12/01/2020

el diez del mundo

 

Maradona

Sobre la muerte de Maradona y la esencia lúdica del fútbol


Federico Mare

Admiré a Diego Armando Maradona como jugador, por todo lo que hizo dentro de la cancha. Muchos recuerdos felices –tristes también– de mi infancia y adolescencia están entretejidos a sus peripecias como héroe del fútbol, épico a veces y trágico otras, como en los mitos griegos.

Fuera de la cancha, su figura es mucho más compleja... Sus dichos y acciones tienen luces y sombras. Rescato sus críticas a la corrupción plutocrática de la FIFA, al despotismo mafioso de Julio Grondona, al colonialismo inglés en Malvinas, a la dictadura militar de Videla y sucesores, al intervencionismo imperial del Tío Sam contra Cuba y Venezuela, a la desigualdad norte-sur en Italia, al neoliberalismo de Macri... Rescato también su quijotada sindicalista de crear la Asociación Internacional de Futbolistas Profesionales (AIFP), desafiando al todopoderoso tándem Havelange-Blatter. No rescato su egolatría, ni su maledicencia recurrente contra un montón de personas que en muchos casos no se merecían ser difamadas, ni su simpatía por el peronismo, ni su riqueza multimillonaria, ni su vida de lujo y ostentación, ni tampoco su machismo.

Tuvo muchas contradicciones y miserias, sin duda. Pero también reconozco que tuvo muchos momentos de grandeza y lucidez, dentro y fuera del perímetro de juego. Como futbolista, dado su talento excepcional, pudo haber sido un pecho frío exitoso y famoso como tantos otros cracks, pero no lo fue. Prefirió ser pasional, corajudo, visceral, aguerrido, temerario, comprometido hasta la médula con su equipo y su hinchada. Lo dio todo. Tuvo un corazón enorme, gigante, un corazón de león, y lo derrochó. Fue un gran capitán de equipo, y no todo crack es capitán. Y por supuesto que su ascenso a la gloria desde la pobreza, desde la villa, desde Fiorito, tiene algo de epopéyico y conmovedor, como pasa con tantas otras estrellas del deporte mundial…

Además, fue políticamente incorrecto siempre. Opinó muchas veces de temas candentes de la agenda pública. No siempre con acierto, pero se la jugó. Esto es algo que no se puede decir de la mayoría de las celebridades, que por conveniencia, tibieza o cobardía suelen callarse, reduciendo su compromiso social a comedidas acciones de filantropía burguesa.

Nunca me sedujo el culto a Maradona, la idolatría, el endiosamiento. Lo comprendo como fenómeno sociológico, pero no lo comparto. No lo comparto, aunque Pablo Alabarces –el sociólogo que tanto nos ha ayudado a pensar el fenómeno popular maradoniano– juzgue esa distancia crítica o escéptica como un acto intelectualista y elitista de arrogancia. Sí comparto la admiración y el cariño por el futbolista que nos dio tantas alegrías. Las comparto, sin por eso avalar o silenciar sus contradicciones y miserias fuera de la cancha; imperfecciones de las que nadie, ni siquiera sus detractores fariseos más implacables, están exentos.

Cuando se mueren personajes como Diego, tan imbricados –para bien o para mal– con los propios recuerdos individuales, familiares y colectivos (especialmente con los de la niñez y adolescencia), no se puede evitar sentir que algo ha muerto también dentro de uno mismo, o eso al menos es lo que me sucede a mí. Lo primero en que pensé cuando me enteré de la noticia de la muerte de Maradona fue en mi papá, que ya no está, y en su largo festejo, entre gritos y lágrimas, con júbilo y éxtasis, del Gol del Siglo contra los ingleses, en el mundial de México 86, cuando yo era un niño de apenas 9 años que poco y nada entendía de política. Tengo recuerdos anteriores a ese, pero no demasiados y no siempre nítidos.

No me interesa debatir sobre Maradona, al menos ahora, en medio del luto. Tampoco quiero justificarlo negando, callando o minimizando lo malo que hizo. Quiero, sí, homenajearlo por aquello bueno que hizo como jugador de fútbol, el deporte que más amo.

Mi homenaje es pequeño: dedicarle un ensayo que escribí hace tiempo, y que ahora retorna a mi memoria con fuerza inusitada, con nuevas resonancias íntimas que nunca preví: Apuntes para una filosofía de la esencia lúdica del fútbol.


Una pregunta y una intuición, que no son mías pero tomo prestadas, guiarán nuestra indagación. La pregunta es de Johan Huizinga: “¿Por qué una gran multitud se deja llevar por el frenesí ante un partido de fútbol?” (Homo ludens, 1954). La intuición es de J. B. Priestley: “Decir que el fútbol son veintidós mercenarios dando patadas a una pelota es como decir que un violín es madera y tripa, y Hamlet, papel y tinta” (The good companions, 1929). Pero vayamos más despacio…

Cuando los intelectuales escriben sobre fútbol, es para ocuparse, las más de las veces, de sus miserias «externas», de su entorno social: el fútbol como negocio capitalista, el fútbol como instrumento de propaganda, el fútbol como quintaesencia de la cultura de masas, el fútbol como circo televisivo, el fútbol como válvula de escape de las frustraciones cotidianas, el fútbol como cortina de humo (en tiempos de dictadura militar o crisis económica, por ej.), el fútbol como catalizador del patrioterismo y otros «ismos» (racismo, sexismo, etc.), el fútbol como caldo de cultivo de una criminalidad específica (los hooligans ingleses, los barrabravas argentinos, las torcidas brasileñas, los tifosi italianos, etc.), el fútbol como espacio que condensa desigualdades de riqueza y poder, el fútbol como generador de identidades colectivas... En síntesis, el fútbol como fenómeno sociológico. Personalmente, estos abordajes me han parecido siempre muy valiosos y fructíferos. La estupenda miniserie inglesa Juego de caballeros, de Birgitte Stærmose y Tim Fywell, producida y estrenada por Netflix, transita ese mismo camino, aunque en clave histórico-dramática.

En este ensayo, sin embargo, opté por recorrer un camino diferente, más naïf si se quiere: pensar el fútbol en su aspecto más «interno», más propiamente lúdico, haciendo abstracción de todo lo que sucede fuera de la cancha, para no llover sobre mojado. Algo así como una filosofía del fútbol como juego. Quienes amen el fútbol –el juego– tanto como lo amo yo, puede que les interese leer las líneas que siguen.

De todos los deportes que se juegan en equipo y con pelota, que por cierto son muchos (rugby, vóley, básquet, handball, waterpolo, etc.), el fútbol es el más azaroso en lo que concierne al resultado de los partidos. En el balompié, es relativamente corriente que el score no refleje el trámite del juego (posesión del balón, predominio en el mediocampo, situaciones de riesgo, chances netas de gol). Y por ende, no resulta nada extraño que el contendiente más débil logre la hazaña de derrotar al más fuerte. Por el contrario, en los otros deportes colectivos de pelota la correlación entre desarrollo y resultado del partido es bastante más alta, y menos veces se da el milagro de que David consiga vencer a Goliat.

Esta peculiaridad del fútbol se debe a la excepcionalidad del gol. En efecto, a diferencia de lo que sucede en otros deportes de equipo y pelota, en el balompié los tantos son extremadamente escasos, infrecuentes. Sirva este dato a modo de ilustración: en la última Copa del Mundo de la FIFA, disputada en Rusia, el promedio de goles por partido fue de apenas 2,64… En casi todos los otros deportes colectivos de balón, los tantos se cuentan por decenas.

El marcador de los partidos de fútbol, en contraste, por ej., con el score de los encuentros de básquet, es singularmente exiguo. En el balompié, no es nada improbable que una victoria 1-0 resulte completamente accidental, contingente. En el baloncesto, en cambio, las posibilidades de que un triunfo 100-80 represente un albur, un regalo de la diosa Fortuna, son muy remotas. Lo mismo en el handball: sólo excepcionalmente un resultado 35-25 es producto de la suerte. Otro tanto en el vóley: un 25-20, 26-24, 20-25, 15-25 y 15-13 muy difícilmente pueda deberse al azar. Sería tedioso enumerar más ejemplos.

En virtud de la llamada ley de los grandes números, cuanto más abultado sea un resultado deportivo, tanto más probable será que refleje el trámite del juego. Y a la inversa, cuanto menos abultado sea el score, tanto menos probable será que se ajuste al desarrollo del partido. Como bien explica la ciencia matemática de la estadística, a medida que aumenta el tamaño de la muestra (cantidad de tantos) los valores de la misma tenderán a confluir con los de la población (cantidad de ataques), y viceversa. En el balompié, como es sabido, el equipo que protagoniza el juego hegemonizando el balón, dominando el mediocampo y generando más ocasiones de gol suele verse privado súbitamente del merecido premio de la victoria en alguna jugada aislada de contraataque o pelota parada del rival.

Así son las cosas en el fútbol, guste o no… Por muy eficiente y eficaz que sea una escuadra futbolística en ataque, por mucha creatividad y puntería que tenga, la inmensa mayoría de sus progresiones ofensivas y contraofensivas fracasarán, no conseguirán aumentar el marcador. Aun los equipos más goleadores de la historia (el ‎Barça de Guardiola, por caso) han convertido bastante menos de lo que generaron. En el básquet sucede exactamente al revés: lo anómalo es que haya ataques donde, a raíz de un yerro o quite, no se logre encestar.

En síntesis, los partidos de fútbol son altamente fortuitos en su resultado porque tienen muy pocos goles. En otros deportes colectivos de pelota, por el contrario, la concreción masiva de tantos reduce muchísimo la incidencia del azar en el score. En el baloncesto, casi todas las situaciones de riesgo acaban en conversiones; en el fútbol, sólo una ínfima parte. De ahí que el deporte más popular del mundo sea tan propenso al resultado «injusto» (casual, de poca o ninguna correspondencia con el trámite del partido).

La excepcionalidad del gol y la aleatoriedad del score explican, en gran medida, por qué los espectáculos futbolísticos se viven con tanta intensidad y dramatismo. Los tantos son tan inusuales, tan deseados, tan frenéticamente buscados por los jugadores y tan ansiosamente esperados por los espectadores, que, cuando finalmente se producen, desatan en el ánimo un sentimiento de exaltación y euforia muy fuerte, rayano en el éxtasis. Por otra parte, la incertidumbre –temor o esperanza– que genera el alto riesgo de que el marcador final no se corresponda con la performance de los equipos, exacerba aún más el patetismo, la épica y la espectacularidad del juego. Goles a cuentagotas y resultados a menudo ilógicos, y por consiguiente poco previsibles, hacen del fútbol un entretenimiento único.

Pero, ¿por qué los partidos de balompié tienen tan pocos goles? Sin negar la incidencia de otros factores, como el tamaño del campo de juego, la respuesta clave es, según entiendo, la siguiente: porque el fútbol es el único deporte colectivo de balón que se juega con los pies en vez de con las manos. Tal es el meollo del asunto, aunque a primera vista no lo parezca. El fútbol es el único deporte podal de todos cuantos se juegan en equipo y con pelota. Los demás son deportes manuales. Como veremos a continuación, la consecuencia de ese atipismo no es menor.

La podalidad resulta clave en el fútbol. Los seres humanos contamos con manos extraordinariamente hábiles merced a nuestros pulgares oponibles hiperdesarrollados. Pero a diferencia de otros primates, no gozamos de una ventaja anatómica similar en los pies. Nuestra evolución biológica al bipedismo, muy provechosa en general, nos ha privado, sin embargo, del beneficio particular de tener dedos gordos oponibles, vale decir, de la capacidad de manipular objetos con nuestros pies, cuyas funciones naturales han quedado esencialmente reducidas al sostén del cuerpo y la locomoción. El hallux humano, totalmente adaptado a la bipedestación, es paralelo a los demás dedos podales, en contraste con el hallux transversal de los restantes simios, óptimo para el cuadrupedismo arbóreo. De ahí que los pies del homo sapiens carezcan de ductilidad y destreza.

En este sentido, se podría decir el fútbol es un deporte contra natura. Manejar el balón con los pies es algo extremadamente difícil, algo para lo cual la anatomía humana no está a priori preparada. Pocas cosas se hallan más lejos de ser una habilidad innata, genéticamente heredada, que el saber jugar a la pelota con los pies, rareza maravillosa y heroica, milagro genial de una tenacidad rayana en la terquedad. Eduardo Galeano lo resumió con lirismo: “Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol”.

Todos los deportes colectivos de balón se aprenden en el marco de la socialización. Todos son cultura. Pero ninguno es más radicalmente cultural (antinatural) que el fútbol. Ninguno entraña un mayor desafío a la biología humana. El balompié es, pues, el más «anormal» de todos los deportes de pelota. He aquí, probablemente, el secreto de su encanto y popularidad.

Empero, el fútbol es también, paradójicamente, el más atávico de todos los deportes colectivos de balón. El esfuerzo denodado que hacemos para manipular una pelota con los pies, ¿no nos religa acaso, de algún modo, a nuestros antepasados cuadrúpedos y arborícolas, capaces de utilizar sus extremidades podales para fines mucho más sofisticados o complejos que la mera locomoción? El fútbol, a la vez que simboliza como ningún otro deporte la artificialidad prometeica de esa «segunda naturaleza» –parafraseando a Aristóteles– que es la cultura, parece esconder en sus genes, permítaseme la metáfora, un atavismo filogenético de lo más sorprendente.

En todos los deportes colectivos donde el objetivo del juego es meter un balón dentro del arco, cesto o in-goal del adversario, atacar consiste, básicamente, en enfrentar el cerrojo de la defensa rival y tratar de superarlo. Para optimizar su labor defensiva, para poder presionar o resistir mejor al contendiente cuando se ha perdido la pelota, los equipos se hacen más compactos, es decir, cierran filas. ¿Por qué? Porque la reducción de espacios mediante la superioridad numérica relativa, el orden táctico en las posiciones y los relevos, la intensificación del esfuerzo físico y el roce en la marca, es una condición sine que non de toda defensa exitosa.

¿Cuál es el principal antídoto para sortear el escollo de un adversario que sabe achicar los espacios en defensa? ¿Cuál es la receta de una buena ofensiva? La precisión en velocidad, la capacidad de pasar, trasladar y/o rematar el balón con mucha rapidez y escaso margen de error, tanto en ataques como en contraataques.

Ahora bien: en un deporte podal como el fútbol, la precisión en velocidad es, lógicamente, bastante más difícil de lograr que en los deportes manuales como el handball o el básquet. No sólo porque los pies son menos dúctiles que las manos, sino también porque con ellos es anatómica y físicamente imposible asir o agarrar el balón.

Una pequeña digresión: en las distintas variantes de hockey (sobre césped, patines, hielo), no obstante jugarse con las manos, también resulta harto complicado atacar con mucha celeridad y sin yerros forzados; de ahí que su promedio de goles, aun siendo bastante más alto que el del fútbol, no lo supere en demasía. Pero téngase presente que en dichos deportes las manos están mediatizadas por un palo o stick que limita en alto grado sus potencialidades manipulativas. En el hockey, lo mismo que en el balompié, la posibilidad de recibir, retener y arrojar la pelota directamente con las manos brilla por su ausencia (salvo en el caso del arquero de fútbol).

Se podría objetar, desde luego, que en el balompié los que defienden marcando o presionando tampoco cuentan con la ventaja de poder jugar con las manos, y que el handicap de tener que manejar la pelota con los pies es parejo para todos los jugadores (a excepción de los guardametas). Esta objeción, aparentemente certera, soslaya sin embargo un aspecto capital: la incidencia variable de los pies y las manos en las instancias de ataque y defensa.

Cuando un equipo de fútbol ataca, la imperiosa necesidad de tener precisión en velocidad haría de las manos, si fuese lícito emplearlas, un recurso mucho más dúctil y beneficioso que los pies. Pero cuando un equipo se defiende, esa superioridad se diluiría. En efecto, a la hora de tener que crear juego, las manos resultarían inevitablemente más ventajosas en virtud de su prensilidad y capacidad de retención. Pero a la hora de tener que destruir el juego del oponente, ya no serían tan inigualablemente útiles. Para ocupar espacios y escalonarse en las marcas, para hostigar y obstruir al rival, para interceptar sus pases y rechazar sus centros, para cargar o trabar en las pelotas divididas, para recuperar el balón y bloquear remates, para ir al roce y cometer infracciones tácticas, en suma, para defenderse, las piernas –y en algunas situaciones los hombros y la cabeza– no resultarían menos eficaces que los brazos, sobre todo, teniendo en cuenta que los partidos de fútbol se juegan mayormente al ras del suelo o a una altura inferior a la cintura.

La imposibilidad de usar las manos representa, pues, una enorme desventaja para el equipo que avanza, pero no tanto para el equipo que espera abroquelado en su campo. Quien ataca tiene que crear; quien se defiende, sólo tiene que destruir. En ese contexto, el handicap de tener que jugar con los pies, y nunca poder retener la pelota ni siquiera por unos instantes, perjudica más al equipo atacante que al equipo que cuida su valla. En los deportes colectivos de balón que se juegan con las manos, dicha asimetría entre ataque y defensa no existe, o se halla más o menos atenuada. En el básquet por ej., al igual que en el handball y en el rugby, la precisión en velocidad es más fácil que en el balompié.

Recapitulemos: en el fútbol, los resultados son altamente aleatorios debido a la escasez de goles; y los goles son escasos debido a la imposibilidad de usar las manos cuando se ataca. En los otros deportes de equipo y pelota, el uso permitido de las manos, y la alta precisión en velocidad que eso conlleva, hacen posible una mayor anotación de tantos y, por ende, un score más ajustado al trámite del juego, en virtud de la ley de los grandes números. Aunque debe hacerse notar la influencia de otro factor: el tamaño del campo de juego. El del balompié es bastante mayor al de la mayoría de los deportes de balón manuales, lo cual determina que las transiciones ataque-defensa sean más largas y menos numerosas por partido.

¿Qué hay del fútbol sala? Este deporte podal tan afín al fútbol tiene, comparado con este, un promedio de goles bastante superior. Si tomamos como referencia los últimos mundiales respectivos (Colombia 2016: 6,77; Rusia 2018: 2,64), el futsal duplica con creces a su hermano mayor. ¿Cómo se explica esta anomalía? Por una conjunción de factores. Primeramente, el tamaño del campo de juego: el del futsal no llega siquiera a la mitad. En segundo lugar, el balón (más pequeño y pesado, con menos pique, más fácil de controlar y trasladar), la superficie (perfectamente nivelada) y el ámbito (estadio techado, sin lluvia ni viento). Y por último, la ausencia de juego brusco debido a la severidad del reglamento. Todo esto hace que en el fútbol sala haya muchos más ataques por partido que en el balompié clásico, y que se logre mayor precisión en velocidad (triangulaciones, paredes, gambetas, etc.) cuando se avanza sobre terreno adversario, lo cual conlleva defensas más vulnerables y marcadores más abultados. En el caso del futsal, la dificultad podal se encuentra atenuada, atemperada: el pase, la recepción y el traslado de la pelota resultan más sencillos gracias al estricto fair play, el tipo de balón, las características del piso parquet y del entorno cerrado, y el juego al ras del suelo. A eso, desde luego, súmesele las reducidas dimensiones de la cancha, un aspecto clave. ¿El resultado? Más ataques, más precisión ofensiva, más goles.

Pero volvamos al fútbol de once contra once. Hay algo notable en este deporte. Algo sobre lo cual, sin embargo, poco y nada reflexionamos: el fútbol debe su aleatoriedad e imprevisibilidad a la excepcionalidad del gol; y el gol debe su excepcionalidad a la propia esencia anómala del fútbol. ¿Cuál es esa esencia anómala que tanto nos cautiva de él? La de ser un juego contra natura que se juega con los pies en vez de con las manos. Ese extravagante atributo, tan fecundo en sus implicaciones lúdicas, hace del balompié un deporte sui generis.

Johan Huizinga, consciente de la enorme importancia social e histórica del juego, y de su nexo consustancial con la cultura (en sentido antropológico amplio), no dudó en calificar al ser humano de homo ludens. Dicha calificación, si bien posee validez general, resulta especialmente pertinente –a mi modo de ver– en el caso del futbolista; puesto que el futbolista, el football player, el jugador de fútbol o balompié, es, con su técnica podal tan artificiosa y antinatural, el más prometeico de todos los deportistas.

En el capítulo III de su Homo ludens, intitulado “Juego y competición, función creador de cultura”, el célebre filósofo e historiador neerlandés señala:

Entre las características generales del juego […figuran] la tensión y la incertidumbre. Constantemente se plantea la pregunta ¿saldrá o no saldrá? Ya cuando una persona se entretiene con solitarios, rompecabezas, palabras cruzadas, cuando juega al diábolo, se realiza esta condición. Pero en el juego antitético de tipo agonal [competitivo] este elemento de tensión, de incertidumbre por el resultado, alcanza su grado máximo. Nos apasiona tanto el salir gananciosos que ello amenaza con disipar la ligereza del juego. Y aquí se presenta una diferencia todavía más importante. En los puros juegos de azar, la tensión sólo en pequeña medida se comunica al espectador. Los juegos de dados son, en sí mismos, sorprendentes objetos culturales, pero hay que considerarlos, sin embargo, como estériles para la cultura. Ninguna riqueza aportan ni al espíritu ni a la vida. Otra cosa ocurre cuando la porfía exige destreza, habilidad, conocimientos, valor y fuerza. Cuanto más dificultoso es el juego, mayor es la tensión de los espectadores. Ya el juego de ajedrez arrebata a los circunstantes, a pesar de que también es totalmente estéril para la cultura y no lleva consigo ninguna excitación exterior. Cuando el juego es un bello espectáculo, se da, inmediatamente, su valor para la cultura.

La podalidad contra natura del futbolista es la expresión más radical de dificultad lúdica. ¿Cómo no habría de serlo, si constituye un auténtico reto a la biología y etología humanas? La existencia del fútbol, igual que la de tantas otras prácticas culturales, descansa en una doble exigencia, en un tabú y un mandato interconectados: no tocarás el esférico con tus hábiles manos, aprenderás a jugar con tus torpes pies. Al decir de Jorge Valdano, el fútbol es “un juego desafiante, porque hay que manejar la pelota con la superficie más indócil del cuerpo”. He aquí, pues, el secreto de la tensión –en sentido huizinguiano– que genera el balompié como espectáculo, y también la esencia de su belleza como pasatiempo colectivo y agonal.

¿El gran negocio del fútbol? Eso viene después, cuando el mercado se lo fagocita, igual que se fagocita tantas otras cosas que, en sí mismas, nada tienen de deplorables: la medicina, el cine, la ciencia, la literatura, el sexo, la imagen del Che, el diario de Ana Frank, los viajes turísticos, la música, el vino, la comida, los pasatiempos de la niñez, el ciclismo, la filosofía, los sepelios… Si todo lo que el capitalismo corrompe con su lógica instrumental fuese concebido como algo malo per se, pernicioso en su esencia, irredimible, imposible de regenerar o rescatar, la cultura humana toda debiera ir a parar a un tacho de basura, lo cual es absurdo, amén de inviable. Pese al avasallante crecimiento del show business, la globalización y los petrodólares, el fútbol no ha dejado de ser –como bien lo resumió el escritor español Javier Marías– “la recuperación semanal de la infancia”, un rito profano a través del cual el homo ludens contemporáneo, presa de la nostalgia, busca renovar su vínculo ontológico con la niñez.

La lucha no debe ser librada contra todas y cada una de las cosas que el sistema mercantiliza y masifica, sino contra el sistema mismo, responsable de dicha mercantilización y masificación. Hay que atacar la causa, no los efectos. Mientras el capitalismo exista, nada estará a salvo, nada será impoluto. Ni el fútbol, ni nada de cuanto hacemos como sociedad.

Una sola imagen acaso resulte más persuasiva que cientos de palabras. En 2008, el fotógrafo español José Cendón arribó al Cuerno de África como corresponsal del Daily Telegraph. Debía cubrir para este diario londinense la guerra de Somalía, que devastaba y desangraba el país desde hacía más de un año. Recorriendo las calles de una Mogadiscio hecha ruinas y llena de cadáveres, con lúgubre aspecto de necrópolis posapocalíptica, Cendón se topó con una situación alucinante, casi surrealista: un puñado de pibes enfrascados en un picado. Desentendidos por un instante del horror que los circunda, de la tragedia que los envuelve, toda su atención está puesta en una gastada pelota de gajos blancos y negros. El fotógrafo capturó la imagen, que pronto se haría célebre y daría la vuelta al mundo, conmoviendo a millones de personas.

Un grupo de niños juega en las calles de Mogadiscio entre edificios arrasados por la guerra, de José Cendón, es la fotografía que ilustra el presente ensayo. Y constituye, a mi modo de ver, una buena metáfora para resumir la idea que he estado defendiendo en esta conclusión: que el fútbol tiene anticuerpos, capacidad de resiliencia; y que sigue siendo, pese a todo, un juego. Un juego que representa más, mucho más, que la podredumbre de su entorno.

* * *

El fútbol es más que la podredumbre del entorno, claro que sí. Mucho más, por ejemplo, que toda esa maldita droga de la exitoína que –como hiciera notar con agudeza Galeano– “no la delatan los análisis de sangre ni de orina”, aunque resulte infinitamente peor, para el cuerpo y para el alma, que la cocaína.

A eso se refería Maradona cuando dijo: “El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Eso no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Lo dijo allá por 2001, en su partido de despedida, con un nudo en la garganta, ante la multitud devota que lo rodeaba.

No es que el universo fútbol se nos antoje inmaculado, impoluto. Por supuesto que no. Lo que se nos antoja inmaculado, impoluto, es la esencia lúdica del fútbol, acaso porque en ella creemos reencontrar la infancia que perdimos.



Diego Maradona, el Diez del mundo en tiempos del despegue de la industria del fútbol


Ariel Borenstein

En el estadio Azteca del Distrito Federal en 1986 Diego Maradona se consagró como el mejor jugador del mundo de su época y el más determinante para su selección en un mundial de toda la historia. En el mismo lugar en que 16 años antes se despedía del centro de la escena del fútbol internacional “El Rey Pelé”.

La imagen con la Copa del Mundo es el símbolo de la llegada a la cima del deporte más popular del planeta del mejor exponente del fútbol de barrio, de arte y rebeldía plebeya.

En término futbolísticos, los partidos de Maradona contra Inglaterra en cuartos de final y con Bélgica en semifinales extasiaron a propios y extraños. Contra los ingleses gambeteó a medio equipo contrario arrancando de atrás de mitad de la cancha, contra Bélgica eludió a casi la misma cantidad de rivales en mucho menos recorrido, al partir a metros del área rival. Cuestión de gustos futboleros el gol preferido de cada quien.

Si en estas tierras quedó más en la memoria el partido con Inglaterra fue sin dudas por la carga que tenía la en ese entonces reciente guerra de Malvinas. Pero también por el primer gol, en la que la misma picardía de barrio que tenía para jugar a veces también la tenía para hablar. “Fue la mano de Dios”, contestó a los periodistas que querían que de su boca reconociera que había cometido una infracción. Dijo de sí de hecho pero no de derecho podríamos decir en términos más afectos a otros lenguajes. Amagó salir para un lado y arrancó para el otro.

En ese mismo mundial, también se atrevió a alzar la voz contra las condiciones que imponía un negocio del fútbol en crecimiento que no permitía desplantes de los protagonistas, los jugadores. Al brasileño Sócrates le prohibieron usar vinchas con leyendas sociales, un rebelde de la “democracia Corinthiana”. Maradona protestó contra la FIFA que hacía jugar bajo el sol del mediodía mexicano para acomodar la función a la televisión internacional.

Maradona fue la primera mega estrella del fútbol de una FIFA comandada por Havelange que se vanagloriaba de que la redonda facturaba más que la General Motors: el deporte internacionalizado y envasado como producto. Con centro en Europa, más particularmente en Italia.

Siempre con sus armas de artista y rebelde de potrero, se manejó como pudo primero en la España de la furia, de la pierna fuerte, en donde lo quebraron con una patada criminal en la mitad de la cancha. Y tiempo después, en otro partido con el Atlético de Bilbao de Javier Clemente en el que lo molieron a patadas, se olvidó del profesionalismo y encabezó un remolino de piñas de todos contra todos como en un torneo por plata en Fiorito.

De allí fue a Nápoli, al sur pobre de Italia, y, sensible y pícaro, agudizó las contradicciones contra el Norte rico, contra la Juventus, afirmando el orgullo de los discriminados. En el Mundial ’90, después de salir campeón dos veces en la liga local justo en la semifinal Argentina jugaba con el local Italia en Nápoles, en el San Paolo y Maradona les recordó que “los mismos que los tratan de africanos ahora van a querer que hinchen por Italia”.

En publicaciones como Izquierda Web se escribe que Dios no existe y me tomo el atrevimiento de decir que en el fútbol tampoco. Maradona no fue D10S, fue el producto concreto, el más alto exponente, quizás el que sintetizó más características, de otros números diez que lo antecedieron y también de los que fue contemporáneo: diez de medias bajas, de gambeta, aceleración, gol, pegada, visión de juego, lujos y guapeza para seguir jugando cuando los intentaban frenar con violencia una y otra vez. El propio Maradona en el 86 contra Bélgica le dio la bienvenida al Mundial a Ricardo Bochini, su ídolo de adolescente, cuando entró al final del partido en el Azteca.

Fue el máximo exponente de ese tipo de fútbol, el más determinante en un Mundial pero el fútbol, deporte colectivo, no le permitió salir campeón en Argentinos Juniors, donde fue goleador cinco veces seguidas del campeonato, ni tampoco en su primer año en Nápoli, con el que recién ganó sus dos títulos históricos cuando le empezaron a traer al equipo jugadores italianos de primer nivel y luego a los brasileños Careca y Alemao.

Por eso, después de 15 años de primerísimo nivel, después del doping positivo en Italia en el 91, Maradona nunca recuperó un nivel determinante. Alfio Basile se negaba a sacar a Leo Rodríguez un buen jugador pero “terrestre” para poner a Maradona que había vuelto a jugar en Sevilla pero ya sin ser tan determinante como antaño. Recién volvió cuando esa selección que había ganado dos copas América perdió 5 a 0 con Colombia en los repechajes contra Australia. Unos meses antes Maradona había dejado a Newell’s para recluirse en una quinta en Moreno frustrado y en crisis. Las empresas periodísticas lo acosaron para fotografiarlo con helicópteros y Diego respondió con balines de aire comprimido.

La presión, la histeria, el patrioterismo futbolero de publicidad de Cerveza Quilmes lo hicieron intentar volver y en Estados Unidos, vino un nuevo doping. La misma FIFA que había permitido que se jugara sin controles en los partidos contra Australia de golpe le ponía un límite, reglas como a todos los mortales quizás para cobrarle sus desafíos, esos que incluyeron un esbozo de sindicato mundial de futbolistas.

La errática vuelta a Boca y su carrera despareja como director técnico sólo se explican desde los dueños de los templos que hablan de D10S con otros intereses, opuestos a la rebeldía, guapeza y arte del que Diego jugador fue el máximo exponente. Endiosarlo es injusto con él, es no reconocerle lo que hizo, lo que logró, que ni en la vida ni en el fútbol viene del cielo ni de un hipotético barbudo que también es una creación humana y a la que Diego le hubiese tirado un caño.

Periodista. Autor de "Don Julio", biografía no autorizada de Julio Grondona.

1 comentario:

Anónimo dijo...

"volvamos a foja cero" dijeron los pumas como disculpa por el homenaje a diego