7/15/2014

una indagación de la europacidad académica de latinoamérica




El deseo depende de la disponibilidad
de una comunidad histórica verdadera
para expresar su potencial transformador

(J.Butler, Sujetos de deseo)

Es cierto que, dicho a modo de sobrevuelo, resulta necesario no sólo construir decires consistentes respecto a la política (como resistencia a la neutralidad corrosiva de la globalización), sino también poder contaminarlos e interrogarlos con la aparición de experiencias singulares. Ese caso singular, el de los nuevos gobiernos latinoamericanos, que debería implicar el ocaso del dogma.

En este sentido, la tradición del pensamiento político francés contemporáneo (me refiero aquí sobre todo a Badiou) refinada e interesante para pensar el sutil entramado ontológico de las subjetivaciones y advertir la complejidad de la política posmarxista (su intento de quitarle el lastre teológico del Uno), adolece sin embargo de una inercia anti-estatalista que reduce su potencial de intervención sobre la escena latinoamericana, donde los gobiernos han transformado al Estado como figura de la impotencia en un Estado que se acerca más a lo real de la política, pasando así de la impotencia nihilista y neutralizante al terreno politizante de la imposibilidad…de una solución definitiva de lo común. El Estado se ha transformado en un actor central y quizá emblemático de los procesos políticos emancipatorios. Y digo emblemático sabiendo que todo emblema (es decir, lo que se vuelve intocable de un sistema simbólico) es aquello que muestra pero a la vez esconde esa imposibilidad de la que corresponde situar sus límites.

Es por ello que, entonces, nos encontraríamos en abstracto ante una doble alternativa: la de forzar sus categorías y hacerlas abandonar sus condiciones de emergencia “originarias” (desconociendo por completo el ethos del autor o incluso borrando la idea de autor) o someterlas a una indagación que quizá, y por qué no, desemboque en su paulatino olvido estratégico (lo que es totalmente diferente al olvido de su olvido). Si la Argentina en particular y Latinoamérica en general han comenzado a escarbar una salida de crisis profundas a través de la búsqueda de alternativas a los saberes forjados por el neoliberalismo de los países “centrales”, quizá sea prudente también someter a indagación cierta tendencia al pensamiento europeo en nuestros espacios académicos. Pero sin hacerlo desde una exterioridad, desechándolos por motivos cartográficos, sino bajo el reconocimiento de una afectación que necesita ser resignificada por la singularidad de lo que nos pasa.

Frente a este escenario, es menester, no obstante, descartar de plano cierta matriz ideológica probablemente ya extinta: aquella que, con un imaginario romántico, supone que la descolonización del pensamiento significa negar a priori cualquier producción que provenga de Europa o EE.UU. Si bien es cierto que las geografías son condicionantes del pensamiento y están inscriptas en una zona determinada de la industria cultural y sus respectivas influencias, siempre hay algo que atraviesa soberanías sin implicar una actitud de expoliación o conquista. Además, somos pueblos que hablan la lengua de otro pueblo.Y por si esto fuera poco, cito a Agamben mismo: “No tenemos, en rigor, la menor idea de lo que es un pueblo ni de lo que es una lengua (es sabido que los linguistas pueden construir una gramática, es decir, ese conjunto unitario dotado de propiedades describibles que se llama lengua, sólo dando por descontado el factum loquendi, es decir, el puro hecho de que los hombres hablan y se entienden entre ellos, que sigue siendo inaccesible a la ciencia), y, sin embargo, toda nuestra cultura política reposa sobre la puesta en relación de estas dos nociones” (Agamben, “Las lenguas y los pueblos”).

Si la escucha del Ser y la filosofía estaban destinadas, de manera privilegiada, a los griegos y germanoparlantes, según Heidegger, nosotros sabemos que Latinoamérica, a diferencia de este “monolingüismo” que aquí caricaturizamos un poco y que desconoce ese no-saber propio de la relación entre la lengua y los pueblos, cuenta con la ventaja de estar imbuida por el pensamiento europeo y atravesada al mismo tiempo por problemáticas y pensamientos que tienen una impronta local.

La separación respecto al pensamiento europeo, entonces, será siempre parcial. Todo comienzo y fundación es re-comienzo y re-fundación, en tanto ―para decirlo en clave genealógica― no hay Wunderursprung, no hay un Origen-milagroso, una identidad primera de la cual deriven identidades segundas. Así como Derrida se mofaba de aquellos que pretendían cambiar la historia de la literatura francesa simplemente atentando contra las convenciones ortográficas de su lengua, podemos también nosotros hacerlo, en un caso que funciona como el reverso de esa actitud, con aquellos que buscan una fundación ex―nihilo de Latinoamérica.

Así, si Europa ha trazado un camino más o menos esotérico, la oportunidad para Latinoamérica de sostenerse en un pensamiento propio no está en el puro exoterismo que abjura de un adentro (sea éste tan ficcional como se quiera) sino en la constitución de una medialidad entre ambos.
En un artículo reciente de Jorge Alemán a propósito de las elecciones parlamentarias europeas, elecciones en las cuales algunos europeos de izquierda se ven ante el dilema de pensarse o no en el espejo de 

Latinoamérica, o más bien en el espejo de los populismos latinoamericanos como una suerte de laboratorio de la época, decía que algunos teóricos franceses han quedado en actitud de resguardo de la pureza de sus propios postulados, legitimando de esta manera que advenga lo peor a la política (parlamentaria). Podemos ilustrar esa posición con una referencia a Badiou, quien decía esto en una controversia con Jean-Claude Milner en 2012: “el intelectual disidente, el intelectual, digamos, comunista en el sentido genérico de la palabra, no puede estar más que en posición de exterioridad. Sin verdadero influjo sobre el juego social y estatal existente, debe actuar directamente (…) en la creación de una nueva política”. Es esa insistente pulsión política y hasta cierto punto poética de exterioridad la que hace confluir, en un punto, a Badiou y a Agamben. Y es precisamente esa exterioridad poetizante la que ha sido puesta en jaque en Latinoamérica. Se trata, entonces, de pensar los modos de esa puesta en jaque.


Nuestra primera institución es la lengua nacional. Con ella se adscribe un nombre y estatuto civil y legal, se asigna una porción de deuda externa per cápita, una determinada estadística de natalidad y mortalidad, un código único de identificación tributaria, es decir, una representación estatal que mecaniza y hace funcionar los lazos sociales. Pero al mismo tiempo una lengua nacional es también un universo de equívocos y desventuras que sobreviven al tiempo. “Una lengua entre otras, decía Lacan, no es otra cosa sino la integral de los equívocos que de su historia persisten en ella”. Dicho de otro modo: una lengua es la historia de sus equívocos. Aquello que precisamente hace imposible una historia común inequívoca.

Somos recibidos, instituidos, entonces, en equívocos. Pero no sólo instituidos, sino también destituidos en el mismo acto de la tranquilidad de los paraisos pre-institucionales, pre-civilizatorios, pre-estatales, que sin embargo vuelven a nosotros siempre bajo diversas formas imaginarias: a la manera de un Huckleberry Finn que busca desprenderse de la civilidad, de un buen salvaje rousseauniano que todavía no habría sido capturado por el poder o, en nuestra faunen, de un “tigre de los llanos” como el Facundo de Sarmiento. Los ejemplos son innumerables. Y a veces tienen en la cultura una función de bálsamo, de señalamiento de los agujeros de la red omnipresente del lenguaje.

De este modo, me pregunto si la propuesta destituyente de Agamben (http://artilleriainmanente.blogspot.com.ar/2014/02/giorgio-agamben-para-una-teoria-de-la.html) o la política en exterioridad de Badiou (aun si bautizada por él como “a distancia del Estado”) no convergen hacia el imaginario de lo pre-estatal, es decir hacia el estado de naturaleza que ve a su enemigo en el “Estado de seguridad” (i.e. Agamben), un enemigo ciertamente deplorable, pero que se trata de un nombre contingente que siempre se desplazaría a cualquier otro tipo de Estado. Ya que uno podría decir que, bajo cierto ethos intelectual, no hay Estado alguno que pueda confluir políticamente con una idea verdaderamente política. O, aún más: cuanta más potencia posibilitadora pueda tener un Estado, peor, ya que más potencia cancelatoria de la verdadera política adquiere.

Allí donde algunos eligen ver un nuevo estado de cosas que se abre (las posibilidades que se instituyen), otros eligen ver lo que se cierra (las posibilidades que se destituyen). Aunque elegir sea un verbo que se aleja demasiado de los equívocos y las pulsiones inconscientes. Y, en realidad, el problema más evidentemente trágico de los sujetos políticos es precisamente ese: cómo posicionarse respecto a cierta inexorabilidad de la pulsión.

En relación con el texto de Agamben, digamos que el Estado argentino hoy hace confluir, entre otras cosas, dos fuerzas contradictorias: por un lado, acendradas técnicas de biométrica, de bio-control (sobre las cuales un intelectual de la exterioridad puede montar su crítica cargada de ímpetu destituyente), pero también la reactivación de voluntades emancipatorias, imaginarios de liberación, soberanía (ante las cuales un intelectual de la interioridad sólo podría prosternarse). Lo interesante, sin embargo, antes de ubicarnos en alguna de estas dos posiciones antitéticas es pensar un intelectual que se mueve en el escenario político como en una banda de moëbius. Un intelectual que logra pensar en la inmanencia de la situación, no sin asumir los momentos de decisión, pero que busca ampliar el margen de aquellas zonas de la banda que disuelven la idea de bandas, de que cabría la posibilidad de situarse en un afuera que objetiva y totaliza el adentro.

Lewkowicz decía que diciembre de 2001 arrasaba con el debate moderno-posmoderno, ya que éste estaba estructurado por el Estado como figura institucional, social, política que configura el pensamiento. “Pues (dice) en retrospectiva, modernidad-posmodernidad era pensamiento instituido estatal versus pensamiento crítico antiestatal”. Hoy, cuando el retorno del sujeto y de la contingencia que lo sostiene, apareció de la mano de la reconstrucción del Estado, no se trata de volver a recuperar tal binarismo, sino de llevarlo a la inmanencia crítica de una figura topológica como la banda de Möebius. Donde cualquier exterioridad debe dar cuenta del lugar inexorable que ocupa en la interioridad de la que a veces no quiere saber nada.

Lo instituyente y lo destituyente pueden entonces inscribirse como dinámicas propias de la estatalidad. O, dicho de otro modo, se puede pensar al Estado como esa banda de Moëbius sobre la que nos desplazamos y que desmitifica la idea de una política por fuera del Estado, o a una distancia tal de éste que lo convierta en un objeto pasible de ser totalizado y del cual se pudiera prescindir.
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Daniel Groisman es Licenciado en Ciencia Política. En el presente, con el apoyo de una beca del CONICET, escribe su tesis doctoral en Filosofía (UNC) sobre las tensiones en la recepción del concepto de sujeto lacaniano en la obra filosófica de Alain Badiou. Se ha desempeñado como profesor titular de seminarios de grado y, actualmente, como Jefe de Trabajos Prácticos de Teoría Política I (UCC). Ha publicado el libro de narrativa La tumba de Faulkner (Alción).

1 comentario:

Diego dijo...

¡Qué manera de tirar a la basura la plata de los jubilados es ese CONICET!