creo que el segundo mandato es distinto al primero. Entre otros cambios importantes, yo destacaría, por ejemplo, el cambio del primer Ministro de Hacienda (que había sido Antonio Palocci) por Guido Mantega. Ahora bien, también es cierto que eso no deja de ser una medida bastante homeopática, en el sentido de preservar la premisa de no confrontar con el capital —que es lo que garantiza la estabilidad política— manteniendo un bajo de nivel de conflictividad, incluso en el segundo mandato de Lula.

Esa decisión parte de una evaluación de la correlación de fuerzas en cada momento. Se trata de una cuestión decisiva, y hay que pensarla desde una perspectiva objetiva y lo menos ideológica posible. ¿Cómo se mide la correlación de fuerzas? Una primera forma consiste en mirar para la Cámara de Diputados, que es una expresión (un poco distorsionada, es verdad) del electorado de cada estado. No es la única, pero es una expresión significativa. El Congreso Nacional, tanto la Cámara de los Diputados como el Senado, retiró, por ejemplo, 30 mil millones de reales de inversiones en el área de la salud (en valores de la época) en 2007.

En Brasil tenemos el Sistema Único de Salud (SUS) garantizado por la Constitución de 1988, que es como si tuviésemos una especie de National Health System, que en Inglaterra fue el resultado de un reformismo fuerte luego de la Segunda Guerra Mundial. Pero en los hechos esto nunca se efectivizó en Brasil. El sistema existe, pero no atiende a todos y no lo hace con la calidad debida. En 2007 se retira una cantidad enorme de inversión de este sistema. ¿Y por qué lo hizo el Congreso? Porque tiene una mayoría conservadora. ¿Podría haber habido un proceso social por fuera del Congreso? Sí, podría, pero no lo hubo. Habría que pensar en combinar acción institucional y movilización social.

IP Usted dedica una parte de O lulismo em crise a la caracterización del primer mandato de quien sucediera al exlíder metalúrgico en la presidencia. Según usted, «[…] estimulada por el capital político acumulado por Lula, Dilma tomó en serio la idea de acelerar el ritmo de la iniciativa del mandatario, dando paso a una política económica desarrollista». Quisiéramos que sintetice lo que denomina el «ensayo desarrollista» de Dilma.

AS La principal medida que caracteriza el ensayo desarrollista es una fuerte reducción de la tasa de interés. La tasa de interés había sido apuntada por la izquierda brasileña, antes de la llegaba del PT al gobierno en 2003, como el principal obstáculo al crecimiento (si este diagnóstico era correcto o incorrecto no lo puedo decir, porque no soy economista, yo soy cientista político, y no pretendo ser economista… cuando hablo de economía es porque entiendo que la economía está en el centro de la política y que en el centro de la economía está la lucha de clases). Toda la izquierda brasileña había identificado el problema de la tasa de interés como fundamental para la cuestión de la distribución de los ingresos. Y tiene lógica, pues estamos hablando de cambiar el perfil de la distribución de los ingresos en uno de los países más desiguales del mundo. Para hacerlo, todos están de acuerdo que la economía tiene que crecer, no se hace algo así con una economía en recesión.

En esta línea, Dilma tomó la valiente decisión de bajar fuertemente la tasa de interés a principios del 2012. Lo logró porque dio una gran e importante pelea para cambiar la dirección del Banco Central, cuando recién empezaba su mandato. Eligió un presidente del Banco Central que no venía de los mercados financieros, sino de la burocracia del Banco Central, lo que es muy distinto. A los bancos privados no les gustó la baja de la tasa interés. Con eso se desató lo que yo llamo la «guerra de los spreads»: el Estado baja su tasa, pero los bancos privados siguen practicando la suya. Dilma utilizó los bancos públicos para que los bancos privados bajasen su tasa de interés, argumentando que si los privados no hacían lo propio perderían clientes. Los bancos privados se vieron obligados a bajarla. Esto significa pelearse con el núcleo del capitalismo, que es financiero.

La segunda medida consistió en tocar la cuestión cambiaria, lo que significaba básicamente administrar las importaciones y facilitar las exportaciones, favoreciendo las industrias brasileñas. Hubo una devaluación del tipo de cambio de alrededor del 20%. Aquí hay un debate entre los economistas: están los que dicen que esta magnitud de devaluación no alcanzaba, que con esta devaluación no se garantizaba competitividad para la industria nacional. Sea como fuere, es necesario reconocer que Dilma fue la única que lo hizo. Y lo hizo para favorecer la industria brasileña.

Si los industriales veían como insuficiente la magnitud de la devaluación, ¿por qué no hicieron un movimiento para apoyar la decisión de la presidenta? ¿Por qué no presionaron por más devaluación? Lo que de hecho sucedió fue que mientras Dilma tomaba esas decisiones en materia económica, los industriales, paradójicamente, empezaban a cambiar de posición con respecto a su gobierno. Ella hacía de todo para favorecerlos, pero ellos se oponían a ella por razones que no son fáciles de comprender. Ese proceso, que empieza en el año 2012, desembocará en la caída de Dilma en 2016.

Por último, ella cambió las reglas relativas al sector de energía eléctrica, que era una reivindicación de los empresarios industriales, sobre todo los de las industrias que electrointensivas. Con la energía eléctrica cara, los productos brasileños perdían competitividad. Entonces hubo una modificación en la reglamentación que bajó las tarifas, inclusive las domésticas, en septiembre de 2012.

En síntesis, yo diría que esas son las tres principales medidas del ensayo desarrollista. Agrego un dato más: hay quienes creen que la inversión pública hecha en ese momento distaba de lo suficiente. Es verdad que se hizo un recorte en las inversiones públicas en 2011, pero creo que, aunque la magnitud de las inversiones probablemente no haya sido la ideal, hay elementos para caracterizar el periodo que va de 2011 a 2014 como un «ensayo desarrollista». El gobierno Dilma fue un paso adelante en relación al mandato precedente. Es como si ella hubiese dicho: «ahora pisemos el acelerador». Pero la decisión le salió cara, porque la reacción de los capitales nacionales e internacionales fue violenta y, de nuevo, no hubo intentos de movilizar los trabajadores para defender ese «ensayo».

IP En el medio del camino desarrollista había una piedra… Recurriendo a un pasaje de Tocqueville, para quien las grandes convulsiones sociales se deflagran «cuando las cosas están mejor», en Os sentidos do lulismo presagiaba que el subproletariado comenzaría a tener sus propias reivindicaciones. Sin embargo, al analizar las protestas de 2013, usted llega a conclusiones distintas sobre la composición social de los que entonces salieron a las calles. Quisiéramos que volviese sobre la caracterización de ese acontecimiento decisivo de la historia reciente brasileña.

AS Junio de 2013 representa, como dijo Marx en otro contexto, un «rayo en un cielo sereno». Yo investigué a partir de los datos disponibles y mi conclusión es que el subproletariado estuvo ausente de las manifestaciones, que contaron sobre todo con la participación de sectores altos y medios. Lo que pasó en 2013 fue una especie de transformismo pero desde las calles. Empezó como una protesta de izquierda, honesta, de gente joven, con una visión interesante, mucho más radical que el lulismo, sin dudas. Esa gente, que no tenía nada que ver con el subproletariado, entendía que la situación estaba mejor pero que había que avanzar, dar un paso adelante. Lo que ocurre es que ellos despertaron un monstruo que no pudieron controlar.

En cuestión de días, entre 13 de junio y el día 17 del mismo mes, las manifestaciones cambiaron completamente su sentido. Es increíble. Hubo una secuencia de manifestaciones de izquierda por la reducción del precio de las tarifas de transporte, sobre todo en São Paulo. Estas manifestaciones terminaron en una gran represión el día 13, que fue criticada hasta por los diarios más conservadores, porque la policía estaba realmente fuera de control. En reacción a esa represión se desató una manifestación que fue aprovechada por la clase media conservadora, que utilizó el argumento antirrepresivo para iniciar un movimiento de masas contra el lulismo, que en la Ciudad de São Paulo estaba representado por el intendente Fernando Haddad, y contra el gobierno federal conducido por Dilma Rousseff.

En el momento no lo entendí: parecía una gran manifestación de izquierda, pero no lo era. Tal es así que dos días después, en una tercera manifestación, la izquierda fue expulsada de las calles. Empezaron a aparecer grupos vestidos con remeras del seleccionado brasileño de fútbol. No se sabía con precisión de dónde venían, pero hoy vemos que aquello era el germen del bolsonarismo. Creo que eso tiene que ver con el fenómeno de las redes sociales. Todo eso se gestó de forma subterránea. No hubiese pasado cinco años antes. Fue un «transformismo espontáneo». Mucha gente de izquierda participó de las jornadas, que se desparramaron por todo el país, y no los critico, porque no era fácil entender lo que estaba pasando. Por momentos, protestaban la extrema izquierda y la extrema derecha en la misma avenida. En São Paulo hubo incluso conflictos entre esas fuerzas, pero no así en otros lugares.

En suma, 2013 es un hecho muy particular. Hay autores que lo conectan con los casos de Turquía o Egipto, pero el caso brasileño es distinto. Pero lo que ocurrió en junio de 2013 fue un punto de inflexión. Desde entonces, la derecha cambió de posición y pasó a la ofensiva contra el gobierno, lo que impactará en el golpe parlamentario de 2016.

IP Además del «ensayo desarrollista», en O lulismo em crise sostiene que Dilma habría impulsado también un segundo «ensayo» en su primer mandato, al que usted bautiza como «republicano». El intento del exjuez Sergio Moro de figurar como representante de la indignación social contra la corrupción quizás haya relegado a las sombras esta iniciativa, que ha sido poco comentada incluso por analistas políticos dedicados a ese periodo. Nos gustaría que volviese a la idea de «ensayo republicano».

AS Lo que verifiqué en mi investigación fue que Dilma, además de llevar a cabo lo que llamé «ensayo desarrollista» —que tuvo más visibilidad— implementó otras transformaciones sistemáticas que no acapararon tanta atención. La expresidenta implementó una política sistemática de combate a lo que en Brasil llamamos fisiologismo [amiguismo], es decir, la ocupación de espacios en el Estado en provecho propio. Dilma tomó decisiones muy claras y nítidas en el sentido de combatir al fisiologismo, lo que le costó la mayoría en el Congreso (sobre todo en la Cámara de Diputados) y por lo que pagó un alto costo.

Por su decisión de combatir al fisiologismo, Eduardo Cunha (PMDB), el representante por antonomasia de esta práctica, fue electo presidente de la Cámara de Diputados. Estamos hablando de un político extremadamente agresivo, con gran capacidad de actuación y articulación en este ámbito del poder legislativo. Dilma fue, una vez más, muy valiente. Lo que ocurre es que no lo hizo de forma movilizadora. Azuzó fieras; en el caso de lo que llamé «ensayo republicano», el segundo ensayo de Dilma, me refiero a fieras congresales, a las que decidió enfrentar sin recurrir a la movilización para apoyarse. Lo hizo sin las bases sociales necesarias, y la única forma de llevarlo a cabo de forma exitosa sería por medio de la movilización masiva de las fuerzas sociales. Se trata siempre de un proceso riesgoso, pero es una opción. Es como si ella hubiera confiado en la fuerza de la investidura presidencial, que es grande pero no omnipotente.

Por otro lado se desarrolla un proceso completamente distinto, del cual participa el juez Sergio Moro, y que empieza en 2014. Me refiero a la Operación Lava-Jato, que fue un proceso extraordinario, que produjo descubrimientos increíbles, y que llevó adelante un tipo de acción inédita en Brasil. La operación terminó siendo, en definitiva, una maniobra facciosa que tuvo como objetivo claro destruir al PT y al expresidente Lula. Aun así, tiene un aspecto republicano por lo que descubrió. Pero la utilización política y partidaria de la operación fue un absurdo desde el punto de vista democrático. Un juez tiene que ser imparcial, y el juez Moro demostró su imparcialidad al aceptar integrar el gobierno de Bolsonaro, quien fue el principal beneficiario de su forma de actuar. Cuando esto ocurrió, su aura se oscureció y quedo demostrada la tesis del carácter faccioso de la operación.

Entonces está claro que el ensayo republicano de Dilma y la Operación Lava-Jato son dos procesos totalmente distintos. ¿Dónde se cruzan? Se cruzan cuando la Operación Lava-Jato hace sus hallazgos sobre Petrobras. Cuando esto acontece, hacía más de un año que Dilma había removido a toda la dirección de la empresa, sin que su acción tuviera relación directa con Lava-Jato. Involuntariamente, entonces, y en un hecho increíble, se cruzan los procesos. El proceso político brasileño de esos años produjo hechos que deberían hacer parte de cualquier compendio de la política mundial. Salvadas las distancias, es como 2013: hechos fuera del script conocido, procesos con sentidos opuestos que se entrecruzan de forma inesperada.

IP Fuente de inspiración para el ensayo desarrollista, «el roosevelteanismo había surgido en el centro capitalista en una etapa de keynesianismo dominante», sostiene en O lulismo em crise. «Aplicado a la materia brasileña en tiempos de globalización y neoliberalismo, despedazó al lulismo, llevando la sociedad a un lugar bien alejado de cualquier anhelo igualitario».


Quizás hoy ya estemos en condiciones de ponerle un nombre a ese «lugar» que usted menciona; podemos llamarle bolsonarismo. Recientemente, usted viene analizando lo que caracteriza como un proceso de «reactivación de la derecha» en Brasil. ¿Podría explicarnos qué entiende por eso?

AS Creo que el proceso de impeachment fue un golpe parlamentario. No fue un golpe de Estado en el sentido clásico del término, sino un golpe parlamentario típico de los procesos de erosión de la democracia que están ocurriendo en todo el mundo. Es un proceso que ocurre por dentro de las leyes. No se rompe con las constituciones, sino que se las utiliza: se hace un uso golpista de la ley. El impeachment está previsto en la constitución. Pero la misma constitución dispone que este instrumento solo puede ser accionado cuando existe crimen de responsabilidad. Y está claro que la presidenta Dilma Rousseff no cometió crimen de responsabilidad. Por lo tanto, creo que se trató de un golpe parlamentario que abrió la puerta para el desmantelamiento de la democracia brasileña.

El bolsonarismo es una continuidad de este proceso. El gobierno Temer ya había sido un gobierno de retrocesos sociales y económicos muy importantes, y el de Bolsonaro sigue esta tendencia. Lo importante es que en 2018 hubo elecciones que fueron relativamente representativas. Digo relativamente porque se impidió la participación de Lula en la disputa, y esto fue resultado de una acción deliberada de la Operación Lava-Jato para evitar su regreso al gobierno. Así y todo, el PT decidió reconocer los resultados, y si el PT reconoció los resultados, hay que analizarlos.

Examinando los resultados de aquellas elecciones de 2018 se percibe una reactivación de una base de derecha que es muy fuerte en el electorado brasileño, aunque no sea mayoritaria. La derecha tiene una base electoral de cerca del 30%, que es parecida al peso que tiene el lulismo en condiciones normales, es decir, en momentos previos al inicio de las campañas. Cuando estas últimas se activan, los electores que están ubicados entre los dos extremos suelen moverse.

La dinámica de reactivación funciona, por ejemplo, cuando Bolsonaro adopta una retórica anticomunista que de entrada puede sonar extemporánea para algunos. Y esto es así porque no hay una amenaza comunista real en Brasil, puesto que el lulismo, como argumenté, no es comunista. Es verdad que hubo un proceso político y económico más fuerte con Dilma, pero sin movilización, como también mencioné anteriormente. Podemos pensar, asimismo, aun en contexto del gobierno de Dilma, en las manifestaciones de junio de 2013, pero aquí la radicalización fue conducida por la derecha, no por la izquierda.

¿Entonces por qué la retórica anticomunista tiene resonancia? Porque existe una base caracterizada por lo que denominé «conservadurismo popular». Hace mucho que este segmento ha sido identificado por la bibliografía brasileña que se dedicó al tema, pero al mismo tiempo se trata de un fenómeno que permanece poco comprendido. Esa base está compuesta por sectores de la baja clase media a los cuales se agregan fracciones de la masa trabajadora. Son sectores que no tienen muchos recursos, pero que, debido a la existencia de un gran subproletariado, funcionan como extractos medios y tienen miedo a perder lo que poseen. Los sectores vulnerables —que no tienen casi nada— también temen el desorden, pues son el eslabón más débil. Quieren un cambio, pero por el temor con que se alimentan piden que cualquier transformación sea hecha dentro del orden.

La combinación entre una coyuntura económica negativa —que empezó en 2015, aun en el gobierno de Dilma— y una tradición ideológica que tiene una larga historia en el país generó las condiciones para una reactivación de la derecha, antes dormida, por parte de Bolsonaro.

En un estudio reciente intenté demostrar que el lulismo neutralizó y desarticuló ese conservadurismo popular entre 2006 y 2014, pero que el precio a pagar por ello fue la desmovilización. Hubo una suerte de adormecimiento deliberado del conservadurismo provocado por la política homeopática del lulismo, que buscó evitar la confrontación. Tenemos que aguardar para ver lo que ocurrirá en el proceso electoral de 2022. Aunque con continuidades, estamos hoy ante una nueva situación debido a la presencia de fenómenos políticos con componentes fascistas tanto en la política nacional como internacional. Esto no era parte del paisaje global hasta 2016, y tampoco lo era en el Brasil de 2018. Pero es algo que aquí, como tal vez también en Argentina, vino para quedarse.

[*] Esta entrevista se llevó a cabo en el marco del ciclo «La coyuntura brasileña entre el pasado y el futuro», auspiciada por el Departamento de Estudios Políticos del Centro Cultural de la Cooperación (Buenos Aires).
 
politólogo y profesor de la Universidad de São Paulo, autor de varios libros y portavoz del primer gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.