7/11/2016

paz en colombia: hacia una segunda primavera latinoamericana

FERNANDO COLLIZZOLLI*
El encuentro de junio entre Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño Echeverri en La Habana, para anunciar importantes avances en los acuerdos entre el gobierno colombiano y las FARC-EP, nos sitúa ante un hecho histórico que no supone el fin de la violencia en Colombia pero sí un paso decisivo hacia la construcción de una sociedad democrática. ¿Cómo se llegó a este tiempo de definiciones? ¿Qué actores se fortalecen y cuáles se ven debilitados? ¿Qué implicancias tienen los acuerdos en la coyuntura regional?
En una región parida por la violencia, adquirió en Colombia un perfil aún más pronunciado. El país cafetero ingresó al siglo XX como uno de los más pobres de América Latina en el marco de la Guerra de los Mil Días, y lo culminó arrastrando un conflicto armado, cuya génesis se remonta a los acontecimientos que van desde el asesinato del caudillo popular Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948, a la conformación de las FARC en el marco del Frente Nacional Liberal-Conservador que excluyó del sistema político a liberales disidentes y la izquierda.

A lo largo de su prolongada existencia, este conflicto armado se vio transformado por la aparición de nuevos grupos armados (paramilitares), la injerencia de actores externos (Estados Unidos), y el negocio del narcotráfico, que lo degradaron hasta dejar un saldo de más de 8 millones de víctimas y toda una sociedad atravesada por la violencia siendo uno de los capítulos más dolorosos de la historia americana.

Las políticas guerreristas de Álvaro Uribe entre 2002 y 2010, recrudecieron las consecuencias del conflicto al mismo tiempo que dejaron a las guerrillas en una posición de debilidad relativa, lo cual abrió paso a la exploración de un nuevo intento de salida consensuada del conflicto, ya con Juan Manuel Santos en la presidencia.
Las políticas guerreristas de Álvaro Uribe entre 2002 y 2010, recrudecieron las consecuencias del conflicto al mismo tiempo que dejaron a las guerrillas en una posición de debilidad relativa, lo cual abrió paso a la exploración de un nuevo intento de salida consensuada del conflicto, ya con Juan Manuel Santos en la presidencia.

En 2012 se produjo, entonces, la instalación de la mesa de negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC, la cual estuvo ante el abismo del fracaso producto de la fuerte oposición del uribismo, la decisión de negociar al calor de las armas y la premisa de que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”.

A la luz de los anuncios recientes (cese al fuego bilateral y definitivo, aceptación del plebiscito popular como forma de refrendación), los Diálogos constituyen un quiebre histórico. No obstante, los desafíos aún son ingentes. Cuestiones ligadas a la “implementación” restan para la firma del acuerdo final con las FARC, que se ve debilitado por las resistencias a la dejación de armas en algunos frentes internos de la guerrilla. Mientras tanto, la paz espera también un resultado similar en las negociaciones con el ELN, la efectiva desmovilización de los paramilitares y la libre participación de los distintos actores en la vida política colombiana.
Los Diálogos constituyen un quiebre histórico. No obstante, los desafíos aun son ingentes. Cuestiones ligadas a la “implementación” restan para la firma del acuerdo final con las FARC, que se ve debilitado por las resistencias a la dejación de armas en algunos frentes internos de la guerrilla.
En este contexto, Santos aparece como el principal actor fortalecido por el proceso, en tanto no sólo acerca a Colombia al final de la guerra a través de unas negociaciones en las que las FARC debieron ceder mucho más que el gobierno, sino que asegura así los intereses de los sectores dominantes a los que representa, incorporando nuevos territorios al modelo neoliberal basado en las exportaciones del complejo minero-energético. Para eso, acordó con Estados Unidos la continuidad del Plan Colombia a través de su relanzamiento como Programa Paz Colombia, e introdujo cambios en el gabinete con la inclusión de dirigentes con anclaje territorial, de cara a la campaña por el plebiscito y el último tramo de su gobierno.

Sin embargo, frente a las elecciones presidenciales del 2018, estos avances pueden ser capitalizados por un sector de la coalición de gobierno con juego propio: el vicepresidente Germán Vargas Lleras, del Partido Cambio Radical y caracterizado por su silencio frente a los acuerdos, aparece liderando las encuestas y sembrando incertidumbre sobre el futuro.

Álvaro Uribe, el Centro Democrático, sectores del Partido Conservador y las facciones dominantes a las que representan salen fuertemente debilitadas del proceso. El uribismo en el escenario político colombiano, ha estado ligado al devenir de la guerra. Uribe capitalizó el descontento social generalizado ante el fracaso de las negociaciones de paz en El Caguán para acceder al gobierno, desde donde transformó a las FARC en el gran enemigo de la nación. “La entrega del país a las FARC”, como llama Uribe al proceso de paz, es la derrota de la que ha sido su lógica de construcción política, por lo que está de campaña contra el plebiscito.

El fin de la guerra, finalmente, amplía los horizontes de los sectores progresistas democráticos colombianos, a los que el conflicto debilitó por la construcción de sentido que los asocia con la responsabilidad de la guerra, por la capacidad de las guerrillas de instalarse como espacio de posibilidad frente a las urnas, y la represión (estatal y paraestatal) que no distinguió entre izquierdas armadas y democráticas.
El fin de la guerra, finalmente, amplía los horizontes de los sectores progresistas democráticos colombianos, a los que el conflicto debilitó por la construcción de sentido que los asocia con la responsabilidad de la guerra, por la capacidad de las guerrillas de instalarse como espacio de posibilidad frente a las urnas, y la represión (estatal y paraestatal) que no distinguió entre izquierdas armadas y democráticas.
La paz será la victoria de toda Colombia. Pero también la de toda Nuestra América” señaló Raúl Castro, presidente de Cuba, resaltando la dimensión regional del conflicto armado. Además de generar miles de refugiados y roces diplomáticos con los países vecinos, su persistencia fue uno de los elementos que obturó la posibilidad de que Colombia se sume a la ola de ascenso de gobiernos populares que caracterizó a la región la década pasada.

Hoy cuando la región atraviesa un “punto de inflexión”, el cese al fuego, entonces, es una buena noticia para los sectores populares, ya que como sostuvo Gustavo Petro (ex alcalde de Bogotá y uno de los dirigentes mejor posicionados en las encuestas), “si hay paz en Colombia, la izquierda colombiana crece y puede existir una segunda fase de la primavera latinoamericana que se está agotando luego de 17 años”. Para eso, las fuerzas populares deberán derrotar políticamente a los sectores que le siguen temiendo a la disputa en el marco de la democracia.
Como sostuvo Gustavo Petro (ex alcalde de Bogotá y uno de los dirigentes mejor posicionados en las encuestas), “si hay paz en Colombia, la izquierda colombiana crece y puede existir una segunda fase de la primavera latinoamericana que se está agotando luego de 17 años”.
*Lic. en Ciencia Política y Maestrando en Estudios Sociales Latinoamericanos (UBA). Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC). Correo: fercollizzolli@hotmail.com
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