2/07/2015

murió de muerte natural o cuando fogerty desmiente a clarín



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En todo caso, es una postura de banalidad ante la muerte que resulta otra forma de violencia simbólica que lo mismo abre las puertas a la violencia real. También hace cuarenta años la muerte del otro importaba nada.
El Gobierno no puede menos que dolerse al verse en coincidencia con aquel peronismo de la catástrofe de hace cuatro décadas. Por eso resulta inexplicable que a menudo siga parte de sus pasos casi con resignado fatalismo. La férrea defensa que Gobierno y militancia hacen hoy de la Presidente, aún cuando se trate de sus errores más gruesos, no puede menos que evocar la ciega defensa que de Isabel Perón hacían sus funcionarios y seguidores mientras era investigada por el famoso Cheque de la Solidaridad, del que no ha quedado ni memoria.
La rotura de dos páginas de una publicación periodística que sólo revelaba una verdad que el Gobierno no quiso o no supo ver, va más allá de un gesto simbólico que lesiona de gravedad el presente y el futuro de la libertad de expresión: desnuda la calidad política de quienes lo ejercieron y respaldaron.
Ya que evocamos con dolor los años 70, Richard Nixon pudo ser un gran estadista. Su particular psicología lo hizo, en cambio, un mentiroso constante, un tramposo sin destino que terminó encerrado en su propio laberinto y que empeñó el destino de más de una generación de estadounidenses.
Por cierto, se enfrentó con la prensa. Soportó, durante el ya legendario Caso Watergate, los artículos de los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, que pusieron en jaque a su administración. Los periodistas tenían una fuente a la que llamaron “Garganta Profunda” que mantuvieron en el anonimato durante más de treinta años. 
Lo que hoy sabemos es que Nixon supo de inmediato quién era la fuente secreta de Woodward y Bernstein. Las grabaciones que hizo durante su gestión revelaron que su mano derecha, Richard Haldeman, le dijo una mañana que quien informaba a los periodistas del Post era Mark Felt, número dos del FBI. Nixon hizo entonces dos preguntas típicas de su personalidad y cultura: “¿Es judío? ¿Qué quiere?” Y cerró la charla con Haldeman con un juramento: “No voy a nombrar a un judío como número uno del FBI”. 
Felt se retiró en 1973 como director adjunto de esa oficina. No apareció suicidado en ningún rincón de aquella Casa Blanca rumbosa y desquiciada; vivió hasta los 95 años y murió de muerte natural el 18 de diciembre de 2008.

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    1 comentario:

    Anónimo dijo...

    un groso, y se nos fue redepente
    http://www.latdf.com.ar/2015/02/pelicula-completa-rene-lavand-el-gran.html?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+PortalLaTdf+%28Portal+La+TDF%29