El 18A recibió tratamientos diversos: desde el objeto reclamo, gobierno u opo, sujeto reclamante, encarnación de la república o manada de gorilas, hasta el volumen de su convocatoria, mas de dos millones o menos 160.000 personas, pasando por todas las alternativas intermedias.
Analizar el #18A a través de las consignas que lo atravesaron
y pensarlo en función del acontecer democrático de la última década
permite trazar un diagnóstico menos urgente que el que devuelve
la agenda diaria: el kirchnerismo, en tanto una modalidad histórica concreta del populismo peronista (Artemio López dixit), ha realizado enormes esfuerzos para
fortalecer, consolidar y ampliar la democracia, y quienes todavía no
han aportado en ese sentido son los integrantes de la oposición
política.
El #18A fue, antes que una protesta contra el Gobierno Nacional, una querella contra la ausencia de un programa de gobierno opositor que dispute hegemonía con el peronismo kirchnerista.
Probablemente, el grueso de los participantes de la
masiva movilización no la caracterizaría de este modo. Pero a la luz de
la experiencia histórica reciente y del desarrollo del ámbito político
en el marco democrático, es atinado enfocar el #18A desde una
perspectiva menos coyuntural.
¿Cuál es el aporte histórico del populismo peronista en su
versión kirchnerista a la democracia argentina? En términos de la
politóloga Chantal Mouffe, que reinterpreta a Carl Schmitt como base para la tesis sobre la democracia que desarrolla en el libro en torno a lo político, el proyecto político-social-cultural iniciado por Néstor Kirchner en 2003, y profundizado por Cristina Fernández, ha introducido un eje disruptivo en el seno de la democracia liberal racionalista: el debate “agonista”.
La concepción agonista define “lo político” como “la dimensión de antagonismo” constitutiva de las sociedades humanas. A diferencia de la concepción liberal racionalista, reconoce que hay conflictos en pugna y que la forma de resolverlos no es a través de consensos racionales o morales totalmente inclusivos (todo consenso se basa en actos de exclusión).
La concepción agonista entiende que la especificidad “de la política democrática no es la superación de la oposición nosotros/ellos”, sino expresarla en formas compatibles con la democracia pluralista. Para
ser aceptado como legítimo, el conflicto debe aportar a la asociación
política, y no a su destrucción.
Deben conservarse los vínculos entre
las partes en conflicto para que los oponentes no se conviertan en
enemigos a ser erradicados.
Desde 2003 a esta parte, el kirchnerismo ha introducido esta
saludable variable democrática que, al menos desde 2007 en forma
explícita, ha sido combatida en términos antagónicos por determinadas
corporaciones (estableciendo en el Gobierno Nacional un enemigo a
erradicar). Estrategia a la que, lamentablemente, la inmensa mayoría del
arco opositor se ha plegado sin más.
El kirchnerismo ha sido siempre muy frontal y honesto en
cuanto a su programa y su aplicación, su práctica política, su anclaje
ideológico y la gestión de gobierno. Su mito de gobierno (“Relato”, para
la prensa opositora) es perfectamente compatible con la delimitación de
sus adversarios: el neoliberalismo político y cultural, la ortodoxia económica internacional, las corporaciones que condicionan y debilitan la política, las prácticas de derecha.
El kirchnerismo delimitó su práctica y su ideario, definió
sus adversarios y confrontó con ellos sosteniendo su posición,
subrayando con vehemencia las diferencias coyunturales e históricas.
Claramente, se interpretó y se proyectó como una experiencia contrahegemónica ante la democracia liberal constituida por formas sedimentadas de relaciones de poder, introduciendo nuevos sentidos y campos de aplicación.
El kirchnerismo fortaleció las instituciones democráticas para encauzar y definir los conflictos: el parlamento volvió a ser escenario de debates de fondo,
los turnos electorales son verdaderas instancias de democracia
participativa en la que el oficialismo se expone explícitamente
redoblando la apuesta a su proyecto (además, propició y aplicó una reforma política que instituyó las PASO y que fomentó la equidad para el financiamiento de los partidos).
En definitiva, la irrupción del peronismo populista en su
modalidad kirchnerista vino a confrontar con el orden social
hegemónico establecido a lo largo de décadas por el liberalismo
racionalista, de corte instrumental o moral. Al exponer una tensión
democrática entre posiciones políticas, el kirchnerismo brindó
herramientas de identificación colectivas lo suficientemente fuertes
como para movilizar pasiones en torno a su proyecto. No escondió la política. La fortaleció y prevaleció: los turnos electorales presidenciales son la evidencia.
El #18A está, desde su concepción, en las antípodas de la
tésis agonista porque su finalidad última es erosionar la legitimidad
del gobierno nacional. Es una movilización (como la del #8N o el #13S) ideada y ejecutada a la luz de las nuevas formas que toma en Sudamérica, la tensión entre la política (y los gobiernos centrales de centroizquierda de corte popular) y las corporaciones que habían venido marcando el pulso económico, social y político en la región.
Los grupos de medios son la punta de lanza de esta disputa. Como expresó Santiago García Castro en un trabajo que analiza los estudios culturales y el concepto de ideología de Louis Althusser: “La cultura medial se ha convertido en el lugar de las batallas ideológicas por el control de los imaginarios sociales (…) los
medios contribuyen a delinear nuevas formas de subjetividad, estilo,
visión del mundo y comportamiento. La cultura medial es el aparato
dominante hoy en día: su ventaja es que sus dispositivos de
sujeción son mucho menos coercitivos. No estaríamos frente al poder
disciplinario de la modernidad criticado por Foucault, sino frente al
poder libidinal de la globalización”...
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