12/05/2015

steve vai: amorosa rendición



Por Andrés Fidanza

... Vidal no tuvo el ánimo ni la voluntad de matizar su speech con una sonrisa. Fueron 40 minutos de exposición, en los que ni siquiera concedió su expresión ambigua de Mona Lisa ante los jueces de la Corte Suprema que la escuchaban. La presentación fue, desde su seco “buenos días” de apertura, a cara de perro. El Salón de Audiencias de la Corte, con sus estatuas de bronce, techos altos, columnas de mármol y sillas señoriales tapizadas en cuero, tampoco facilitaba la distención. 

Parada detrás de un atril de manera oscura lustrada, Vidal se atajó ante las preguntas de los jueces, por momentos acusatorias, sobre las políticas del PRO para solucionar los problemas de vivienda y pobreza en la Capital. Era jueves 15 de septiembre de 2011: Vidal todavía era Ministra de Desarrollo Social porteño y no imaginaba ni remotamente la posibilidad de ser gobernadora de la provincia más grande, poblada y conflictiva de la Argentina.

“En la ciudad se genera enorme presión de demanda. Presión que no es solamente generada por la demanda natural de crecimiento de la ciudad, sino por las migraciones que recibe del resto del país y de de países limítrofes. Más de un 30 de la población no es de la ciudad: el 26% es de otras provincias. Y casi un 10% de países extranjeros”, planteó Vidal.

La audiencia había sido convocada por la Corte para tratar uno de los 37 casos semejantes que habían llegado a la máxima instancia judicial. El debate de fondo era sobre cómo y durante cuánto tiempo el Estado debía asistir a las personas en situación de calle o emergencia habitacional.

Bajo su gestión como Ministra, Vidal había impuesto un criterio inflexible: las personas que pasaban la noche en los paradores estatales no calificaban como “en situación de calle” y, por lo tanto, no debían recibir el subsidio de 700 pesos que les correspondía por ley. Al momento de su exposición ante la Corte, unas 4 mil personas cobraban ese plan, y Vidal pretendía mantener ese número a raya.

Vidal además aplicaba a raja tabla el decreto 690/06, que fijaba un límite de diez meses para recibir el subsidio. Así, las opciones para los miles de homeless porteños eran: el parador o los 700 pesos. Y si elegían cobrar los 700 pesos para intentar pagar un alquiler o la habitación de un hotel, sólo lo podían hacer por un lapso de diez meses. Después de eso, alguno de los 22 albergues estatales o a la calle otra vez.

La mayoría de los paradores abrían (todavía lo hacen) a las 6 de la tarde y cerraban a las 7 de la mañana: es decir, las personas no podían pasar el día ahí. Y como su cupo era limitado -1600 camas, con baños y habitaciones compartidas por familias enteras-, era normal (y todavía lo es) ver largas filas desde antes del horario de apertura para acceder a un lugar donde pasar la noche.

Ante ese panorama, se multiplicaban los reclamos y causas judiciales, tanto individuales como de organizaciones sociales: en 2011 había 1200 casos en juzgados de primera instancia porteños y otros 200 en Cámara de Apelaciones. La Corte, entonces, decidió fijar posición sobre los reclamos habitacionales, tomando una de las causas más dramáticas: la de Sonia Quisbeth Castro, inmigrante boliviana, mamá de un chico de seis años quien tenía una discapacidad motriz, visual, auditiva y social.

Trabajaba hacinada en un taller de costura y, tras el nacimiento de su hijo, perdió el empleo y ambos quedaron en la calle. Pasó por paradores, hogares y hoteles, hasta que dejó de recibir el subsidio estatal y terminó viviendo a la intemperie en la esquina de Brasil y Pichincha. Con la asistencia de la Defensoría del Poder Judicial de la Ciudad, su caso llegó a los tribunales.

La mujer consiguió dos fallos seguidos favorables, pero en ambos casos el Ministerio de Vidal apeló y se negó darle el subsidio de 700 pesos. Tras esas dos instancias, el Superior Tribunal de Justicia de la Ciudad le dio la razón al gobierno porteño: la defensa de Sonia Quisbeth Castro apeló y el caso llegó a la Corte.

“¿Entonces, si no se actúa por demanda judicial, se termina el subsidio y la gente queda en la calle?”, preguntó la jueza Elena Highton de Nolasco. Vidal asintió, y rápidamente advirtió que “si este caso sienta un precedente por el que la ciudad tiene que seguir pagando un subsidio eso va a generar un impacto sobre la ciudad y el resto del país”.

Otro miembro de la Corte, Juan Carlos Maqueda, volvió a la carga y pidió detalles sobre qué interpretaba Vidal de las personas que vivían en los albergues estatales. “No consideramos que quien esté en un parador esté en situación de calle”, respondió la ministra.

Siete meses después, en abril de 2012, la Corte le ordenó a la administración de Macri mantener el subsidio para Quisbeth Castro, por el costo de una habitación básica. Y fue más allá: en una crítica integral a la política habitacional porteña, exigió que el gobierno le asegure al chico “la atención y el cuidado que su estado de discapacidad requiere y provea a su mamá el asesoramiento y la orientación necesarios para la solución de las causas de su problemática habitacional”.

Desde que asumió como Ministra de Desarrollo Social, en 2008, después de tomarse una licencia por embarazo, Vidal le puso el cuerpo a algunas de las situaciones más difíciles que atravesó el gobierno de Macri. Algunas de las cuales, ya sea por impericia, desdén, concepción clasista, fatalidades o boicot, terminaron con muertos y heridos.



En las ocupaciones de tierras y viviendas del Parque Indoamericano, en diciembre de 2010, fue la única funcionaria porteña que dio la cara: culpó al gobierno nacional y se negó a dar comida, agua y poner baños químicos durante la toma, pero decidió estar ahí, en la zona del conflicto y la represión que dejó tres muertos. Cuando la Corte citó a algún presentante del gobierno para estudiar el caso de Quisbeth Castro y pronunciarse sobre la crisis habitacional porteña, Vidal podría haber mandado a un funcionario subalterno. No lo hizo: prefirió estar y representar la cara menos humana del PRO.

Durante las inundaciones de la Capital de abril del 2013, ya en el cargo de vicejefa de gobierno, mientras Macri y Larreta estaban en off (de vacaciones o bajo la estrategia estricta de no mostrarse, nunca quedó claro), ella se calzó el pilotín amarillo, recorrió los barrios más perjudicados y se bancó los reproches de los vecinos por la falta de obras y previsión. Esa audacia quizás haya sido su principal fortaleza y el motor de su ascenso.

“Su gestión como ministra se basó en limitar los recursos, siempre tratando de evitar el conflicto. Esa fue la filosofía del macrismo: nunca ceder antes de que tense la cuerda. Ella es inflexible en las negociaciones, y en el PRO la valoran porque nunca se esconde”, describe Jonatan Baldiviezo, integrante de Observatorio del Derecho a la Ciudad y abogado en cuestiones habitacionales y urbanas. Baldiviezo la conoce de primera mano, porque Vidal participó in situ de varios desalojos.

Hacia adentro del PRO, trató de combatir cierto clima de endogamia socio-económica. En 2011, cuando percibía que la Juventud PRO marchaba hacia una homogeneidad de clases altas, forzó un cambio radical en la conducción. Puso como presidente de la ascendente Juventud macrista a un nieto de bolivianos, hijo de un carpintero formado por el Padre Mugica, que nació y milita en la villa 20 de Lugano: Maxi Sahonero.

“Es una mina excelente, sensible y súper formada. Va siempre para adelante y nunca me pidió que a cambio de algo moviera micros o gente”, comenta Sahonero, referente villero del macrismo, rama fanática de Vidal.

Sahonero fue su descubrimiento. Al promoverlo, compensó hábilmente la endogamia social de los macristas sub-30. Y así, en una carambola provechosa, terminó por ganarle la pulseada a Marcos Peña por la conducción política de la Juventud PRO.

“Querés galletitas. Esperá que te pongo el mantelito”, le dijo Vidal a Pedro, su hijo de 8 años, aunque en realidad la frase estuvo dedicada a las cámaras de Periodismo Para Todos, el programa político más visto de la y el que marcó la agenda de la oposición en los últimos cuatro años...

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Mássa

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