11/10/2016

yes i can: “yo puedo salir a la 5ª avenida , matar un tipo delante de todos, y no perder un solo voto”



La corrección política ha sido abolida, 
no puede gobernar más. 

Jorge Molinero

¿Cuál es el hilo conductor que hay detrás del Brexit y el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos? Al margen del sonado error de los encuestadores está la dificultad para el establishment económico, sus representantes políticos de derecha, de centro izquierda y las clases medias de trabajos simbólicos, de entender el estado de ánimo de las clases trabajadoras manuales en los países centrales.

Los errores de los encuestadores encierran parte de la comprensión del tema. La misma metodología de las encuestas (en los países centrales y en nuestro tercer mundo también) termina reflejando una forma de encarar las preferencias de los votantes que no recoge determinados estados de ánimo o pensamientos que se puedan expresar en las limitadas opciones que telefónicamente pulsan los propietarios de líneas fijas consultados. Importa tanto quienes responden las encuestas, como aquellos que no la responden. No han percibido los encuestadores el desvío en el tipo de preferencias políticas de aquellos que no responden respecto de los que sí lo hacen. Menudo trabajo para los que se están equivocando fuerte en los últimos eventos, incluido la consulta por la paz en Colombia. Pero nuestro tema pasa por los resultados en sí, no los pronósticos equivocados, pagados e intencionados o ignorantes del mar de fondo que había detrás.

Nuestra hipótesis es que detrás de estas votaciones, y del avance del populismo de derecha en Europa, hay una reacción de las clases trabajadoras manuales contra los efectos de la globalización y la apertura indiscriminada al movimiento de mercancías y capitales que se ha venido acrecentando desde inicios de los años ochenta del siglo pasado. Ese sector ha sido el más perjudicado por los cambios involucrados. Que la reacción política de las clases trabajadoras manuales no sea la que preveía la derecha del establishment del capital financiero o de las oposiciones social demócratas o el arco de pensadores de izquierda más radical no la hace menos expresión de esas clases. Es sin dudas una incomodidad analítica y emocional para quienes analizamos el fenómeno desde la vereda opuesta al establishment, pero hay que encararlo y tratar de comprenderlo.

Una de las dificultades para comprender los resultados es – más notoriamente en el caso de Estados Unidos pero no ausente en Europa – esa tendencia a borrar las diferencias de clase indicando que “todos somos clase media”, una estupidez de indefinición extrema, que deja arriba a un puñado de superricos y debajo a algo que no se identifica claramente, generalmente extranjeros de colores y creencias diferentes a los bien pensantes. Pero los bien pensantes, de derecha, centro o izquierda, no llegaron a percibir en Gran Bretaña, Europa Continental o Estados Unidos, los cambios negativos graduales en el perfil laboral de sus países a partir del reinado de la globalización neoliberal de los ochenta.

Si a la salida de la Segunda Guerra Mundial el proletariado industrial formaba la fracción más numerosa de las clases asalariadas en los países centrales, el proceso de cambio tecnológico fue reduciendo su número a medida que los aumentos de la productividad lograban producir más y nuevos bienes, más complejos y evolucionados, con menos personal. Pero ese desplazamiento de partes de las clases trabajadoras del sector industrial al sector de servicios aun no se manifestaba en un estancamiento de los salarios porque el sector industrial mantenía el cuasi monopolio de la producción mundial en las ramas más avanzadas y también en las que más trabajadores concentraban. La elevada sindicalización en Europa y en menor pero no despreciable medida en Estados Unidos, garantizaba, durante los años de la guerra fría y el Estado de Bienestar que sirvió de freno político al comunismo, un nivel salarial que crecía con esa productividad y durante algunos años por arriba de ella. Esos años que son recordados por los sectores progresistas como los “treinta dorados años” del Estado de Bienestar, tuvieron como contrapartida la reducción de la tasa de ganancias del capital. Ese costo fue aceptado, a regañadientes, por los sectores más concentrados del capital, como el precio a pagar para alejar a las clases trabajadoras del comunismo de tipo soviético, tema que los obsesionó al fin del conflicto bélico.

Pero hubo un momento, luego del aumento de los precios internacionales del petróleo en la década de los setenta, en que el establishment comenzó a ver la posibilidad de cambiar esta distribución progresiva del ingreso que les dejaba a ellos porciones declinantes. Las recetas keynesianas de “cebar la bomba” que tanto habían hecho crecer la producción en Estados Unidos y el resto de los países centrales, dejaron de tener efectos. La inflación, pequeña al inicio, se fue exacerbando al conjuro de la puja redistributiva mediante la cual los sindicatos lograban aumentos algo por arriba de los aumentos de precios. El impresionante aumento del precio del petróleo y esta dinámica de aumentos salariales (entre otras causales) llevó a la “stagflation”, esa mezcla explosiva de estancamiento con elevada inflación.

Cuando la derecha tuvo claro que una política más conservadora no llevaría a las masas occidentales al temido socialismo de tipo soviético - y aprovechando de las contradicciones de la política keynesiana - retomó el poder político en Gran Bretaña y Estados Unidos. Se da inicio al período neoliberal que fue plegando país tras país, a casi todo el globo. La posterior disolución del campo socialista no hace más que reforzar un proceso ya muy avanzado.

Este período tiene dos caras diferentes. Por un lado, el desarrollo industrial de los países asiáticos, en especial China, que con sus bajos salarios derrumbaban las murallas chinas de los altos salarios en Europa y Estados Unidos, acelerando la migración de sectores importantes de la industria a esos emergentes. Lo que ganaban los asiáticos en actividad industrial lo perdía el centro, que evolucionaba hacia actividades más capital intensivas o de mayor complejidad tecnológica, pero que se iba resolviendo con cada vez menos obreros industriales. Al momento actual, la clase obrera industrial de los países centrales está algo por arriba del 10 % de la población económicamente activa. No ha subido la desocupación en la proporción de la caída de ocupación obrera porque gran parte de esa masa fue derivando hacia actividades de servicios, algunos de mejor poder adquisitivo que los de obrero industrial, pero muchos más de menores salarios.

Las clases obreras autóctonas, con su alta sindicalización, buenos salarios y buena cobertura social lograba – por acción o contagio – que los salarios de todo el conjunto de las clases asalariadas (obreros manuales industriales y de servicios, empleados de cuello blanco en tareas simbólicas de todo tipo) fuesen elevados. La ruptura de la “cadena de la felicidad” se produce con la apertura comercial que trae el neoliberalismo que permite al obrero asiático competir con los obreros occidentales derivando en cierre de actividades y reubicación de los ex – obreros industriales en tareas en general de menor remuneración y sin cobertura social. Si un obrero automotriz en Detroit perdía su trabajo el que encontraba luego en un supermercado como repositor, o en Mc. Donald como obrero de la alimentación produciendo hamburguesas, le significaba una caída de más del 50 % en sus ingresos, al margen de la inestabilidad de no contar con una defensa sindical como la que le daba la United Automobile Workers. Eso si conseguía trabajo tras emigrar a otra ciudad, porque mantenerse en Detroit era para alimentar el ejercito de desocupados.

Esos millones de trabajadores manuales no industriales, no sindicalizados, mal pagos y con inestabilidad en sus tareas, por períodos cada vez más largos desocupados, son los que – en una medida muy importante - votaron el Brexit en Gran Bretaña y al vendedor de ilusiones Donald Trump en Estados Unidos.

¿Cómo no lo vieron los analistas y los encuestadores, ni las clases medias más acomodadas, ni los partidos de izquierda en los países centrales? Primero votan por salir de la Unión Europea los británicos, la ex potencia imperialista líder hasta fines de la Segunda Guerra Mundial. Ahora gana el personaje desprolijo, xenófobo, políticamente incorrecto en la potencia superimperialista de Estados Unidos. No es para pasar desapercibido como el caso de Austria o de otros donde la derecha xenófoba avanza. Son los países más importantes de los doscientos últimos años. Los resultados nos están queriendo decir algo.

En cada uno de los casos hay muchos más condimentos que pueden explicar el resultado final. En el caso más reciente de las elecciones en Estados Unidos está la poca credibilidad de la candidata del establishment financiero, Hillary Clinton. Pero los bien pensantes se extrañan que luego de las infinitas barbaridades que dijo e hizo Donald Trump haya ganado. Siempre recordamos su frase de hace algunos meses: “yo puedo salir a la 5ª Avenida en Nueva York, matar un tipo delante de todos, y no perder un solo voto”. 

Nadie le creía, ni su propio partido, y él ganó solo y contra todos. Es que él no apelaba a la razón, sus argumentaciones eran mucho más simples. Al estilo John Wayne les decía a esos trabajadores actuales que añoraban sus años como obreros sindicalizados de buenos salarios, los propios o los de sus padres, que había que defender el trabajo americano, y para ello se oponían tanto a los trabajadores chinos como a los mexicanos, tanto fuese que produjesen para la maquila en Monterrey, como que cruzasen ilegales a buscar trabajos mal remunerados en Estados Unidos. De allí su oposición a los tratados internacionales como el meneado TPP (Trans Pacific Partnership). Se opone a aquellos que no bien cruzaban la frontera competían con esos blancos de poca instrucción y un pasado más brillante en industrias como la textil o la metalurgia. También lo votaron los obreros industriales actuales para los cuales los planes de globalización productiva de Hillary Clinton y el establishment financiero era una espada de Damocles sobre sus cabezas.

Toda esa mentirosa “clase media baja blanca”, en realidad clase baja de trabajadores manuales industriales con temores de cierre de sus empresas, trabajadores de servicios de baja productividad y salarios, desempleados temporales de larga duración, y todos sus entornos de amigos y parientes, contribuyeron fuertemente para el triunfo de Donald Trump, y los que inclinaron la balanza por el Brexit en Gran Bretaña. Que no hubo solidaridad de clases es evidente, ya que los sectores populares también están integrados por las minorías de color y los hispanos, para hablar de los grupos más numerosos, tal como en Europa está formada también por inmigrantes provenientes de Europa Oriental, África y Medio Oriente.

Los trabajadores nativos manuales y los simbólicos de baja remuneración en ambos casos manifiestan una solidaridad restringida a su propio grupo étnico, religioso y social, reaccionando contra los miembros de su propia clase que provienen de otras latitudes, tienen otras etnias o profesan otras religiones. El “nosotros” y “los otros” se resignifican en fronteras que se trazan dentro de las clases sociales tal como las entendemos en general. En esa guerra de clases el enemigo no son los capitalistas sino los “otros” trabajadores, sean los que producen fuera del país cerrando sus fábricas, o los que vienen a competir por sus trabajos adentro. La única solidaridad internacional de clase efectiva es la de los capitalistas financieros, que no tienen patria y anidan en todas partes, mientras tengan una patria real o adoptiva, la super potencia, que vele por sus intereses colectivos.

Nosotros en el tercer mundo no tenemos nada que ganar con las diferentes opciones y circunstancias en ambos eventos. Más cercano para nosotros es Estados Unidos que Gran Bretaña, por la importancia de aquellos, y nada hubiese mejorado si hubiese sido elegida la representante del poder financiero, Hillary Clinton. El caso de Donald Trump es el de una caja de Pandora en muchos aspectos, pero no en la política internacional, que no depende realmente de lo que piense el ocupante del Salón Oval en Washington, sino de los intereses imperiales a los cuales sólo puede añadirles un toque personal, en un muy pero muy estrecho margen de opciones posibles. Lo que finalmente haga Trump en el gobierno es otro tema, que queda fuera de nuestro análisis. Solamente queremos enfatizar el apoyo que buscó en las clases populares blancas para lograr su victoria electoral, cuando ese importante sector social no tiene una representación política independiente y propia.

Son tiempos difíciles por las contradicciones que el capital financiero genera en su incontrolada expansión, tanto para los trabajadores en los países centrales, como para el conjunto de los sectores populares en el resto del mundo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hay nuevas demandas sociales que la política tradicional no llega a resolver

Apico dijo...

Comienza ahora un mundo de contradicciones entre los distintos sectores del capitalismo global, por lo cual sus élites van a comenzar a crujir.Sería importante que no consigan soldados para su propia guerra, sobre todo si logramos encausar el descontento de los de abajo y del costado para aprovechar sus contradicciones urgentes.