5/10/2021

es mejor que con trump, pero apenas se le podría llamar progreso.

 

EEUU: Los primeros cien días de Biden. Dossier




Foto: Joshua Roberts / Reuters

Biden puede portarse bien o puede afrontar el cambio climático, pero no ambas cosas

Kate Aronoff

El umbral de liderazgo establecido por la administration Trump estaba lo bastante bajo como para dar un traspiés. Joe Biden no ha tropezado en sus primeros cien días. Ha aclarado el umbral de modo decisivo con un nuevo objetivo de emisiones y el compromiso de invertir aproximadamente 1 billón de dólares en prioridades climáticas en los próximos ocho años, y con un margen mayor del que casi todo el mundo habría esperado de un centrista de carrera. Pero con un mundo “al borde del abismo”, tal como lo resumió no hace mucho António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, ese umbral es el que no hay que mirar.

Que Biden haya encuadrado de modo coherente la acción climática como instrumento de creación de empleo y oportunidad de inversión masiva es un correctivo bien recibido a la retórica centrada en reducir la huella personal de carbono y en las transformaciones tecnológicas. Pero invertir cada año sólo el 0.5% of GDP en reducir emisiones, como se propone hacer el Plan de Empleos Norteamericanos [American Jobs Plan], no se acerca en modo alguno a lo que hace falta para afrontar una amenaza existencial. Vale la pena recordar también que, por ahora, hasta esos modestros compromisos son tan solo retórica: no se ha aprobado nada.

Tampoco se va a resolver la crisis climática sólo con echarles dinero a los sectores económicos del mañana. Para llegar a un intento decente de limitar el calentamiento a 1,5 grados centígrados, el Production Gap Report de 2020 [informe anual que desde 2019 estima la diferencia entre los objetivos establecidos en los Acuerdos de París y la producción prevista por cada país de carbón, petróleo y gas] concluye que la producción de combustibles fósiles globales tendrá que decaer un 6% todos los años hasta 2030. Actualmente va camino de aumentar un 2% anual. La producción norteamericana de gas natural – que vierte a la atmósfera prolíficas cantidades de metano que retiene el calor – podría crecer hasta niveles nunca vistos en 2022, conforme la demanda de combustible se dispara de nuevo.

Biden puede portarse bien con los halcones del déficit y el sector de los combustibles fósiles, o puede habérselas con la crisis del clima a la velocidad y escala requeridas. Pero ambas cosas, no.

Los esfuerzos de Biden son loables, pero insuficientes

Simon Balto

Heredar la presidencia norteamericana de la persona más incapaz que se haya visto en el cargo nunca iba a suponer una labor fácil. Esto sería cierto en cualquier circunstancia, y no digamos ya en circunstancias definidas por crisis que se han ido solapando, la de la pandemia global, la del racismo arraigado y la del clima al borde del abismo.

La administración de Joe Biden merece crédito por su labor de llevar paso a paso al país hacia una gestión de la crisis de la Covid-19. Aunque es mucho lo que queda por hacer – sobre todo para asegurar un acceso equitativo a la vacuna –, los EE.UU. están indiscutiblemente en mejor situación en el frente de la pandemia de lo que estaban el 19 de enero.

Los resultados de la presidencia de Biden en otros terrenos son, de momento, significativamente más ambivalentes. Echar atrás algunas restricciones a la inmigración de la época de Trump supone una buena cosa, pero mantener los límites catastróficamente inhumanos de entrada-acceso a los EE.UU. de refugiados y solicitantes de asilo no es mágicamente más humano sólo porque Biden no sea Trump. En cuestiones de justicia racial, sobre todo en lo que se refiere a la crisis de la policía, Biden parece más o menos satisfecho con volver al tímido enfoque liberal del expresidente Barack Obama, que ofrece investigaciones del Departamento de Justicia y mayores inversiones para labores policiales, cuando la única solución a la epidémica violencia policial racista consiste en volver a imaginar por entero la seguridad pública. Por último, el enfoque de Biden respecto a la crisis climática constituye el plan climático con apoyo presidencial más significativo de la historia de los EE.UU. pero, tal como han dejado claros los partidarios del Green New Deal, resulta todavía insuficiente para enfrentarse a la magnitud de esa crisis.

Los éxitos de Biden al guiar al país hacia una realidad postpandémica son loables. Su adhesión a algunos de los aspectos del Green New Deal demuestra la capacidad de los progresistas de reformular los debates sobre medidas políticas de forma importante y ver cómo los adopta el discurso de la corriente dominante. Y sin embargo, su negativa a ser más ambicioso a la hora de enfrentarse a muchas de nuestras crisis compartidas demuestra el trabajo que todavía queda por hacer.

Tenemos que elevar nuestras expectativas

Moira Donegan

Las expectativas eran bajas. Cuando Joe Biden entró en la Casa Blanca en enero, el país todavía seguía estremecido por la insurrección del 6 de enero. Por un momento, no quedó claro si la transición del poder podía llevarse a cabo sin más violencia. Sólo ya que consiguiera jurar el cargo pareció un éxito.

Una vez en el cargo, Biden ofreció a los norteamericanos, cansados de los años de Trump, un poco de una muy ansiada estabilidad. Su ley de estimulo para la Covid ha sido de un volumen adecuado a la escala de las necesidades. La distribución y administración de vacunas, una pesadilla logística con Trump, aumentó rápidamente una vez se ocuparon de ello los adultos. Los brazos se han pinchado y el final de la pandemia se ha convertido en algo concebible, al menos en los EE.UU. Mientras tanto, Biden le ha hablado al país con calma, con frases coherentes y sin que parezca que muestra desprecio por los norteamericanos. Esto ha supuesto una mejoría.

Pero pese a todo lo que se habló durante la transición sobre la esperanza de que Biden fuera un presidente transformador, su agenda política se enfrenta todavía a obstáculos substantivos. Su ambiciosa Ley de Empleos Norteamericanos [American Jobs Act] fue objeto de mofa, por parte incluso de miembros de su partido, por clasificar el trabajo tradicionalmente feminizado como “infraestructura”; su Ley de Familias Norteamericanas [American Families Act], orientada a ayudar a las mujeres en la fuerza de trabajo, ha desatado una reacción en contra de los conservadores, aunque se queda corta respecto a las propuestas de atención infantil universal que se plantearon durante la temporada de primarias. Ha hecho buenos comentarios sobre el cambio climático y la justicia de género, pero sigue sin estar claro cuánta fuerza está dispuesto a poner detrás de esos sentimientos. Afortunadamente, la administración se ha mostrado sensible a la presión de la izquierda y al abochornamiento público: se desdijeron de la decisión de mantener el tope de refugiados de la época de Trump después de las clamorosas protestas de las bases de los demócratas.

Comprensiblemente, los norteamericanos han ido hasta ahora poniéndole nota a Biden en una curva. Es momento hoy de elevar nuestros baremos.

Volver al clintonismo no es progreso

Jill Filipovic

Los primeros días de Joe Biden en el cargo ilustran la nítida distinción entre el presidente y su predecesor, y la razón por la cual resulta la política tan peligrosa cuando se toma como un juego de personalidad y no como una competición de competencia. Desde que tomó posesión, Biden se ha asegurado un paquete de ayuda para la Covid-19 de dos billones de dólares, ha vuelto a comprometer a los EE. UU. con los Acuerdos de París sobre el clima, ha planeado una subida de impuestos a los norteamericanos ricos, ha anunciado la retirada de las tropas norteamericanas de Afganistán, ha desvelado un ambicioso plan de infraestructuras y ha puesto en marcha un programa de vacunación sorprendentemente exitoso. Por contraposición, Trump pasó casi uno de cada cinco de sus primeros cien días en el campo de golf.

Pero las cuestiones a las que Biden ha dado prioridad son también un atisbo de a quién está tratando de mantener (o poner) de su lado: a los votantes de clase obrera que desertaron de Obama a Trump, algunos de los cuales volvieron a Biden. Fuera quedan muchas de las cuestiones más importantes para las bases de los demócratas, entre ellas la inmigración y los derechos reproductivos. De un plumazo, Biden ha podido permitir que muchos más refugiados se reasienten en los EE.UU.; en lugar de eso, su administración afirmó en principio que se ceñirían a las cifras de Trump, antes de desdecirse y afirmar que aumentarían las cifras para mayo. Entretanto, sin embargo, las personas más vulnerables del mundo han pasado meses innecesarios languideciendo a la espera, a menudo después de años o incluso décadas de esperar. Y aunque Biden anuló rápidamente algunas de las peores medidas políticas de Trump sobre la financiación de la atención sanitaria reproductiva en el exterior, eso coloca a su administración en la misma posición de Bill Clinton en los años 90: es mejor que con Trump, pero apenas se le podría llamar progreso.

Biden merece muchos elogios por el bien que ha hecho. Pero también ha dejado claro dónde se inclina a invertir su capital político…y de momento no es en los derechos de las mujeres, la inmigración o la justicia racial.

El consenso le es todavía esquivo a Biden

Geoffrey Kabaservice

En tiempos políticos más normales, el historial de Biden durante sus primeros cien días en el cargo no habría inspirado comparaciones con el de FDR. Pero tras la maligna incompetencia de Trump, el éxito de Biden al devolver al gobierno a algo así como la funcionalidad les parece, a sus partidarios por lo menos, algo digno del Monte Rushmore.

De hecho, Biden ha mantenido a su administración centrada en sus metas principales de superar la pandemia y hacer revivir la economía, a la vez que emitía un montón de órdenes ejecutivas para anular medidas políticas de su predecesor. La aceleración de la distribución de la vacuna bajo su supervisión ha sido la envidia de otros países, y la aprobación por el Congreso del paquete de ayudas para la Covid-19 de 1,9 billones de dólares ha contribuido a sobrecargar la economía inundándola de efectivo.

Pero los primeros días de Biden han recalcado lo intratable de la mayoría de los problemas del país. Las ayudas para la Covid se aprobaron sin un solo voto republicano, y el inminente proyecto de ley sobre infraestructuras parece probablemente destinado a lo mismo. El amor que Biden le profesa a la cooperación bipartidista no ha cambiado la realidad subyacente de hiperpartidismo y guerra cultural. Y a duras penas puede pretender haber restaurado la fe pública en el gobierno cuando una fracción apreciable de esa población persiste en creer que Trump es el verdadero ganador de las elecciones de 2020 (y se niega a vacunarse). Una cobertura mediática amistosa no puede esconder la creciente crisis de la frontera, y no existe un acuerdo amplio en el enfoque respecto a las fuerzas que impulsan la inmigración masiva (calentamiento global incluido). Tampoco ha empezado la administración a congregar a la opinión masiva detrás de un enfoque sistémico de los problemas entrelazados de las armas, la delincuencia y la violencia policial.

Los primeros cien días de Biden merecerán compararse a los de FDR sólo si puede forjar un consenso como el de FDR. De momento, hay pocas señales de que eso suceda.

Biden ha repudiado el neoliberalismo, pero hace falta más

Bhaskar Sunkara

El gobierno puede cambiar la vida a mejor. Durante años, a la opinión pública norteamericano se le dijo que la economia se sostenía sola y que la intervención en ella del gobierno sólo resultaría contraproducente. Ahora, la administración Biden ha repudiado ese principio clave del neoliberalismo en sus primeros cien días.

La Ley de Plan de Rescate Norteamericano [American Rescue Plan Act] de 2021 ha suministrado 1,9 billones de dólares como estímulo de la economía norteamericana. Más de la mitad de esos fondos se asignaron a ayudas directas, entre ellas a asistencia en vivienda, desempleo y nutrición, así como prestaciones de atención a la infancia para las familias.

Biden también ha aprovechado la Ley de Producción de la Defensa [Defense Production Act] de 1950 para ayudar en la producción de vacunas y equipos protectores. Tal como ha afirmado el comentarista James Medlock “Se ha terminado la época del ‘se ha terminado la época del gran gobierno’”.

Pero aunque Biden ha demostrado una sorprendente inclinación a asociarse con políticos de la izquierda como Bernie Sanders y responder a las exigencias del momento, pese a sus pasadas posiciones como halcón del déficit, no deberíamos sobreestimar la transformación. La economía mundial se encuentra en una profunda crisis debido al coronavirus y las medidas para ralentizar su propagación; hay consenso por parte de la mayoría de los agentes acerca del uso del Estado para resucitar la demanda y mantener a flote a empresas y trabajadores. Hasta Trump y los republicanos en el Congreso estaban dispuestos a bombear dinero a la economía.

¿Qué pasará, sin embargo, cuando las cosas vuelvan a la normalidad?

Biden no ha mostrado voluntad de dar prioridad a las medidas que podrían alterar la desigual economía norteamericana: los 15 dólares de salario mínimo no han llegado a conseguir el apoyo de cincuenta senadores demócratas y la Pro Act, que facilitaría que los trabajadores pudieran formar sindicatos, tiene sombrías perspectivas de aprobación.

Podríamos echar la vista atrás a los primeros cien días de la administración Biden como algo que representa un breve momento de progresismo presupuestario que se verá sólo seguido de las viejas y fallidas medidas políticas. Eso no solamente será malo para las familias trabajadoras, podría abrir camino a futuros demagogos de la derecha populista.
 
se ocupa de cuestiones de cambio climático en la revista The New Republic.
 
profesor ayudante de historia afroamericana en la Universidad de Iowa, es autor de “Occupied Territory: Policing Black Chicago from Red Summer to Black Power”.
 
es columnista de la edición norteamericana del diario británico The Guardian.

1 comentario:

oti dijo...

Esta gente en qué mundo vive?. Es realmente penoso los análisis que hacen. Están completamente fuera de la realidad.