Oesterheld: yo compartí su celda
El no. 5 del quincenario Feriado Nacional (27 de octubre de 1983), tiene dos tapas. En una, la convencional, en un espejo redondo que cubre la entrepierna de un medio desnudo femenino –parodia de otra tapa, de la revista Perfil– se refleja el rostro de Herminio Iglesias, con el rótulo «Espejito, espejito: ¿quién es el candidato más bonito?».
La contratapa se transforma en tapa alternativa, acompañada por las últimas nueve páginas que invierten su impresión; en ella se reproduce la ilustración de un póster que se encuentra inserto entre las páginas centrales de la revista.
El dibujo es de Saborido, y reproduce los rostros de personajes de HGO, taciturnos, portando una pancarta: «¿Dónde está Oesterheld?». Al pie se anuncia un reportaje exclusivo a Eduardo Arias: «Yo estuve en la cárcel con Oesterheld».
Juan Sasturain, jefe de redacción, hace la introducción a esa sección homenaje:
«Hemos puesto la revista patas para arriba porque antes alguien o algunos pusieron la realidad así: lo que debía estar arriba, abajo; lo que andaba a la luz, escondido; el desorden de la vida tumultuosa, ordenado por la violencia y la revancha. Y hemos puesto la revista patas para arriba porque en Feriado Nacional no solemos hablar de lo que estas páginas siguientes hablan y debemos marcarlo con énfasis: esto es otra cosa, acá no hay joda.
»Y no hay joda porque estamos hablando de un caso espantosamente ejemplar de lo que ha sido nuestro clima de vida en estos duros y oscuros años de muerte y miedo: la desaparición por secuestro de Héctor Germán Oesterheld, alguien que –más allá o más acá de cualquier otro tipo de consideración política– es para todos los que amamos la historieta y la cultura popular argentina, un maestro excepcional.
»No hace mucho, escribiendo a propósito de la redición de «El Eternauta II » , una de sus últimas obras (1976-1977), sostuve que Oesterheld era “uno más en la lista de los desaparecidos durante la guerra sucia que lo arrebató junto a sus hijas, víctimas de un guión espantoso tipeado por la Muerte”. Nada menos que eso».
En otra página de la publicación Miguel Repiso (Rep), cadete en la Editorial Récord, bajo el título de «Otoño del 77», brinda este testimonio:
«–Tomá una Rhodesia, Miguelito.
»El viejo extrajo dos paquetes amarillos de su bolso maltratado y le entregó uno al chico, sin mirarlo.
»–Gracias... ¿Tiene mucho trabajo?
»–Por hoy terminé. Ahora estoy esperando para hablar con Scutti.
»–¿Por qué hace esa letra?
»–Esto es taquigrafía; son guiones. Primero los hablo frente al grabador, luego los escribo así y de ahí los pasa en limpio la chica. Se hace más rápido.
»–¿Por qué hizo la segunda parte de “El Eternauta”?
»–Para aprovechar el momento y porque lo pidieron de Italia. Anduvo muy bien la primera parte allá... ¿Por qué tenés esa cara? ¿No dormiste anoche?
»–¿Tengo ojeras, no? Es que hubo tiros cerca de casa anoche. También gritos. Me di un julepe bárbaro y no pude pegar un ojo en tres horas, por lo menos. Mi viejo dice que son asaltos...
»–Sí, asaltos... Ah, Miguelito, ya no hay asaltos en Buenos Aires. ¿Cuántos años tenés?
»–Dieciséis.
»–Muy pibe. Igual andá con cuidado de noche porque éstos no perdonan a nadie. ¿Trajiste ese libro de Salvat que me mostraste el otro día?
»–Sí. “Literatura en imágenes”...
»El chico corrió hasta su mesa y buscó en una carpeta color café con leche. Volvió con un libro pequeño y cuadrado. Se lo mostró al viejo.
»–Ese mismo. ¿Ya lo leíste?
»–No, pero se lo presto, si quiere.
»–No. Léelo tranquilo.
»–Pero si ya casi lo termino...
»–Traémelo mañana nomás.
»El timbrazo del interno tapó dos palabras de Miguel. Oesterheld se levantó y fue al despacho del director. Dejó tras de sí huellas de barro seco traídos de Beccar. En el pasillo, encerado, la tierra quedó marcando el itinerario de ese viejo blanco y cansado. La reunión fue hasta tarde, hasta que ya no quedaba nadie en la Editorial Récord.
»Al otro día, y durante una semana, Miguel llevó religiosamente el libro para prestárselo a su admirado guionista. Buenos Aires ya era otoño y silencio.
»Oesterheld no volvió ni siquiera para pedir el libro de Salvat».
Finalmente reproducimos el testimonio del reportaje anunciado en tapa:
«Me llamo Eduardo Arias, soy sicólogo y tengo treinta y ocho años. Fui una de las últimas personas que vio vivo a Héctor Oesterheld. En noviembre de 1977 fui secuestrado y permanecí desaparecido hasta enero de 1978. Todo ese tiempo estuve en un chupadero (prisión clandestina) situado en el Camino de Cintura y avenida Richieri. Hoy funciona allí un campo de salto a caballo de la policía de la provincia. Cuando llegué, Oesterheld estaba hacía ya tiempo. Su estado era terrible. Permanecimos juntos mucho tiempo. Nos encadenaron espalda contra espalda. Estábamos ambos prácticamente desnudos. Él solo tenía un pantalón, yo un calzoncillo. Las cabezas cubiertas por capuchas. Oesterheld –como yo y como todos los que estábamos allí– fuimos torturados salvajemente. Él unía a ese tormento su dolor ante la suerte de tres de sus hijas, que también habían sufrido secuestro. La cuarta era buscada junto con el marido y esa búsqueda motivaba, por lo que pude presumir, la captura de Héctor. Durante las largas horas que permanecimos en aquella inmovilidad forzosa nos ayudábamos para poder descansar un poco, tirados en el suelo, acomodando nuestras cadenas para aliviar un poco el dolor, entre interrogatorio e interrogatorio. Al principio no me di cuenta de que era él. Lo descubrí cuando se levantó la capucha y pude ver su cara: era ni más ni menos que Ernie Pike, cuyas aventuras yo leía desde chico. Claro que un Ernie Pike mucho más flaco. Durante las pocas oportunidades en que no éramos vigilados, conversábamos en susurros. Él me hablaba un poco de sus historietas, de su trabajo, y a veces jugábamos mentalmente al ajedrez, cantando las jugadas. Uno de los momentos más terribles fue cuando trajeron al pequeño nieto de Héctor, de tres años (14 de diciembre de 1977). Esa criatura fue recogida tras la captura y muerte de la cuarta hija y el yerno de Héctor y la llevaron a aquel infierno.
»Con nosotros había un pibe de unos diecisiete años que acostumbraba hacer figuritas con miga de pan. Al final todos le entregábamos la miga de nuestros panes. En Nochebuena, el viejo cantó con ese pibe la canción “Fiesta” de Serrat. Chaplin murió cuando estábamos presos, el último día de 1977. Me enteré porque un guardia un poco más bueno me dejó ir al baño debido a una gran diarrea que tenía. Ahí afané unas hojas de diarios que había y me las llevé escondidas. Leyéndolas me enteré de la muerte de Chaplin y lo comenté. El viejo se conmovió. Dijo que quería mucho a Chaplin. Uno de los recuerdos más inolvidables que conservo de Héctor se refiere a la Nochebuena de 1977. Los guardianes nos dieron permiso para quitarnos las capuchas y para fumar un cigarrillo. También nos permitieron hablar entre nosotros cinco minutos. Entonces Héctor dijo que por ser el más viejo de todos los presos, quería saludar uno por uno a los que allí estábamos. Nunca olvidaré aquel último apretón de manos. Héctor Oesterheld tenía unos sesenta años cuando sucedieron estos hechos.
»Su estado físico era muy, muy penoso. Ignoro cuál pudo haber sido su suerte. Yo fui liberado en enero de 1978.
»Él permanecía en aquel lugar. Nunca más supe de él».
La contratapa se transforma en tapa alternativa, acompañada por las últimas nueve páginas que invierten su impresión; en ella se reproduce la ilustración de un póster que se encuentra inserto entre las páginas centrales de la revista.
El dibujo es de Saborido, y reproduce los rostros de personajes de HGO, taciturnos, portando una pancarta: «¿Dónde está Oesterheld?». Al pie se anuncia un reportaje exclusivo a Eduardo Arias: «Yo estuve en la cárcel con Oesterheld».
Juan Sasturain, jefe de redacción, hace la introducción a esa sección homenaje:
«Hemos puesto la revista patas para arriba porque antes alguien o algunos pusieron la realidad así: lo que debía estar arriba, abajo; lo que andaba a la luz, escondido; el desorden de la vida tumultuosa, ordenado por la violencia y la revancha. Y hemos puesto la revista patas para arriba porque en Feriado Nacional no solemos hablar de lo que estas páginas siguientes hablan y debemos marcarlo con énfasis: esto es otra cosa, acá no hay joda.
»Y no hay joda porque estamos hablando de un caso espantosamente ejemplar de lo que ha sido nuestro clima de vida en estos duros y oscuros años de muerte y miedo: la desaparición por secuestro de Héctor Germán Oesterheld, alguien que –más allá o más acá de cualquier otro tipo de consideración política– es para todos los que amamos la historieta y la cultura popular argentina, un maestro excepcional.
»No hace mucho, escribiendo a propósito de la redición de «El Eternauta II » , una de sus últimas obras (1976-1977), sostuve que Oesterheld era “uno más en la lista de los desaparecidos durante la guerra sucia que lo arrebató junto a sus hijas, víctimas de un guión espantoso tipeado por la Muerte”. Nada menos que eso».
En otra página de la publicación Miguel Repiso (Rep), cadete en la Editorial Récord, bajo el título de «Otoño del 77», brinda este testimonio:
«–Tomá una Rhodesia, Miguelito.
»El viejo extrajo dos paquetes amarillos de su bolso maltratado y le entregó uno al chico, sin mirarlo.
»–Gracias... ¿Tiene mucho trabajo?
»–Por hoy terminé. Ahora estoy esperando para hablar con Scutti.
»–¿Por qué hace esa letra?
»–Esto es taquigrafía; son guiones. Primero los hablo frente al grabador, luego los escribo así y de ahí los pasa en limpio la chica. Se hace más rápido.
»–¿Por qué hizo la segunda parte de “El Eternauta”?
»–Para aprovechar el momento y porque lo pidieron de Italia. Anduvo muy bien la primera parte allá... ¿Por qué tenés esa cara? ¿No dormiste anoche?
»–¿Tengo ojeras, no? Es que hubo tiros cerca de casa anoche. También gritos. Me di un julepe bárbaro y no pude pegar un ojo en tres horas, por lo menos. Mi viejo dice que son asaltos...
»–Sí, asaltos... Ah, Miguelito, ya no hay asaltos en Buenos Aires. ¿Cuántos años tenés?
»–Dieciséis.
»–Muy pibe. Igual andá con cuidado de noche porque éstos no perdonan a nadie. ¿Trajiste ese libro de Salvat que me mostraste el otro día?
»–Sí. “Literatura en imágenes”...
»El chico corrió hasta su mesa y buscó en una carpeta color café con leche. Volvió con un libro pequeño y cuadrado. Se lo mostró al viejo.
»–Ese mismo. ¿Ya lo leíste?
»–No, pero se lo presto, si quiere.
»–No. Léelo tranquilo.
»–Pero si ya casi lo termino...
»–Traémelo mañana nomás.
»El timbrazo del interno tapó dos palabras de Miguel. Oesterheld se levantó y fue al despacho del director. Dejó tras de sí huellas de barro seco traídos de Beccar. En el pasillo, encerado, la tierra quedó marcando el itinerario de ese viejo blanco y cansado. La reunión fue hasta tarde, hasta que ya no quedaba nadie en la Editorial Récord.
»Al otro día, y durante una semana, Miguel llevó religiosamente el libro para prestárselo a su admirado guionista. Buenos Aires ya era otoño y silencio.
»Oesterheld no volvió ni siquiera para pedir el libro de Salvat».
Finalmente reproducimos el testimonio del reportaje anunciado en tapa:
«Me llamo Eduardo Arias, soy sicólogo y tengo treinta y ocho años. Fui una de las últimas personas que vio vivo a Héctor Oesterheld. En noviembre de 1977 fui secuestrado y permanecí desaparecido hasta enero de 1978. Todo ese tiempo estuve en un chupadero (prisión clandestina) situado en el Camino de Cintura y avenida Richieri. Hoy funciona allí un campo de salto a caballo de la policía de la provincia. Cuando llegué, Oesterheld estaba hacía ya tiempo. Su estado era terrible. Permanecimos juntos mucho tiempo. Nos encadenaron espalda contra espalda. Estábamos ambos prácticamente desnudos. Él solo tenía un pantalón, yo un calzoncillo. Las cabezas cubiertas por capuchas. Oesterheld –como yo y como todos los que estábamos allí– fuimos torturados salvajemente. Él unía a ese tormento su dolor ante la suerte de tres de sus hijas, que también habían sufrido secuestro. La cuarta era buscada junto con el marido y esa búsqueda motivaba, por lo que pude presumir, la captura de Héctor. Durante las largas horas que permanecimos en aquella inmovilidad forzosa nos ayudábamos para poder descansar un poco, tirados en el suelo, acomodando nuestras cadenas para aliviar un poco el dolor, entre interrogatorio e interrogatorio. Al principio no me di cuenta de que era él. Lo descubrí cuando se levantó la capucha y pude ver su cara: era ni más ni menos que Ernie Pike, cuyas aventuras yo leía desde chico. Claro que un Ernie Pike mucho más flaco. Durante las pocas oportunidades en que no éramos vigilados, conversábamos en susurros. Él me hablaba un poco de sus historietas, de su trabajo, y a veces jugábamos mentalmente al ajedrez, cantando las jugadas. Uno de los momentos más terribles fue cuando trajeron al pequeño nieto de Héctor, de tres años (14 de diciembre de 1977). Esa criatura fue recogida tras la captura y muerte de la cuarta hija y el yerno de Héctor y la llevaron a aquel infierno.
»Con nosotros había un pibe de unos diecisiete años que acostumbraba hacer figuritas con miga de pan. Al final todos le entregábamos la miga de nuestros panes. En Nochebuena, el viejo cantó con ese pibe la canción “Fiesta” de Serrat. Chaplin murió cuando estábamos presos, el último día de 1977. Me enteré porque un guardia un poco más bueno me dejó ir al baño debido a una gran diarrea que tenía. Ahí afané unas hojas de diarios que había y me las llevé escondidas. Leyéndolas me enteré de la muerte de Chaplin y lo comenté. El viejo se conmovió. Dijo que quería mucho a Chaplin. Uno de los recuerdos más inolvidables que conservo de Héctor se refiere a la Nochebuena de 1977. Los guardianes nos dieron permiso para quitarnos las capuchas y para fumar un cigarrillo. También nos permitieron hablar entre nosotros cinco minutos. Entonces Héctor dijo que por ser el más viejo de todos los presos, quería saludar uno por uno a los que allí estábamos. Nunca olvidaré aquel último apretón de manos. Héctor Oesterheld tenía unos sesenta años cuando sucedieron estos hechos.
»Su estado físico era muy, muy penoso. Ignoro cuál pudo haber sido su suerte. Yo fui liberado en enero de 1978.
»Él permanecía en aquel lugar. Nunca más supe de él».
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